Su móvil sonó en el bolsillo. Ni ella misma sabía cómo había salido de la boca del metro y se encontraba a pocos pasos de la universidad.
-¿Si?
-Adela, ¿dónde demonios estás? ¿Te he dicho que dentro de cinco minutos presentas tú?
-Eh…creo que no. Pero eso es igual, tengo que…
-¿Que es igual? ¡¿Que es igual?! ¿Sabes cuánto te ha costado llegar hasta aquí? ¿Ahora vas a abandonar?
-No te pongas así, no sabes lo que me ha pasado, tengo que enseñarte algo, te vas a quedar petrificada.
-Ven corriendo.-Y colgó. Así, sin más, sabedora de que Adela mantendría la promesa de llegar a tiempo.
Pero justo en mitad de la carretera, se miró la mano con asombro al descubrir que la prueba de su delirio se había transformado en polvo. Un polvo blanco y suave, aun sabiendo que ella había mojado esa nota con su sudor, estaba seco. Un viento se levantó, haciendo que Adela se quedara embobada mirando como los polvos desaparecían entre sus dedos, como arena de la playa.
Justo en este instante, en ese momento en el que los mágicos polvos desaparecían con el viento entre las nubes, un coche negro pasaba por allí a una velocidad poco razonable.
Lo último que vio Adela fueron aquellos polvos brillando al reflejar los rallos del sol. Y pensó ‘’Polvo somos y en polvo nos convertiremos’’.
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