Tomás, alto, moreno y de tez oscura poco o nada tenía que ver con Cristian, de estatura media y tez pálida.
-Como si lo fuera.-Sentenció después de una expectativa de casi diez minutos.
Recorrió la cocina con la mirada, como buscando algo que no existía. Hasta clavar sus ojos en mí. Contuve la respiración. Le miré, intentando saber la verdad a través de esos ojos color canela.
-No te creo…-Susurré, como si las palabras salieran como serpientes de mi boca.
Serpientes llenas de veneno.
-No te he pedido que lo hagas.-Dijo el extraño, acercándose aun más a mí.
-Al menos, intenta decir la verdad.
-Ya lo he intentado.
-¿Por qué te ha llamado Cristian?
El individuo paró el avance hacia la presa más débil. Miró el suelo, pensativo, como si hubiera algo allí que le hiciera recordar.
-Cristian esta en Francia.
Asentí, deseando desesperadamente la continuación de esas palabras, que más que una frase, parecía un pensamiento en voz alta. Como si leyera la lista de algo que tiene que decir. Un discurso sin oyentes.
-Eso ya lo sé.-Dije mientras arrugaba por pura ansiedad una polvorienta cara, con letras que en otra época, habría significado algo.
-Ha tenido una hija.-Al fin, algo. Después de tanta paja por fin se encontraba la aguja.
Me precipité al suelo como si sus palabras hubieran sido una especie de bomba y las hondas de ésta me hubieran hecho caerme al frío suelo de la cocina.
Tomás intentó ayudarme, pero yo se lo impedí.
Con la mirada puesta en algún punto de la estancia, comencé a llorar.
Tomás y yo a penas nos volvimos a dirigir palabra. Primero tenía que curar la primera herida para poder concentrarme en la segunda. Así que mi curiosidad se vio cohibida por el intenso dolor que causaba la verdad.
Me pasaba mis ratos libres viendo como el resto del universo era supuestamente feliz y como yo, por mucho que lo intentara, no podía serlo.
Pasó el invierno y luego la primavera hasta que llegó el verano y con él, las vacaciones. No sabía dónde iba a invertir todo el tiempo que tenía. Volvía a ser esa piedra fría que poca gente puede cincelar.
-Mar.-Me giré sorprendida. El desconocido Tomás se encontraba sentado en el prehistórico sofá mirándome en la lejanía, como un cazador vigila a su presa hasta que decide disparar.-¿Qué vas a hacer este verano?
-Supongo…-Comencé.-que arreglaré la casa. Está un poco abandonada.
-Creo…que deberías de saber una cosa.
Me miró, por primera vez, con una mirada seria, preocupada por algo. Me giré y me quedé atenta como cuando un gato esta a punto de recibir un tazón de leche.
-Dime.
-La mujer de Cristian ha muerto.-Sentenció, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
Sonreí amargamente y fijé mi mirada en la alfombra persa que cubría la estancia. La muerta me rodeaba. Allá donde mirara, estaba ella.
Rápida. Letal.
-Cristian nos necesita, Mar. Si no quieres ir, lo comprenderé, pero…si tú no vas yo tampoco iré.
Le miré. Diez años de distancia nos separaban pero cada vez que le veía me sentía que era yo la que tenía diez años de más.
Todas las distancias se acortaban con Tomás.
-¿Tienes miedo de ir solo a Paris?-Dije, volviendo mi mirada a la calle. Hacia tiempo que el nombre de Cristian no me hacia sentir terriblemente mal. Cristian había dejado de clavar esa daga de recuerdos, y ahora la sangre, había dejado de correr.
-Tengo miedo de que hagas una estupidez.
-¿Desde cuando te importa mi vida?
-Desde que dejé de entenderte.
Nos volvimos a mirar, mucho más intentos que antes. Nuestras miradas volaron, lejos de ese salón antiguo del cual no había cambiado nada desde que su propietario, con el soplo de la muerte, lo abandonara. Como todos. Tan frágiles y delicados eran nuestros corazones.
Las vacaciones se me hicieron mucho más cortas de lo que yo pensaba.
Pintamos entre los dos la casa. Cambiamos los muebles. Decoramos las habitaciones. En resumen, el olor a muerte desapareció con el contacto con la felicidad.
Después de lágrimas y sollozos, la casa vivió otra etapa de esplendor.
Tomás y yo formamos una unidad. Nos hicimos amigos con la pintura, luego amantes secretos con los muebles y finalmente volvía a sentir una llama encenderse en mi corazón, el cual, después de tantos esfuerzos, volvía a latir.
Tomás era portugués, aficionado al mar y enamorado de lo imposible. No tenía hermanos pero su madre aun vivía en una residencia, en la lejanía de Portugal. Era cierto que trabajaba en una inmobiliaria. Había conocido a Cristian cuando este vino buscando una casa.
Y se hicieron amigos de toda la vida, aunque ellos lo mantenían en secreto porque Cristian era de los suburbios y la gente siempre decía que Tomás y él tenían un trapicheo de drogas y dinero.
Por lo cual su amistad era tabú.
Un buen día Cristian se fue para siempre, viendo en Francia una nueva vida. Así que, como última petición, le hizo a Tomás prometer que me cuidaría.
Y Tomás, sin amor ni nada que perder, dócil y obediente, lo hizo con creces.
Risas. Felicidad. Alegría.
La luz que entraba por las ventanas era la sombra de la que había ya dentro.
Después de tanto tiempo volví a encontrar en Tomás lo que siempre había estado buscando en Cristian. Lo que había estado buscando, en verdad, en cada persona que conocía: compañía.
2 comentarios:
muy buena historia, pero no me esperaba ese final xD realmente no se que final me esperaba, ahora a escribir otra historia ^^ que la necesito(como una droga).
P.D. Es cierto k no me esperaba ese final ¬¬
O__O ya esta?? YA ESTA????!!!! pero ese k final es!! vaya hombre, yo tambien me esperaba otro, la verdad, en plan... la chica vuelve con Cristian y viven los tres juntos (mas la hija) o algo asi... tu sabes, mi mente vuela xDD aunk, la historia me a gustado un monton, sigues sabiendo transmitirla a cada rincon del alma... >////< SIGUE ESCRIBIENDO!!
teQuieroO
Nelii
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