-¿Por qué no tiene sentido?
-¿Por qué debería de tenerlo?-Acarició su mejilla, pero ella no sintió nada.-Ven conmigo, Adela.
Estaban encima de una seta de sospechosos colores, enorme, tan monumentalmente enorme que cabían ambos y aun sobraba espacio para unos veinte más. Se encontraban a la orilla de un transparente y cristalino lago lleno de seres y criaturas desconocidas en el mundo real.
-No puedo, solamente eres un sueño.
-¿Y si no fuera un sueño? ¿Y si el verdadero sueño fuera lo que tú piensas que es la realidad?
-No me vas a convencer.-Fue seca, cortante como un cuchillo en la piel.
-No te estoy intentando convencer, solamente te digo la verdad. Esto que ves aquí, sale de tu mente, pero es mucho más real para ti que lo que te rodea en tu mundo.
-Aun me sigo preguntando porque mi imaginación te ha creado.
La miró con tristeza, casi melancolía, pero una melancolía imaginaria, como todo lo que había allí.
-Yo existo de verdad, solamente tienes que buscarme en tus recuerdos, por eso, tienes que venir conmigo si verdaderamente quieres encontrarme…
Se levantó majestuosamente de su posición y con una alocada sonrisa recorriendo su rostro le tendió el brazo.
-¿Qué me dices? ¿Vienes?
-Adela.
-Adela.
-Adela, por Dios.
Llantos. Súplicas. Pitidos. Ruido. Personas. Mundo. Real…
Pestañeó varias veces antes de darse cuenta de dónde se encontraba.
-¿Odette?-Dijo intentando aclarar la vista, con un hilo de voz.
-Sí, dime, Adela, ¿qué tal te encuentras? Están todos los profesores, incluso algunos alumnos, preocupados por ti. ¿Estás bien?
-¿Qué…qué ha pasado?
-Has tenido un accidente, pero los médicos dicen que te pondrás bien. Un coche te ha atropellado a pocos metros de la universidad…dijo que te quedaste parada en mitad de la carretera… ¿es eso cierto?
-Yo solamente recuerdo aquellos granos mágicos blancos en mi mano que se fueron volando, hasta fusionarse con las nubes, con el viento.
-¿Otra vez soñando despierta? Me estás empezando a preocupar.
-Odette.
-Dime.
-¿Crees en el amor?
-Claro, pero…-Intentó ponerle el dedo en la boca para que guardara silencio, pero apenas pudo moverse. Aun así Odette cayó.
-Y entonces, ¿por qué no eres capaz de creer en los sueños?
-Adela, porque los sueños, sueños son. Son tuyos y de nadie más, por muy bien que los describas jamás una persona se imaginará el mismo sueño que tuviste. Son tuyos, y de nadie más. Los sueños son caprichosos y egoístas, pero todos queremos tenerlos.
-Debemos tenerlos…-Empezó a toser.
-Descansa, deja a los sueños en la almohada, ¿vale?
Justo antes de cerrar la puerta de la habitación se paró.
-Ese chico que me describiste, ese que siempre aparece en tus sueños…
-¿Si?
-Deberías de olvidarte de cada sueño en el que salga.-Cada palabra la atravesó y transformó sus sueños y sus ilusiones en polvo, un polvo blanco que brillaba en el cielo perdiéndose entre las nubes.-Si no lo haces, dentro de poco te veré tomándote pastillas…no quiero verte así, Adela.
Cerró la puerta dejando tras de sí a una amiga rota. Rota en la realidad. Rota en los sueños.
Cada pensamiento que pasaba por la cabeza de Adela era más caótico que el anterior. Lloraba, gritaba. Le quemaba. Le quemaba el cuerpo. De los pies a la cabeza. De los sueños a la realidad.
Toda ella ardía. Y gritaba, fuerte y a veces flojo porque no le quedaba más voz.
Sentía como los médicos y las enfermeras le rodeaban. Y era todo tan caótico como en sus sueños.
-Morfina, necesitamos más morfina.
-Enfermera pinche aquí.
-¿El pulso? ¿Cómo va el pulso?
-Sujétenla.
-Se nos va. Se nos está yendo.
-Tres, dos, uno…DESCARGA.
martes, 12 de julio de 2011
PUNTO Y COMA-Adela
Su móvil sonó en el bolsillo. Ni ella misma sabía cómo había salido de la boca del metro y se encontraba a pocos pasos de la universidad.
-¿Si?
-Adela, ¿dónde demonios estás? ¿Te he dicho que dentro de cinco minutos presentas tú?
-Eh…creo que no. Pero eso es igual, tengo que…
-¿Que es igual? ¡¿Que es igual?! ¿Sabes cuánto te ha costado llegar hasta aquí? ¿Ahora vas a abandonar?
-No te pongas así, no sabes lo que me ha pasado, tengo que enseñarte algo, te vas a quedar petrificada.
-Ven corriendo.-Y colgó. Así, sin más, sabedora de que Adela mantendría la promesa de llegar a tiempo.
Pero justo en mitad de la carretera, se miró la mano con asombro al descubrir que la prueba de su delirio se había transformado en polvo. Un polvo blanco y suave, aun sabiendo que ella había mojado esa nota con su sudor, estaba seco. Un viento se levantó, haciendo que Adela se quedara embobada mirando como los polvos desaparecían entre sus dedos, como arena de la playa.
Justo en este instante, en ese momento en el que los mágicos polvos desaparecían con el viento entre las nubes, un coche negro pasaba por allí a una velocidad poco razonable.
Lo último que vio Adela fueron aquellos polvos brillando al reflejar los rallos del sol. Y pensó ‘’Polvo somos y en polvo nos convertiremos’’.
-¿Si?
-Adela, ¿dónde demonios estás? ¿Te he dicho que dentro de cinco minutos presentas tú?
-Eh…creo que no. Pero eso es igual, tengo que…
-¿Que es igual? ¡¿Que es igual?! ¿Sabes cuánto te ha costado llegar hasta aquí? ¿Ahora vas a abandonar?
-No te pongas así, no sabes lo que me ha pasado, tengo que enseñarte algo, te vas a quedar petrificada.
-Ven corriendo.-Y colgó. Así, sin más, sabedora de que Adela mantendría la promesa de llegar a tiempo.
Pero justo en mitad de la carretera, se miró la mano con asombro al descubrir que la prueba de su delirio se había transformado en polvo. Un polvo blanco y suave, aun sabiendo que ella había mojado esa nota con su sudor, estaba seco. Un viento se levantó, haciendo que Adela se quedara embobada mirando como los polvos desaparecían entre sus dedos, como arena de la playa.
Justo en este instante, en ese momento en el que los mágicos polvos desaparecían con el viento entre las nubes, un coche negro pasaba por allí a una velocidad poco razonable.
Lo último que vio Adela fueron aquellos polvos brillando al reflejar los rallos del sol. Y pensó ‘’Polvo somos y en polvo nos convertiremos’’.
sábado, 16 de abril de 2011
PUNTO Y COMA. Adela.
-Que no, que te vayas, que te alejes de mí, que no quiero volver a verte.
-Mientes, vamos, no tires todo esto por la ventana.
-Solamente si el árbol de la vida brilla.
-Sabes que eso nunca va a pasar.
-¿Entonces por qué estamos cayendo por un túnel lleno de relojes derretidos?
-Porque tú lo has elegido así.
Chocaron contra el suelo de cuadros negros y blancos.
Ambos hicieron gesto de dolor.
-La próxima vez que imagines suelo avísame.-Dijo con sarcasmo uno de ellos.
-La próxima vez procuraré no imaginarte. Además, nada de lo que estamos diciendo tiene sentido.
-Tú no quieres que lo tenga.-La miró, tan intensamente que ella pensó que la había atravesado.
-¡Para! Vete de aquí ¿Por qué no desapareces?
-Porque…tú no quieres eso.
Se despertó. Sudaba y su respiración era agitada. Aun podía sentir las frías baldosas negras y blancas en su piel. Se tocó la cara asustada, pensando que aun no se había levantado. Repasó en su mente los últimos segundos de su caótico sueño. Estaban plagados de momentos sin sentido y diálogos incoherentes.
Enterró el rostro con sus manos y soltó un ‘’ ¿por qué a mí?’’. Y es que era verdad, ¿por qué a ella? ¿Por qué ella?
ADELA.
-Vamos, corre.
-Ya voy, ya voy…
Cogió la maleta perfectamente preparada que la esperaba impaciente en la entrada.
Corrió todo lo que sus piernas le permitían. Desayunó alocadamente por el camino atragantándose con cada galleta.
Abrió acaloradamente la puerta de su clase.
-Adela Martos Romero.
-Presente.
Y se sentó en su silla, suspirando por su victoria ante el tiempo.
La profesora empezó a echar la bronca pertinente a toda la clase.
-No trabajáis lo suficiente, después no quiero a nadie quejándose en mayo diciéndome que le apruebe. Aquí hay que ponerse las pilas desde comienzo de curso si no, ¿para qué venís? En serio, es que no puedo llegar a entenderlo…
Miró fijamente su 1,5 y su 3 que había sacado en los últimos exámenes. Había estado sin poder dormir y sin poder concentrarse en estos últimos días y ahí tenía sus espléndidos resultados. Suspiró frustrada ante sí misma.
Pasaron las horas como pasa el tiempo.
Los días, los meses…los años. Y seguía sin poder sacarlo de sus sueños.
-¿Por qué no te vas de mis sueños? No puedo parar de verte, estás por todas partes.
-Solo porque tú quieres que sea así.
Adela se vio inmersa en un mar de espejos que reflejaban su rostro y el de su eterno acompañante.
-Para de aparecer en mis sueños, me estas volviendo loca…
-No puedo. No puedo irme sin ti. Tienes que venir conmig…
No llegó a terminar la frase. Una ráfaga de viento helado despertó a Adela de su letargo.
Su compañera de piso, Odette, abría felizmente las ventanas haciéndole saber que era de día.
-Vamos, despierta. Estabas hablando en sueños.
-¿En serio? ¿Qué decía?
-No sé qué de que de que por qué no me iba o algo así…
-Oh…no era a ti…-Dijo tocándose la cara.
-Lo supongo, bueno, más bien deseo que sea verdad.-Y rió felizmente.
Odette se fue a vestirse al cuarto de baño tiempo que Adela aprovechó para recordar el último sueño que había tenido, la última conversación que había tenido.
Se estaba enamorando. Ella lo sabía. Sabía lo que sentía al final de cada sueño, tras ese brusco despertar. Sabía lo que significaba ese color de sus mejillas y ese nerviosismo cuando lo veía. Esos suspiros al despertar. Todo. Y no paraba de preguntarse por qué.
-Si cuando nos enamoramos las personas sentimos mariposas en el estómago… ¿las mariposas cuando se enamoran sentirán personas en el estómago?
Odette la miró desde el quicio de la puerta.
-¿Otra vez has soñado con él?
-No puedo soñar con otra cosa.
-Vamos, Adela, vamos a llegar tarde.
Sumergida en los recuerdos añoraba más sus sueños que la realidad del tiempo que había pasado.
Se vistió lentamente sabedora de que Odette se iría sin ella. Y la verdad es que no tenía ganas de ir a la universidad. No tenía ganas de presentar el proyecto. No tenía ganas de hablar delante de toda esa gente que odiaba.
No, no era algo que le volviera loca.
Tenía la presentación del proyecto dentro de ocho horas, pero ella ya empezó a arreglarse.
Se duchó, se vistió veinte veces con ropa que no le convencía. Se miró al espejo y se perdió.
Se perdió. Perdió el rumbo de lo que estaba haciendo y de lo que iba a hacer, de lo que quería y de lo que deseaba, de lo que añoraba y de lo que le producía nostalgia. Perdió su vida en una mirada.
Allí, en mitad de la realidad al otro lado del espejo estaba él. Él. Él y nadie más. Ni si quiera estaba ella. Solamente él, él y su mirada suplicante que rozaba el corazón.
Parpadeó varias veces tras segundos de confusión. Volvió a mirar al espejo pero se encontró a una despeinada Adela enmarcada por el vapor de la ducha que aun se mantenía pegado al cristal. Se sintió estúpidamente loca y comenzó a ponerse más nerviosa de lo que merecía estar.
Su móvil sonó en la lejanía del pasillo.
-¿Si?
-Soy Odette, ¿dónde estás? Ya mismo vas a tener que presentar tu proyecto, ¿por qué no estás aquí?
-Pero… ¿qué hora es?
-Eso qué más da ahora, date prisa.
Colgó. Corrió. Corrió todo lo que sus piernas le permitían.
Hasta llegar al metro. Respiró entre cortadamente esperando a que llegara el gusano de hierro, como le gustaba llamarlo.
Pero antes de que se abrieran las compuertas allí estaba él. Otra vez. Perfecto como siempre y triste como recordaba Adela.
La sangre huyó del rostro de Adela.
-Conmigo…-Extendió el brazo como intentándola persuadir de su destino. Pero su imagen desapareció como el vapor de agua desaparece del cristal, lentamente, despacio.
-¿Se encuentra bien?-Un hombre de edad avanzada tocó el hombro de Adela haciéndole volver a la realidad.
-S…sí, gracias.-Sonrió, intentando ser cortés.
-Tenga, esto es para usted.
El anciano extendió un papel doblado, blanco, perfecto.
En el sobre con un caligrafía perfecta aparecía unas mágicas letras en un orden que producían la frase: ‘’Ven conmigo’’.
Cuando Adela levantó la cabeza el desconocido había desaparecido entre la multitud que intentaba atravesar la puerta del metro para llegar a sus respectivos trabajos.
Se dejó llevar por la multitud y se encontró al poco de pié entre una masa uniforme de personas enchaquetadas, adolescentes escuchando música y alguna que otra madre con un niño pequeño. No soltó el papel de su mano, temía que si lo metía en el bolsillo desaparecería para siempre.
Se sentía confusa. Perdida en un mar de dudas.
Cuando las puertas se abrieron indicando que esa era su parada se quedó unos segundos mirando el infinito.
¿Qué le estaba pasando? Ya no era esa niña adolescente que añoraba soñar con su príncipe azul. Era una persona coherentemente razonable que se guiaba por un sueño. Y se sentía tan mal…tan mal de no poder olvidar sus ojos, su sonrisa y cada impertinente palabra que había soltado a lo largo de cada aparición.
‘’Ven conmigo’’ Recordó como susurros que trae el viento, las palabras escritas en un papel arrugado y empapado por el sudor propio de quien está nervioso.
La gente pasaba a su lado como fantasmas. Lentos, silenciosos, sin que nadie se diera cuenta de que estaban pasando a su lado. O tal vez así lo sintiera Adela, porque para ella, el mundo se había parado.
-Mientes, vamos, no tires todo esto por la ventana.
-Solamente si el árbol de la vida brilla.
-Sabes que eso nunca va a pasar.
-¿Entonces por qué estamos cayendo por un túnel lleno de relojes derretidos?
-Porque tú lo has elegido así.
Chocaron contra el suelo de cuadros negros y blancos.
Ambos hicieron gesto de dolor.
-La próxima vez que imagines suelo avísame.-Dijo con sarcasmo uno de ellos.
-La próxima vez procuraré no imaginarte. Además, nada de lo que estamos diciendo tiene sentido.
-Tú no quieres que lo tenga.-La miró, tan intensamente que ella pensó que la había atravesado.
-¡Para! Vete de aquí ¿Por qué no desapareces?
-Porque…tú no quieres eso.
Se despertó. Sudaba y su respiración era agitada. Aun podía sentir las frías baldosas negras y blancas en su piel. Se tocó la cara asustada, pensando que aun no se había levantado. Repasó en su mente los últimos segundos de su caótico sueño. Estaban plagados de momentos sin sentido y diálogos incoherentes.
Enterró el rostro con sus manos y soltó un ‘’ ¿por qué a mí?’’. Y es que era verdad, ¿por qué a ella? ¿Por qué ella?
ADELA.
-Vamos, corre.
-Ya voy, ya voy…
Cogió la maleta perfectamente preparada que la esperaba impaciente en la entrada.
Corrió todo lo que sus piernas le permitían. Desayunó alocadamente por el camino atragantándose con cada galleta.
Abrió acaloradamente la puerta de su clase.
-Adela Martos Romero.
-Presente.
Y se sentó en su silla, suspirando por su victoria ante el tiempo.
La profesora empezó a echar la bronca pertinente a toda la clase.
-No trabajáis lo suficiente, después no quiero a nadie quejándose en mayo diciéndome que le apruebe. Aquí hay que ponerse las pilas desde comienzo de curso si no, ¿para qué venís? En serio, es que no puedo llegar a entenderlo…
Miró fijamente su 1,5 y su 3 que había sacado en los últimos exámenes. Había estado sin poder dormir y sin poder concentrarse en estos últimos días y ahí tenía sus espléndidos resultados. Suspiró frustrada ante sí misma.
Pasaron las horas como pasa el tiempo.
Los días, los meses…los años. Y seguía sin poder sacarlo de sus sueños.
-¿Por qué no te vas de mis sueños? No puedo parar de verte, estás por todas partes.
-Solo porque tú quieres que sea así.
Adela se vio inmersa en un mar de espejos que reflejaban su rostro y el de su eterno acompañante.
-Para de aparecer en mis sueños, me estas volviendo loca…
-No puedo. No puedo irme sin ti. Tienes que venir conmig…
No llegó a terminar la frase. Una ráfaga de viento helado despertó a Adela de su letargo.
Su compañera de piso, Odette, abría felizmente las ventanas haciéndole saber que era de día.
-Vamos, despierta. Estabas hablando en sueños.
-¿En serio? ¿Qué decía?
-No sé qué de que de que por qué no me iba o algo así…
-Oh…no era a ti…-Dijo tocándose la cara.
-Lo supongo, bueno, más bien deseo que sea verdad.-Y rió felizmente.
Odette se fue a vestirse al cuarto de baño tiempo que Adela aprovechó para recordar el último sueño que había tenido, la última conversación que había tenido.
Se estaba enamorando. Ella lo sabía. Sabía lo que sentía al final de cada sueño, tras ese brusco despertar. Sabía lo que significaba ese color de sus mejillas y ese nerviosismo cuando lo veía. Esos suspiros al despertar. Todo. Y no paraba de preguntarse por qué.
-Si cuando nos enamoramos las personas sentimos mariposas en el estómago… ¿las mariposas cuando se enamoran sentirán personas en el estómago?
Odette la miró desde el quicio de la puerta.
-¿Otra vez has soñado con él?
-No puedo soñar con otra cosa.
-Vamos, Adela, vamos a llegar tarde.
Sumergida en los recuerdos añoraba más sus sueños que la realidad del tiempo que había pasado.
Se vistió lentamente sabedora de que Odette se iría sin ella. Y la verdad es que no tenía ganas de ir a la universidad. No tenía ganas de presentar el proyecto. No tenía ganas de hablar delante de toda esa gente que odiaba.
No, no era algo que le volviera loca.
Tenía la presentación del proyecto dentro de ocho horas, pero ella ya empezó a arreglarse.
Se duchó, se vistió veinte veces con ropa que no le convencía. Se miró al espejo y se perdió.
Se perdió. Perdió el rumbo de lo que estaba haciendo y de lo que iba a hacer, de lo que quería y de lo que deseaba, de lo que añoraba y de lo que le producía nostalgia. Perdió su vida en una mirada.
Allí, en mitad de la realidad al otro lado del espejo estaba él. Él. Él y nadie más. Ni si quiera estaba ella. Solamente él, él y su mirada suplicante que rozaba el corazón.
Parpadeó varias veces tras segundos de confusión. Volvió a mirar al espejo pero se encontró a una despeinada Adela enmarcada por el vapor de la ducha que aun se mantenía pegado al cristal. Se sintió estúpidamente loca y comenzó a ponerse más nerviosa de lo que merecía estar.
Su móvil sonó en la lejanía del pasillo.
-¿Si?
-Soy Odette, ¿dónde estás? Ya mismo vas a tener que presentar tu proyecto, ¿por qué no estás aquí?
-Pero… ¿qué hora es?
-Eso qué más da ahora, date prisa.
Colgó. Corrió. Corrió todo lo que sus piernas le permitían.
Hasta llegar al metro. Respiró entre cortadamente esperando a que llegara el gusano de hierro, como le gustaba llamarlo.
Pero antes de que se abrieran las compuertas allí estaba él. Otra vez. Perfecto como siempre y triste como recordaba Adela.
La sangre huyó del rostro de Adela.
-Conmigo…-Extendió el brazo como intentándola persuadir de su destino. Pero su imagen desapareció como el vapor de agua desaparece del cristal, lentamente, despacio.
-¿Se encuentra bien?-Un hombre de edad avanzada tocó el hombro de Adela haciéndole volver a la realidad.
-S…sí, gracias.-Sonrió, intentando ser cortés.
-Tenga, esto es para usted.
El anciano extendió un papel doblado, blanco, perfecto.
En el sobre con un caligrafía perfecta aparecía unas mágicas letras en un orden que producían la frase: ‘’Ven conmigo’’.
Cuando Adela levantó la cabeza el desconocido había desaparecido entre la multitud que intentaba atravesar la puerta del metro para llegar a sus respectivos trabajos.
Se dejó llevar por la multitud y se encontró al poco de pié entre una masa uniforme de personas enchaquetadas, adolescentes escuchando música y alguna que otra madre con un niño pequeño. No soltó el papel de su mano, temía que si lo metía en el bolsillo desaparecería para siempre.
Se sentía confusa. Perdida en un mar de dudas.
Cuando las puertas se abrieron indicando que esa era su parada se quedó unos segundos mirando el infinito.
¿Qué le estaba pasando? Ya no era esa niña adolescente que añoraba soñar con su príncipe azul. Era una persona coherentemente razonable que se guiaba por un sueño. Y se sentía tan mal…tan mal de no poder olvidar sus ojos, su sonrisa y cada impertinente palabra que había soltado a lo largo de cada aparición.
‘’Ven conmigo’’ Recordó como susurros que trae el viento, las palabras escritas en un papel arrugado y empapado por el sudor propio de quien está nervioso.
La gente pasaba a su lado como fantasmas. Lentos, silenciosos, sin que nadie se diera cuenta de que estaban pasando a su lado. O tal vez así lo sintiera Adela, porque para ella, el mundo se había parado.
Disculpas
Ya sé que ''condena'', sinceramente, no ha sido uno de mis escritos de los que me sienta más orgullosa, es más, aún me pregunto por qué comenzé a publicarlo en mi blog. Pero como ya lo he empezado me he propuesto continuar mi tarea pero ruego que me disculpen puesto que deseo publicar como si fuera una pausa en una larguísima película, otra historia, esta vez con final planeado.
Gracias por leerme y seguir como siempre.
Besos.
Gema.
Gracias por leerme y seguir como siempre.
Besos.
Gema.
miércoles, 26 de enero de 2011
CONDENA-tercera parte
Sangre fría e inmortal.
Inmortal.
Me levanté de un salto.
-Tranquilo… Te has puesto nervioso.-Una mujer que no conocía se sentaba en mi blanca cama.
La miré con la incredulidad pintada en el rostro.
-Me llamo Clotilde, no voy a sacarte sangre ni hacerte daño.-Parecía humana, bueno, dentro de lo que cabía. Sus mejillas aun tenían color, su pelo negro parecía tener un brillo cobrizo que me recordaba al de Safira y sus ojos no tenían ese intenso color caramelo.
-¿Qué…eres?-Pude escupir como espasmos.
-No soy lo que tú piensas. Solamente te estamos haciendo unas pruebas, por favor, permanece sin moverte si quieres que podamos ver si tu cerebro está en perfectas condiciones. Te has dado un buen golpe. Túmbate y procura no moverte.
-No. ¿Dónde está Michelle? ¿Qué están haciendo con las personas en este lugar? ¿Qué son los inmortales? ¿Por qué nos sacan sangre?
La mujer no prestó atención a mi torbellino de dudas incoherentes. Con un cuidadoso gesto me hizo tumbarme. En el momento en el que mi espalda dio contra la placa de mármol, supe que no estaba en mi cama, fuertes hierros me atraparon impidiéndome volverme a mover.
-¿Qué está pasando?-Grité cuando me metían por un túnel lleno de siniestras luces. Tenía miedo. Sentía miedo. Me retorcía y me movía intentando escapar de aquella cárcel envenenada. Miraba con súplica a una triste Clotilde.
-Lo siento, Diego, pero yo no puedo hacer nada por ti.-Luego, todo se volvió negro.
Cuando volvía a recobrar el conocimiento me volvía a encontrar en mi cama, pero esta vez era de verdad, no era producto de mi imaginación.
Allí, en la soledad acompañada de esa sala blanca, comencé a llorar. Llorar por mí desgraciada vida y todas las desgracias que la poblaban, por mis padres, por mi hermana y por supuesto, por Michelle. Aquella desconocida a la que le devolví la sonrisa, la que me regaló la mía. Humana y, sin embargo, perfecta.
Lo único que deseaba era morir. Morir rápidamente. Sabía perfectamente que al otro lado los tenía a todos. A todo lo que ansiaba, todo lo que hacía que el pecho me ardiera.
Gritos desgarradores rompieron mis pensamientos oscuros.
-Michelle.-Susurré antes de que notara como metían un tranquilizante en mi suero.
No sabría decir cuánto tiempo me llevé durmiendo, tal vez días, semanas o incluso puede que meses, pero cuando me desperté desee con todas mis fuerzas volver a dormirme.
Había tenido un sueño, un sueño maravilloso y horrible al mismo tiempo.
Corría, como aquella noche en la que llegaba tarde, sin llegar a ningún sitio fijo. Entonces una mujer de cabellos dorados, piel pálida y ojos como lagunas me miraba con una alegre sonrisa. Parecía inmensamente feliz, con ese vestido blanco perla que la hacía más irreal aún.
La intenté seguir por aquellas aguas oscuras que nos rodeaban pero ella huía de mí, sin dejar de sonreír. Y justo cuando estaba a punto de alcanzarla se giró, mirándome con una mirada indescriptiblemente triste.
-Ayúdame.-Susurró una voz melodiosa. –Ayúdame.
Y desapareció dejando miles de plumas en su lugar.
-¿Otra vez soñando despierto?-noté como la conocida aguja se metía en mi piel.
No respondí a la pregunta.
-Estamos pensando en poner una ventana en la habitación, hay gente que se vuelve loca sin ver la luz del sol, como tu amiga Michelle que empezó a decir tonterías.
Seguí sin inmutarme, aunque el nombre de Michelle pronunciado por sus carnosos y rojizos labios me hizo estremecerme.
-Sé que la echas de menos.-Susurró, mientras continuaba su siniestra tarea.-pero comprende que la tuvimos que quitar del medio.
Las últimas palabras me hicieron ver la realidad de mis pesadillas.
-Entonces es verdad.-Dije por fin, rompiendo mi silencio.-La habéis matado.
-No. Yo no he dicho que la hayamos matado, he dicho que la hemos tenido que quitar del medio. Podía volver loco a más de uno, Diego, te hemos salvado tu cordura.
-Prefiero estar toda mi vida loco con ella que un solo día de mi existencia cuerdo sin ella.
Miraba hacia un punto de la habitación cuando Safira quitó bruscamente la aguja de mi piel. Cuando se disponía a largarse, como siempre lo hacía, se giró, clavándome esa mirada color caramelo.
- Pensé…que yo era la única que podía volverte loco.
-Desde luego…-Dije con ironía.-eres la que más me está volviendo loco, pero loco de verdad.
Inmortal.
Me levanté de un salto.
-Tranquilo… Te has puesto nervioso.-Una mujer que no conocía se sentaba en mi blanca cama.
La miré con la incredulidad pintada en el rostro.
-Me llamo Clotilde, no voy a sacarte sangre ni hacerte daño.-Parecía humana, bueno, dentro de lo que cabía. Sus mejillas aun tenían color, su pelo negro parecía tener un brillo cobrizo que me recordaba al de Safira y sus ojos no tenían ese intenso color caramelo.
-¿Qué…eres?-Pude escupir como espasmos.
-No soy lo que tú piensas. Solamente te estamos haciendo unas pruebas, por favor, permanece sin moverte si quieres que podamos ver si tu cerebro está en perfectas condiciones. Te has dado un buen golpe. Túmbate y procura no moverte.
-No. ¿Dónde está Michelle? ¿Qué están haciendo con las personas en este lugar? ¿Qué son los inmortales? ¿Por qué nos sacan sangre?
La mujer no prestó atención a mi torbellino de dudas incoherentes. Con un cuidadoso gesto me hizo tumbarme. En el momento en el que mi espalda dio contra la placa de mármol, supe que no estaba en mi cama, fuertes hierros me atraparon impidiéndome volverme a mover.
-¿Qué está pasando?-Grité cuando me metían por un túnel lleno de siniestras luces. Tenía miedo. Sentía miedo. Me retorcía y me movía intentando escapar de aquella cárcel envenenada. Miraba con súplica a una triste Clotilde.
-Lo siento, Diego, pero yo no puedo hacer nada por ti.-Luego, todo se volvió negro.
Cuando volvía a recobrar el conocimiento me volvía a encontrar en mi cama, pero esta vez era de verdad, no era producto de mi imaginación.
Allí, en la soledad acompañada de esa sala blanca, comencé a llorar. Llorar por mí desgraciada vida y todas las desgracias que la poblaban, por mis padres, por mi hermana y por supuesto, por Michelle. Aquella desconocida a la que le devolví la sonrisa, la que me regaló la mía. Humana y, sin embargo, perfecta.
Lo único que deseaba era morir. Morir rápidamente. Sabía perfectamente que al otro lado los tenía a todos. A todo lo que ansiaba, todo lo que hacía que el pecho me ardiera.
Gritos desgarradores rompieron mis pensamientos oscuros.
-Michelle.-Susurré antes de que notara como metían un tranquilizante en mi suero.
No sabría decir cuánto tiempo me llevé durmiendo, tal vez días, semanas o incluso puede que meses, pero cuando me desperté desee con todas mis fuerzas volver a dormirme.
Había tenido un sueño, un sueño maravilloso y horrible al mismo tiempo.
Corría, como aquella noche en la que llegaba tarde, sin llegar a ningún sitio fijo. Entonces una mujer de cabellos dorados, piel pálida y ojos como lagunas me miraba con una alegre sonrisa. Parecía inmensamente feliz, con ese vestido blanco perla que la hacía más irreal aún.
La intenté seguir por aquellas aguas oscuras que nos rodeaban pero ella huía de mí, sin dejar de sonreír. Y justo cuando estaba a punto de alcanzarla se giró, mirándome con una mirada indescriptiblemente triste.
-Ayúdame.-Susurró una voz melodiosa. –Ayúdame.
Y desapareció dejando miles de plumas en su lugar.
-¿Otra vez soñando despierto?-noté como la conocida aguja se metía en mi piel.
No respondí a la pregunta.
-Estamos pensando en poner una ventana en la habitación, hay gente que se vuelve loca sin ver la luz del sol, como tu amiga Michelle que empezó a decir tonterías.
Seguí sin inmutarme, aunque el nombre de Michelle pronunciado por sus carnosos y rojizos labios me hizo estremecerme.
-Sé que la echas de menos.-Susurró, mientras continuaba su siniestra tarea.-pero comprende que la tuvimos que quitar del medio.
Las últimas palabras me hicieron ver la realidad de mis pesadillas.
-Entonces es verdad.-Dije por fin, rompiendo mi silencio.-La habéis matado.
-No. Yo no he dicho que la hayamos matado, he dicho que la hemos tenido que quitar del medio. Podía volver loco a más de uno, Diego, te hemos salvado tu cordura.
-Prefiero estar toda mi vida loco con ella que un solo día de mi existencia cuerdo sin ella.
Miraba hacia un punto de la habitación cuando Safira quitó bruscamente la aguja de mi piel. Cuando se disponía a largarse, como siempre lo hacía, se giró, clavándome esa mirada color caramelo.
- Pensé…que yo era la única que podía volverte loco.
-Desde luego…-Dije con ironía.-eres la que más me está volviendo loco, pero loco de verdad.
domingo, 16 de enero de 2011
CONDENA-segunda parte
Me consumía al igual que todos los que estaban allí. Sus rostros eran casi tan pálidos como los de aquellos que se hacían pasar por enfermeros. Gastados. Miles de palabras incoherentes se evaporaban con el viciado polvo de esa blanca sala. Blanca, como el resplandor de las nubes cuando les da el sol.
Y después estaban los gritos de agonía que siempre eran los mismos. De la misma estúpida persona que se dejaba engañar demasiado, con tal de conseguir una perfección inexistente en ella.
Agonizante estaba mi compañera de camilla. Lloraba y sonreía a la vez. Loca. Sin fuerzas para seguir adelante. Su cabello rubio había perdido ese brillo místico y sus ojos azules pedían la súplica de seguir viviendo. Pero, al poco rato su supuesto enfermero vino otra vez para sacarle sangre. Era guapo, realmente guapo.
Moreno, con la piel blanquecina, casi translúcida, y un cabello negro oscuro, tizón.
Cuando se hubo marchado, finalizando su cotidiana tarea, decidí intentar apoyar a la chica.
-¡Eh!-Dije para llamar su atención. Ella me miró con asombro, como acabándose dar cuenta de mi presencia.- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Yo solamente, según mis cálculos de día y noche, llevaba una semana y media y ya me estaban consumiendo el alma. Sin poder ver otra cosa que esa molesta luz sombría que iluminaba la sala.
-Un mes.-Dijo ella, en un susurro de agonía.
-¿Cuántos años tienes?
-Hoy cumplo dieciocho.-Su tristeza era tan inmensa que terminé contagiándome por ella.
-¿Tienes familia?
-Tenía una hermana mayor que yo, pero hace doce meses desapareció sin dejar rastro.
-¿Y tus padres?
-Murieron en un accidente de tráfico.
Una bombilla se iluminó en la penumbra de mi mente. Los donantes de sangre eran gentes sin familia, sin nadie que se preocupara por ellos, si morían, nadie se daría cuenta. Gente sin vida en busca de algo que les hiciera vivir. Eran perfectos para matarles sin dejar sospechas en nadie.
Casos abiertos sin un fin concreto.
-¿Qué crees que son?-Susurré, intentando mirarle a los ojos, ahora dos mares sin esperanzas.
-¿No es obvio? Necesitan nuestra sangre, son perfectos y astutos…
-¿Vampiros?
La chica sonrió débilmente, como si mi deducción le hubiera hecho gracia.
-No, peor que eso. Inmortales.
Ambos callamos cuando mi antigua amante vino hacia mí con una de sus agujas sedientas de sangre.
La palabra inmortal voló por mi mente como una mariposa dirigiéndose a la luz.
-¿Qué tal estás?-Preguntó con sorna mi odiosa enfermera perfecta. Sus cabellos cobrizos me parecieron serpientes envenenadas.
-¿Tu qué crees?-La aguja penetró en mi piel, como todos los días.
-Yo creo que sí estas muy bien.
-Entonces debes de revisarte la vista.-Apretó más la dichosa aguja en mi brazo. Hice un gesto de dolor contenido.
Ella sonrió, satisfecha de haberme hecho daño.
La odiaba. Siempre la había odiado. Incluso cuando la amaba con locura, odiaba esa perfección que la rodeaba, ese orgullo que la hacía superior a los demás.
La odiaba. Sí, estaba claro.
Luego, como siempre hacía, se largó con la sangre que me había sacado por la misma puerta de la que había aparecido.
-¿No tienes miedo?-Dijo mi compañera de pelo rubio.
-Hace tiempo que perdí el miedo. Desde que entré por esa puerta.
-¿Tienes familia?
-Mis padres desaparecieron al igual que tu hermana y mi hermana pequeña murió.-No di detalles de la muerte de mi hermana, me hacía demasiado daño, incluso más de lo que me podía hacer Safira, la mujer envenenada, mi eterna enfermera.
-Creo que ellos los metieron aquí. Creo que deben de estar en algún punto de este castillo.
Nuestra conversación se volvió en susurros que escondía palabras secretas.
-yo hace tiempo, que he dejado de creer.
-A mi me pasaba lo mismo…hasta que me hablaste.-Su voz se cortaba por la debilidad que se estaba adueñando de ella.-Deseo volver a ver la luz del sol. Aunque solamente sea una vez. Aunque ya no la vuelva a ver. Necesito verla.
-¿Cómo te llamas?-Pregunté de repente.
-Michelle.-Suspiró.- ¿Y tú?
-Diego, me llamo Diego.
Mágicamente, supe a la perfección, que ese segundo de nuestra mísera existencia en el que ambos pudimos sonreír de verdad, superando las barreras de la muerte, nos uniría para siempre. Siempre. Para nuestro siempre.
El perfecto enfermero de Michelle entró de repente. Ambos nos quedamos asombrados. Aun era demasiado temprano para sacarle sangre. Sin decir nada, cogió su camilla. Una mirada desesperada de Michelle se clavó en la mía.
-¿Dónde la llevan?-Pregunté por fin. El perfecto enfermero se dignó en mirarme con la indiferencia que se mira a un mosquito.
-Eso no te incumbe a ti.-Escupió. Luego, prosiguió su tarea de llevarse la camilla de Michelle por aquella puerta que conducía a la sala de torturas.
Sin saber muy bien por qué el pánico se apoderó de mí y me dio fuerzas invisibles para levantarme, quitarme el suero que entraba por mis venas y correr para abrir la puerta. Pero antes de que pudiera llegar a mi meta dos fuertes enfermeros perfectamente pétreos me hicieron perder el conocimiento.
Cuando me levanté me dolía la cabeza, el brazo y todo mi cuerpo en general, pero lo que más me dolía era el corazón, el cual había provocado que mis ojos estuvieran húmedos y mi boca seca.
Michelle había muerto. No cabía duda. Ya la habrían visto débil cómo para que dieran buena sangre y la habían matado como animales, comiendo su carne fríamente, seca, sin vida. Despedazándola cruelmente, desollándola sin cuidado, a sangre fría.
Y después estaban los gritos de agonía que siempre eran los mismos. De la misma estúpida persona que se dejaba engañar demasiado, con tal de conseguir una perfección inexistente en ella.
Agonizante estaba mi compañera de camilla. Lloraba y sonreía a la vez. Loca. Sin fuerzas para seguir adelante. Su cabello rubio había perdido ese brillo místico y sus ojos azules pedían la súplica de seguir viviendo. Pero, al poco rato su supuesto enfermero vino otra vez para sacarle sangre. Era guapo, realmente guapo.
Moreno, con la piel blanquecina, casi translúcida, y un cabello negro oscuro, tizón.
Cuando se hubo marchado, finalizando su cotidiana tarea, decidí intentar apoyar a la chica.
-¡Eh!-Dije para llamar su atención. Ella me miró con asombro, como acabándose dar cuenta de mi presencia.- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Yo solamente, según mis cálculos de día y noche, llevaba una semana y media y ya me estaban consumiendo el alma. Sin poder ver otra cosa que esa molesta luz sombría que iluminaba la sala.
-Un mes.-Dijo ella, en un susurro de agonía.
-¿Cuántos años tienes?
-Hoy cumplo dieciocho.-Su tristeza era tan inmensa que terminé contagiándome por ella.
-¿Tienes familia?
-Tenía una hermana mayor que yo, pero hace doce meses desapareció sin dejar rastro.
-¿Y tus padres?
-Murieron en un accidente de tráfico.
Una bombilla se iluminó en la penumbra de mi mente. Los donantes de sangre eran gentes sin familia, sin nadie que se preocupara por ellos, si morían, nadie se daría cuenta. Gente sin vida en busca de algo que les hiciera vivir. Eran perfectos para matarles sin dejar sospechas en nadie.
Casos abiertos sin un fin concreto.
-¿Qué crees que son?-Susurré, intentando mirarle a los ojos, ahora dos mares sin esperanzas.
-¿No es obvio? Necesitan nuestra sangre, son perfectos y astutos…
-¿Vampiros?
La chica sonrió débilmente, como si mi deducción le hubiera hecho gracia.
-No, peor que eso. Inmortales.
Ambos callamos cuando mi antigua amante vino hacia mí con una de sus agujas sedientas de sangre.
La palabra inmortal voló por mi mente como una mariposa dirigiéndose a la luz.
-¿Qué tal estás?-Preguntó con sorna mi odiosa enfermera perfecta. Sus cabellos cobrizos me parecieron serpientes envenenadas.
-¿Tu qué crees?-La aguja penetró en mi piel, como todos los días.
-Yo creo que sí estas muy bien.
-Entonces debes de revisarte la vista.-Apretó más la dichosa aguja en mi brazo. Hice un gesto de dolor contenido.
Ella sonrió, satisfecha de haberme hecho daño.
La odiaba. Siempre la había odiado. Incluso cuando la amaba con locura, odiaba esa perfección que la rodeaba, ese orgullo que la hacía superior a los demás.
La odiaba. Sí, estaba claro.
Luego, como siempre hacía, se largó con la sangre que me había sacado por la misma puerta de la que había aparecido.
-¿No tienes miedo?-Dijo mi compañera de pelo rubio.
-Hace tiempo que perdí el miedo. Desde que entré por esa puerta.
-¿Tienes familia?
-Mis padres desaparecieron al igual que tu hermana y mi hermana pequeña murió.-No di detalles de la muerte de mi hermana, me hacía demasiado daño, incluso más de lo que me podía hacer Safira, la mujer envenenada, mi eterna enfermera.
-Creo que ellos los metieron aquí. Creo que deben de estar en algún punto de este castillo.
Nuestra conversación se volvió en susurros que escondía palabras secretas.
-yo hace tiempo, que he dejado de creer.
-A mi me pasaba lo mismo…hasta que me hablaste.-Su voz se cortaba por la debilidad que se estaba adueñando de ella.-Deseo volver a ver la luz del sol. Aunque solamente sea una vez. Aunque ya no la vuelva a ver. Necesito verla.
-¿Cómo te llamas?-Pregunté de repente.
-Michelle.-Suspiró.- ¿Y tú?
-Diego, me llamo Diego.
Mágicamente, supe a la perfección, que ese segundo de nuestra mísera existencia en el que ambos pudimos sonreír de verdad, superando las barreras de la muerte, nos uniría para siempre. Siempre. Para nuestro siempre.
El perfecto enfermero de Michelle entró de repente. Ambos nos quedamos asombrados. Aun era demasiado temprano para sacarle sangre. Sin decir nada, cogió su camilla. Una mirada desesperada de Michelle se clavó en la mía.
-¿Dónde la llevan?-Pregunté por fin. El perfecto enfermero se dignó en mirarme con la indiferencia que se mira a un mosquito.
-Eso no te incumbe a ti.-Escupió. Luego, prosiguió su tarea de llevarse la camilla de Michelle por aquella puerta que conducía a la sala de torturas.
Sin saber muy bien por qué el pánico se apoderó de mí y me dio fuerzas invisibles para levantarme, quitarme el suero que entraba por mis venas y correr para abrir la puerta. Pero antes de que pudiera llegar a mi meta dos fuertes enfermeros perfectamente pétreos me hicieron perder el conocimiento.
Cuando me levanté me dolía la cabeza, el brazo y todo mi cuerpo en general, pero lo que más me dolía era el corazón, el cual había provocado que mis ojos estuvieran húmedos y mi boca seca.
Michelle había muerto. No cabía duda. Ya la habrían visto débil cómo para que dieran buena sangre y la habían matado como animales, comiendo su carne fríamente, seca, sin vida. Despedazándola cruelmente, desollándola sin cuidado, a sangre fría.
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