sábado, 4 de diciembre de 2010

CONDENA-parte primera

hacía tiempo que intentaba cambiar. Algo, cualquier cosa. Me importaba poco qué fuera o cómo fuera, pero lo necesitaba. Eso sí, nunca pensé que podía cambiar tanto en tan poco tiempo. Y mucho menos, que fuera a peor ese cambio.


Llegaba tarde, pero eso ya era una especie de costumbre en mí. Caminaba por las estrellas calles olvidadas de la ciudad. Estaba todo demasiado oscuro como para poder describirlo y al mismo tiempo, en la carrera hacia una meta inexistente, se veía borroso y confuso todo lo que me rodeaba. Solamente seguía corriendo hacia delante con la esperanza de llegar a algún lado.
-Hola, por fin has llegado.-Una mujer de unos treinta años, con una sonrisa cautivadora, un escote que enloquecería a cualquiera y una ajustada minifalda me saluda feliz e ilusa al otro lado de la ventanilla de un coche, igual de perfecto que ella.
-Sí.-Dije, tras intentar coger aire y mantener la compostura que necesitaba para estar a su lado.
Era preciosa. Hermosa. Nunca en mi vida había visto una mujer así. Con provocativas caderas, pelo ondulado y cobrizo, con una mirada felina color caramelo. Me encantaba, era algo que nunca pude negar.
-¿Has venido corriendo?-Debió de haber notado mi sudor de la frente y mi respiración entrecortada.
-Sí, es que se me ha acumulado trabajo, ya sabes…papeleo y más papeleo.
-Comprendo. A mí también me pasa.-Mintió con tal soltura y perfección que decidí no llevarle la contraria.
Me monté en el perfecto coche color negro azabache y volví a intentar, sin resultado, tranquilizarme.
-Tranquilo, en poco tiempo llegaremos.
Me recordó la razón por la que me encontraba en su coche y eso me hizo estremecerme de horror. Su belleza cautivadora me había hecho olvidar la razón por la cual me sentaba a su lado.
-No estoy seguro de que lo quiera hacer.
Ella sonrió mientras arrancaba su perfecto coche a una velocidad bestial.
-Ya es tarde para inseguridades.
Su perfecta melena jugueteó con los pequeños remolinos que entraban, sin pedir permiso, a través de su ventanilla entre abierta.
La miré, sin poder evitar apartar la mirada. Sabía perfectamente que ella sabía que la quería, que la amaba desde el día que la vi en el parque.
De eso hacía un año. Justo cuando mi cuerpo me pedía un cambio. Entonces yo tenía veinte tres años y estaba deseando encontrar un trabajo. Mis padres habían desaparecido sin dejar pistas y mi hermana pequeña había muerto hacía cuatro años. Así que estaba solo y desgraciado. Pero cuando la vi todas mis penas se fueron, como si ella fuera un huracán que se lleva todos los tormentos.
Y sin saber lo que hacía le dije que sí a todo. A todo lo que le debí de decir que no.
Me había hecho donante. Donante. Yo. Otra cosa más que sumaba puntos a mis desgracias.
Paramos en un castillo fantasmal, el cual desconocía totalmente su existencia. Era como una continuación de la montaña picuda en la que se encontraba. De estilo gótico, daba la impresión de ser el castillo dónde vivía Drácula a un hospital.
-¿Esto…esto es un hospital?-Dije tragando saliva instintivamente. Algo, en ese lugar oscuro y tenebroso hacía estremecerme.
Un grito desgarrador rompió la sinfonía de la noche.
Mi acompañante sonrió pícaramente.
-Sí, este es el hospital del que tanto te hablé.
Ambos entramos a través de la enorme puerta de madera tallada con extrañas figuras con alas. Ni ángeles, ni demonios. Ni humanos, ni animales.
Caminamos, ella con un sigilo espectacular y yo con una torpeza incalculable.
A ambos lados del enorme pasillo tenebrosamente oscuro había extrañas criaturas que nos vigilaban desde las paredes en las que estaban agazapadas. Eran una mezcla de arañas con cabeza humana y dientes envenenados. Horribles.
Estaba empezando a pensar que eso no era un hospital cuando mi perfecta acompañante abrió en par en par una puerta al final del pasillo. La puerta parecía estar recubierta por láminas de plata.
Al otro lado nos encontramos una sala que parecía sacada de una película de terror antes que de la vida real.
Una sala de torturas.
-Tranquilo, esto no es para ti.-La insinuante mujer perfecta prosiguió a abrir la siguiente puerta, la cual parecía que conducía a una cárcel.
Otro grito horrible.
Me giré con miedo en la mirada. Tenía que huir de allí, pero… ¿a dónde? Y lo más importante… ¿cómo?
El deseo de la perfección me había cegado tanto que me había condenado a mi propia muerte, a mi propio dolor.
-Ya hemos llegado.-La feliz mujer me enseñó una especie de sala hospitalaria donde, hombres y mujeres perfectos sacaban sangre a gastados humanos.
Todos pálidos, con rostros tallados en piedra. Con proporciones impensables.
-Esta será tu camilla.-Dijo mi acompañante enseñándome una humilde camilla blanca de hospital.
Creo, y aun sigo creyendo, que eso era lo único que tenía de hospital aquel siniestro lugar.
Me senté con resignación ¿qué otra cosa podía hacer? Aun quería seguir vivo.
La perfecta mujer prosiguió a sacarme sangre. Así, sin más.
-Bueno, luego supongo que me daréis un bocadillo o algo, ¿no?
Había perdido el juicio totalmente. La mujer sonrió con ganas ante mi petición.
-No creo que vayas a comer mucho.-Dijo, seca. Cortante.
Una feroz aguja se clavó en mí piel. Sin más. Llenándose de una viciada sangre llena de agonía.
Roto. Cosido. Roto. Cosido. Roto…
Así me sentía hace tiempo. ¿Un cambio? Una tortura.