sábado, 23 de octubre de 2010

Perdón

Hay veces que me siento defraudada conmigo misma, como si hubiese algo que debería de cumplir pero que no me doy cuenta que existe. Una meta inalcanzable, una normal imposible de cumplir. Algo que siempre rompo constantemente en mi interior. Una caricia a medio recorrer todo el trayecto deseado, un beso que solo roza los labios. Un ''soy buena'' y luego un ''soy malísima''. Porque por un lado digo lo que pienso en verdad y luego me arrepiento de todo pensamiento.
¿Qué puedo hacer? Nací para mentir y moriré sin poder hacerlo. Pero me siento tan mal...
Como dice una canción: esto es un juego en el que todos falseamos y quien no juega nosotros los pisamos. Es horrible, pero es algo que no se puede evitar. Todos, como humanos que somos, hemos cometido fallos, algunos pasables y otros imperdonables, hemos llorado por tonterías, hemos reido sin poder para hasta que hemos vuelto a llorar. Y como humanos que somos no queremos asumir nuestros errores, no queremos afrontar las consecuencias de nuestros pensamientos porque como humanos que somos, somos cobardes. Ahora digo una cosa, pero...¿mañana diré lo mismo?
Y lo más importante:¿volveré a mentir?
Me siento falsa. Mucho. Pero...no me siento pisada.

viernes, 22 de octubre de 2010

Francés

Misteriosamente, ahora, me gusta francés. Me gusta dar clases de francés, decir cosas en francés e incluso pensar en francés. Veo cualquier cosa y me recuerda a francés. Cualquier imagen (desde la más pura y perfecta hasta la más desagradable y grotesca) esta impresa con tinta de francés. Todo esta relacionado con esa lengua que tanto quebraderos de cabeza nos ha dado (al menos a mí) y que todo el mundo, al menos una vez, en algún examen, le han suspendido. Porque suspender no suspendemos, a nosotros nos suspendes pero si aprobamos somos nosotros quienes lo hacemos. Y sí, estoy escribiendo esto en una clase de francés. Pensaba que mi siguiente texto sería más profundo, que hablaría sobre cosas que no existen y sentimientos que no decimos pero no, simplemente habla sobre una clase normal de francés. Y es que, como ya dije anteriormente cada vez me gusta más. Y no es porque sepa mucho de francés o porque me apasione el idioma, es, sencillamente, porque me rodea, me envuelve con cada palabra y me maravilla con cada pronunciación imposible.

lunes, 18 de octubre de 2010

Only Alone-Fin

Tomás, alto, moreno y de tez oscura poco o nada tenía que ver con Cristian, de estatura media y tez pálida.
-Como si lo fuera.-Sentenció después de una expectativa de casi diez minutos.
Recorrió la cocina con la mirada, como buscando algo que no existía. Hasta clavar sus ojos en mí. Contuve la respiración. Le miré, intentando saber la verdad a través de esos ojos color canela.
-No te creo…-Susurré, como si las palabras salieran como serpientes de mi boca.
Serpientes llenas de veneno.
-No te he pedido que lo hagas.-Dijo el extraño, acercándose aun más a mí.
-Al menos, intenta decir la verdad.
-Ya lo he intentado.
-¿Por qué te ha llamado Cristian?
El individuo paró el avance hacia la presa más débil. Miró el suelo, pensativo, como si hubiera algo allí que le hiciera recordar.
-Cristian esta en Francia.
Asentí, deseando desesperadamente la continuación de esas palabras, que más que una frase, parecía un pensamiento en voz alta. Como si leyera la lista de algo que tiene que decir. Un discurso sin oyentes.
-Eso ya lo sé.-Dije mientras arrugaba por pura ansiedad una polvorienta cara, con letras que en otra época, habría significado algo.
-Ha tenido una hija.-Al fin, algo. Después de tanta paja por fin se encontraba la aguja.
Me precipité al suelo como si sus palabras hubieran sido una especie de bomba y las hondas de ésta me hubieran hecho caerme al frío suelo de la cocina.
Tomás intentó ayudarme, pero yo se lo impedí.
Con la mirada puesta en algún punto de la estancia, comencé a llorar.

Tomás y yo a penas nos volvimos a dirigir palabra. Primero tenía que curar la primera herida para poder concentrarme en la segunda. Así que mi curiosidad se vio cohibida por el intenso dolor que causaba la verdad.
Me pasaba mis ratos libres viendo como el resto del universo era supuestamente feliz y como yo, por mucho que lo intentara, no podía serlo.
Pasó el invierno y luego la primavera hasta que llegó el verano y con él, las vacaciones. No sabía dónde iba a invertir todo el tiempo que tenía. Volvía a ser esa piedra fría que poca gente puede cincelar.
-Mar.-Me giré sorprendida. El desconocido Tomás se encontraba sentado en el prehistórico sofá mirándome en la lejanía, como un cazador vigila a su presa hasta que decide disparar.-¿Qué vas a hacer este verano?
-Supongo…-Comencé.-que arreglaré la casa. Está un poco abandonada.
-Creo…que deberías de saber una cosa.
Me miró, por primera vez, con una mirada seria, preocupada por algo. Me giré y me quedé atenta como cuando un gato esta a punto de recibir un tazón de leche.
-Dime.
-La mujer de Cristian ha muerto.-Sentenció, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
Sonreí amargamente y fijé mi mirada en la alfombra persa que cubría la estancia. La muerta me rodeaba. Allá donde mirara, estaba ella.
Rápida. Letal.
-Cristian nos necesita, Mar. Si no quieres ir, lo comprenderé, pero…si tú no vas yo tampoco iré.
Le miré. Diez años de distancia nos separaban pero cada vez que le veía me sentía que era yo la que tenía diez años de más.
Todas las distancias se acortaban con Tomás.
-¿Tienes miedo de ir solo a Paris?-Dije, volviendo mi mirada a la calle. Hacia tiempo que el nombre de Cristian no me hacia sentir terriblemente mal. Cristian había dejado de clavar esa daga de recuerdos, y ahora la sangre, había dejado de correr.
-Tengo miedo de que hagas una estupidez.
-¿Desde cuando te importa mi vida?
-Desde que dejé de entenderte.
Nos volvimos a mirar, mucho más intentos que antes. Nuestras miradas volaron, lejos de ese salón antiguo del cual no había cambiado nada desde que su propietario, con el soplo de la muerte, lo abandonara. Como todos. Tan frágiles y delicados eran nuestros corazones.

Las vacaciones se me hicieron mucho más cortas de lo que yo pensaba.
Pintamos entre los dos la casa. Cambiamos los muebles. Decoramos las habitaciones. En resumen, el olor a muerte desapareció con el contacto con la felicidad.
Después de lágrimas y sollozos, la casa vivió otra etapa de esplendor.
Tomás y yo formamos una unidad. Nos hicimos amigos con la pintura, luego amantes secretos con los muebles y finalmente volvía a sentir una llama encenderse en mi corazón, el cual, después de tantos esfuerzos, volvía a latir.
Tomás era portugués, aficionado al mar y enamorado de lo imposible. No tenía hermanos pero su madre aun vivía en una residencia, en la lejanía de Portugal. Era cierto que trabajaba en una inmobiliaria. Había conocido a Cristian cuando este vino buscando una casa.
Y se hicieron amigos de toda la vida, aunque ellos lo mantenían en secreto porque Cristian era de los suburbios y la gente siempre decía que Tomás y él tenían un trapicheo de drogas y dinero.
Por lo cual su amistad era tabú.
Un buen día Cristian se fue para siempre, viendo en Francia una nueva vida. Así que, como última petición, le hizo a Tomás prometer que me cuidaría.
Y Tomás, sin amor ni nada que perder, dócil y obediente, lo hizo con creces.
Risas. Felicidad. Alegría.
La luz que entraba por las ventanas era la sombra de la que había ya dentro.
Después de tanto tiempo volví a encontrar en Tomás lo que siempre había estado buscando en Cristian. Lo que había estado buscando, en verdad, en cada persona que conocía: compañía.

viernes, 15 de octubre de 2010

Only Alone-Quinta Parte

Un móvil sonó en el silencio. Me removí en mi comodidad y noté como los pasos y la melodía se alejaban de mí.
-¿Si?-Dijo Jack, en la lejanía de la cocina.-Sí, estoy con ella.
Otra pausa. Mi corazón se aceleró ante la incomprensión de sus palabras. Agucé el oído y procuré que no se percatara de que me había despertado.
-Tranquilo, estará bien conmigo…sí, se lo ha creído todo, es bastante ingenua…
Sus palabras incoherentes llegaban como susurros a mis oídos. Sentí rabia y decepción. Confiaba demasiado en la gente.
No todos eran Cristian.
-Ella no sabe nada…sí, la tiene, la vi el otro día, como la tenía en su mano…-Silencio.-tranquilo, no le dejaré que vaya. Creo que te ha perdonado.
Me levanté, como si estuvieran bombardeando la ciudad. Jack se sorprendió. Enseguida corrí hasta el pasmado Jack. Como si fueran mis últimos días de vida, le supliqué que me dejara el móvil.
-No…ya esta apagado.-Y pulsó el botón rojo.
Caí al suelo, aplastada por la losa de la realidad.
-Era Cristian, ¿verdad?
-Es de muy mala educación escuchar las conversaciones a escondidas.-Respondió Jack, el cual sus palabras me hicieron ver todos esos años que nos distanciaban.
-Necesito…necesito hablar con él.
El desconocido Jack se agachó a mi altura.
-Tranquila.-Dijo, apartando con una sonrisa mis lágrimas.-yo estaré contigo.
-No…no entiendo.-Dije, adentrándome en su cálida mirada.
-Yo, en realidad, no soy quien tu piensas.

El reloj de la cocina marcaba las diez, justo cuando el supuesto Jack se disculpó para irse a la cocina. Yo seguía paralizada al recibir tantas palabras vacías, de las cuales, muy pocas podían tener sentido.
Ninguno de los dos mediamos palabras. Yo, por miedo a la verdad y él, supongo, por miedo a que yo le echara de casa.
Así vivimos varios meses de miradas donde se escondía algo más que simples palabras. El otoño nos sorprendió aun sin saber la verdad, viviendo en una mentira en la que todos estábamos contentos.
Pero la curiosidad humana no tiene límites. Con las vacaciones de invierno el nudo que crecía en mi cabeza apenas me dejaba continuar bajo ese techo de calumnias.
-Jack…-Dije mientras contemplaba a la gente pasar por la ventana.
-Si…-Dijo él, ensimismado en un libro alquilado de una biblioteca desconocida.
Le miré fijamente hasta obligarle a que levantara la mirada de su libro.
Contuve la respiración hasta que atrevía a lanzarme.
-¿Quién eres?-Susurré, con miedo a la respuesta.
Jack cerró el libro y clavó un a dudosa mirada en mí.
-Soy el hermano de Cristian.-Sentenció tras un interminable silencio. Mi corazón se rompió en miles de pedazos irrecuperables tras oír su nombre.-En realidad mi nombre es Tomás. Trabajo en una empresa inmobiliaria. Siento haberte mentido, mi hermano me pidió que cuidara de ti.
Tragué saliva, recordándome que ahora me tocaba hablar a mí. El nudo de mi cabeza cada vez era más grande y pesaba. Pesaba mucho. Miles de dudas se amontonaban en mi boca, en una lucha desesperada por ser la primera en ser respondida.
-Tomás…-Susurré. El desconocido Tomás dejó definitivamente su libro.
La vida es como el mar. Va, viene y nunca ves del todo su final. Siempre tienes que procurar que todas las personas que entran en tu mar no sean arrastradas por la marea de los recuerdos. Jack y mi visión sobre él, habían desaparecido entre la espuma de la mentira.
No sabía en qué punto me encontraba ahora, pero estaba dispuesta a averiguarlo.
Tomás se acercó a mí.
-¿Por qué está pasándome todo esto?-La pregunta más absurda fue la primera en pronunciarse.
Una pregunta a la cual, no estaba segura de que existiera respuesta.
Tomás rió con ganas.
-Perdón.-Pudo decir al final de su carcajada.
Me quedé observándole. Era imposible que fuera hermano de Cristian, además, Cristian no me mencionó nada en esos días de amistad que tuvimos que ahora me parecían lejanos.
-Es imposible, no eres el hermano de Cristian.-Afirmé, tras remover aquellos instantes con él que tanto añoraba.
Nos quedamos observándonos bajó la luz fluorescente de la cocina pensando si podíamos o no confiar el uno del otro.
Al fin y al cabo, no le conocía de nada. Y ahora, muchísimo menos.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Only Alone-Cuarta Parte

-He visto que alquila habitaciones.-Dijo clavando su mirada en mí. Me sentí observada por sus ojos color canela, los cuales me lapidaban como un microbio bajo la lupa del microscopio.
-Así es.-Susurré, liando la ficción con la realidad. Hacia tiempo había colgado un cartel en la heladería con el deseo de dejar de sentirme sola.-Pase.
El desconocido pasó cautelosamente y se dirigió, con un silencio espectral, hacia la sala de estar.
-La casa no está en sus mejores días pero todo se puede arreglar…
-¿Cuántos años tiene?-Preguntó de repente, ignorando mi comentario sobre la vivienda.
-Veinte.-Susurré.-¿Y usted?
-Treinta.-Dijo, sin mostrar el más mínimo interés en otra cosa que no fuera yo. Me sentí cohibida por su mirada y me entraron ganas de huir lejos de ella.
-¿Qué ocurre?-Pregunté, sin más.
-Es hermosa.-Dijo ensimismado.
Mis mejillas se pusieron coloradas y me sentí avergonzada. Aunque él no pareció comprender la causa de mi repentino ataque de vergüenza así que pensé, que tal vez, se refería a la casa.
-Me alegra que le guste.-Dije con una dulce sonrisa.
Me fui a la cocina y me dispuse a hacer el café.
-¿Cómo se llama?-Preguntó el desconocido desde la sala de estar.
-Mar, ¿y usted?
-Jack, Jack Kovosqui.
Me resultó extraño su nombre y su apellido. No concordaban con su aspecto. Siempre que mi imaginaba una persona con el nombre de Jack, me imaginaba a un tipo alto, de ojos azules y piel blanquecina. Pelo rubio y sonrisa encantadora.
Pero este Jack era solamente alto. Solamente eso. En todo lo demás, era totalmente opuesto.
-Es usted muy amable.-Dijo cuando le di la taza de café.
-¿De dónde viene?-Tenía un extraño acento que hacía aun más contracte con su aspecto.
-De Londres. Aunque nací aquí mi familia se mudó cuando yo era aun un niño, así que a penas recuerdo este lugar. A mi padre lo mandaron al extranjero por asuntos de trabajo. Ahora he vuelto yo por la misma razón por la que me tuve que ir de pequeño. La empresa para la que trabajo esta empezando aquí a instalar sus oficinas. Soy el representante.
-¿Y cómo que no va a un hotel o se alquila su propio apartamento?
-No me gustan los hoteles, ni la soledad.
Estuvimos en silencio un buen rato, esperando impacientes a que nuestras tazas se enfriaran.
-¿Cuánto cuesta el alojamiento?-Preguntó, tras una larga pausa.
Me quedé pensando. Era empresario así que supuse que amasaba una gran fortuna. De todas formas eso me importó poco, iba a pedirle poco.
-Cien.-Dije, tras sorber un poco de café.
Me miró perplejo.
-Pero eso es muy poco.
Observé mi taza durante unos instantes.
-A mi tampoco me gusta la soledad.-Y le miré, en espera de una respuesta que nunca llegaría.

Al día siguiente me desperté temprano. Era la primera vez en mucho tiempo que no tenía pesadillas. Preparé el desayuno e intenté limpiar profundamente la sala de estar. Abrí las ventanas y corrí las cortinas, dejando que la luz se adueñara de la sala.
Puse allí el desayuno y esperé a que Jack bajara. Justo cuando acababa de poner el último plato en la mesa, me sorprendí con la compañía de Jack, el cual se encontraba semidesnudo, mostrando su perfecto pecho para envidia del mundo entero.
Yo, tímida e inocente, aparté la mirada de él y procuré desayunar sin mirarle, aunque, sinceramente, todos mis intentos acabaron en fracaso.
-Buenos días, compañera.-Dijo.-bonito desayuno.
-Gracias.-Dije mientras bebía el caliente café.
Él devoró todo lo que le había puesto delante. Comía deprisa pero educadamente, con la perfección de saborearlo todo y al mismo tiempo, hacerlo desaparecer.
No aparté la mirada de él en todo el desayuno. Luego el reloj dio las ocho y me desperté del coma en el que había entrado nada más verle.
Me levanté de la mesa, pidiendo permiso con la mirada y me dispuse a irme, andando exhausta.
Noté como Jack me miraba al marchar, dibujando una sonrisa en su cara.
Corrí hacia la heladería. Mi puesto como administrativa iba viento en popa. La jefa estaba muy contenta conmigo y sobretodo ahora, que volvía a habitar en mí esa luz que siempre causa la compañía.
Se rumoreaba sobre falsos romances todos los días pero este en concreto fue especial.
Pasaba, al salir del trabajo, por una peluquería donde una ex compañera de la heladería trabajaba como dependienta.
Cuando me aproximaba, una señora, de unos setenta años, me miraba con repugnancia.
Me pregunté por qué le causaba tanto asco, pero antes de sacar mis propias conjeturas ella me hizo saber las suyas.
-Mírala, Fifí, tan pronto como se muere su padre, sin estar ella en sus últimos momentos y ya se ha buscado a dos hombres que la acompañen en su vida hacia el infierno.
Fifí, la peluquera que amasaba los enredos escondidos dentro del pelo de la mujer, me miró con la misma repugnancia.
Bajé la mirada avergonzada, sabiendo que no podía negar nada de lo que había dicho.
Sandra, mi ex compañera, me aconsejó que saliéramos a dar una vuelta, lejos de la peluquería.
Comimos en un bar, cerca del establecimiento.
-No les hagas caso. Son mujeres de otra época. Ya no comprenden que el mundo que les rodea ha cambiado.
-Pero, Sandra, es cierto lo que ha dicho. No estuve con mi padre cuando sabía que no le iba a volver a ver…
-Estabas cumpliendo su última voluntad.-Dijo con la boca llena de lechuga de la ensalada. Tragó y bebió un poco de agua.-No tienes culpa de que la soledad hiciera que necesitaras hombres en tu vida. A mi también me pasa a veces.
-No es lo mismo. Yo con los hombres esos de los que tanto se habla no hago nada. Son…son solo amigos.
-Tú amabas a Cristian.
No supe qué decir a una afirmación tan verdadera. Saboreando hasta las yemas de sus dedos, Sandra me miró, con esos ojos negros rodeados de lápiz de ojos y kilos de maquillaje.
-¿Y quién es el nuevo ahora?
-No lo conozco de mucho. Sé que se llama Jack y que es empresario.
Rió con ganas.
-Vaya, que suerte tienes. Cada día va un chico distinto para decirte ‘’te quiero’’
La miré con furia.
-Eso no es cierto. Ya te pedí a ti si querías venirte pero no quisiste…
-Vivo con Jonathan, Mar, no voy a mudarme.
Y comprendí, entonces, que mi compañía siempre sería pasajera.
Al despedirnos volvía a sentirme terriblemente sola. No le había dicho lo de la misteriosa carta de Cristian pero andaba en deseos de contárselo a alguien.
Cuando llegué a casa aun no había llegado Jack. Preparé una pequeña merienda y esperé a que llegara.
Ya eran las ocho cuando la vieja puerta de la casa se abrió.
Yo, entonces, estaba dormida en el sofá con la tele encendida como única compañera.
Noté como unos pasos, casi inaudibles, se acercaban a mi encuentro tras haber cerrado la puerta.

viernes, 1 de octubre de 2010

Only Alone-Tercera parte

Cristian me zarandeó.
-¿Mar, estás bien?-Preguntó cuando la caprichosa amiga de mi vida volvió a mí.
-Sí.-Mentí.- ¿Cómo es que no me has dicho nada?
-No es algo que yo quiera-Explicó.-me tengo que casar con ella…
Le miré incrédula. En la Edad Media me lo hubiera creído pero ahora me parecía solo una escusa barata sacada de un cuento de Walt Disney.
-Ya, claro…-Dije, al borde de la locura y desesperación.
Cristian me agarró de la muñeca, justo cuando me disponía a irme. Como aquella vez, en los suburbios. Esta vez, a la inversa.
-Si no me caso con ella mi tía no podrá pagar el alquiler, la echaran de casa y le quitaran la herencia de su tía segunda. Ya se han firmado los papeles, mañana por la mañana…me…caso.
-¿Por qué…mientes?-Dije entre lágrimas de rabia.
No sabía qué hacer. Me sentía mirar el borde de un acantilado. Pensaba que por fin había encontrado aquella compañía que me llenaría de por vida, pero, estaba equivocada.
Al borde de la ira, la desesperación y la locura me marché de aquel local, dejando a un roto Cristian del cual ahora quedan pequeños recuerdos que se pierden en la lejanía del pasado.
Después de tantas historias juntos, ahora salían a la luz palabras ocultas.
Esa noche, no pude dormir. Me la pasé llorando, cayendo moralmente por ese acantilado, esperando no llegar nunca a impactarme contra el agua.
Gritaba, lloraba, decía cosas incoherentes. Quería sacar de mí todo ese dolor que llevaba años arrastrando. El baso del llanto interno, después de tanto tiempo, se había derramado, encharcando con ello todo mi ser.
Me desperté de un largo letargo con los ojos hinchados por el llanto y la nariz colorada. Parecía que mi cuerpo se reía de mí burlescamente haciéndome parecer un payaso.
Desayuné, después de tanto tiempo, sola.
Sabía que Cristian no volvería a aparecer. Nunca.
Falté al trabajo varias semanas, alegando estar enferma.
Cuando volví, la jefa no me dejó estar de cara al público. La felicidad se había apagado en mí y mi rostro lo reflejaba.
Llevé la administración del pequeño establecimiento. Los días pasaban sin que yo los notase. La monotonía era un salvavidas en el mar del tiempo.
Las noches, en cambio, se me hacían eternas. Mis pesadillas eran horribles. No conseguía conciliar el sueño. Gritaba de horror y me despertaba con el cuerpo empapado.
Y así, noche tras noche. Soñaba que los chicos de los suburbios me atrapaban. Todas las noches. Me tocaban, me manoseaban como una muñeca en manos de una niña caprichosa.
Y gritaba, intentando que alguien escuchara el dolor que me estaban causando. Pero nadie acudía. Estaba sola, después de todo, volvía a estarlo.
Los domingos y mis días libres me quedaba en casa, observando en la televisión como todo el mundo tenía a alguien.
La casa volvió a ser aquel lugar oscuro y lúgubre. Rosa hacía años que no pasaba por aquí. El polvo comía las estancias menos frecuentadas por mí. La casa no era otra cosa que la sombra de lo que había sido.
Triste y melancólica, caminaba por la estancia. Aun no me había atrevido a abrir la habitación de Cristian.
Lentamente, la puerta cedió a mi paso. Todo seguía como la última vez que había entrado.
Me tumbé en la cama y cerré los ojos intentando recordar aquellos instantes en los que huía de la soledad por las noches. Sonreí amargamente, volviendo a abrirlos y encontrándome con una soledad que me consumía.
Como una llama consume a una vela.
Entonces me percaté que en el escritorio, un sobre con un poco de polvo, se posaba en señal de que, verdaderamente, Cristian había existido.
Lo abrí con la esperanza pintada en mi rostro.
Querida Mar, no tenía el suficiente valor para despedirme de ti y tenía miedo de perderte para siempre. Pero veo…que después de todo sigues siendo aquella testadura que conocí.
Verdaderamente no me hace gracia la idea de casarme con una mujer que no eres tú. Todo este tiempo sé que verdaderamente he estado conviviendo con la persona con la que verdaderamente quiero casarme.
Pero…no puedo evitar aceptar este compromiso. No tenía el valor, tampoco, para decirte la verdad. A mi tía Alice la persigue la mafia. Vio algo que no debería de haber visto. Me caso con Victoria, una francesa a la cual a penas conozco pero es de familia adinerada con lo que podré sacar de aquí a Alice y protegerla con mi dinero.
Ojalá no fuera así. Ojalá pudiera estar contigo el resto de mi vida y toda mi existencia.
Ahora que ya no me queda ni tu cariño ni tu amor, solamente quiero que me perdones y que intentes ser feliz, sin hacer ninguna locura.
Perdóname, por favor….perdóname.
Te quiero, te amo
Cristian.
Posé el polvoriento papel en mis labios y comencé a llorar como una idiota.
Aquellas palabras eran todas verdad y como verdad yo me las creía.
‘’Cristian’ Pensé.
Olí la carta, recordando el aroma de su cuerpo. Alguien llamó a la puerta.
Bajé las viejas escaleras de madera, con el corazón lleno de esperanza y con un nuevo rostro que enseñar al mundo.
Abrí la puerta sonriente.
Un hombre se erguía al otro lado. Vestía un elegante traje de chaqueta. Su piel era de tez morena, como el chocolate.