-No hay nada tan relajante como el sonido del mar.
Cogió una caracola del suelo, señal de que hasta allí había llegado el mar.
Unas olas inundaron mi oído. Cerré los ojos. Gaviotas. Gente riendo. Sol. Incluso pude oír la suave brisa de verano, caliente, que juega alocadamente con los cabellos, haciendo que los rostros sean aun más bellos.
-¿Has escuchado?-Volví de mi ensoñación.
-¿De dónde sacastes la caracola?-Fue una pregunta realmente estúpida puesto que había visto perfectamente como la cogía del suelo.
-Del suelo, era un fósil, ya sabes aquí en alguna época hubo un mar.
Volví a colocar la caracola en mi oído.
-Aquí no solo hubo un mar, Matilde, aquí hubo mucho más que eso.
La niña me miró sorprendida.
-Aquí se lucharon batallas navales, se enamoraron miles de parejas, jugaron miles de niños, brilló el sol hasta cegar y el viento, jugó divertido con todo aquello que podía llevar por delante.
-Pero yo solo escucho el mar.
-En esta caracola, no solo ha quedado encerrado el mar, si no toda su historia.
Matilde apoyó timidamente el oído en la caracola.
Poco a poco una sonrisa se dibujó en si rostro. Aquella inconfundible sonrisa de quien ha descubierto algo maravilloso.