lunes, 27 de septiembre de 2010

Only Alone-Segunda parte

-Vamos, nena, ven con nosotros, te lo pasarás muy bien…
Los demás le corearon.
-Sí, eso ven.-Decía el de atrás.
Todo empezó a girar.
-Suéltame.-Dije enfurecida mirando con rabia al que me había agarrado la muñeca.
Este sonrió y se aproximó más a mí. Creía que esas cosas solamente pasaban a la luz de la luna. Por lo visto, me equivocaba.
-¿Y qué me vas a hacer?-Susurró en mi oído. Los demás rieron. Apreté los ojos con fuerza. Ni yo misma lo sabía. Hacía tanto tiempo que había estado recluida que ni si quiera sabía nada para defenderme.
Así que me dejé llevar por esa adrenalina que te sumerge en las tinieblas del subconsciente.
Me deshice de su mano y le di con todas mis fuerzas en la entrepierna. El chico que estaba a mi espalda intentó cogerme por el cuello mientras el otro se retorcía en dolor.
Intenté que no me cogiera el cuello y conseguí escapar de esos cuatro apestosos. Corrí por la calle derribando todo lo que encontraba a mi paso. Sabía que me perseguían. Notaba sus pasos tras los míos. Corrí y me sentí volar. Mi respiración estaba agitada. Me había metido en un laberinto de calles estrechas y túneles que no conducían a ninguna parte. Los suburbios.
Aun me estaba preguntando cómo había llegado allí, cuando dejé de sentir que me seguían. Había conseguido esquivarlos. Sabía que si me los volvía a encontrar me matarían.
Me tiré en el suelo de una de las calles e intenté que mi respiración volviera a ser como siempre. El sol se me antojó como enemigo, en vez de cómo el amigo que yo creía que era, el cual iluminaba todo aquello que estaba oscuro, pero al parecer…el sol importaba ya poco.
Me hice un ovillo, intentando que el miedo se me pasara. Empecé a temblar y llorar. No sabía qué hacer, ni cómo salir de allí. Estaba atrapada por mi propia insolencia en aquellas estrechas calles desconocidas.
Noté como unos pasos se acercaban a mí. Despacio y sigilosos. Ya no me quedaban fuerzas para correr así que, lentamente, alcé la vista con la esperanza de no ver a esos tipos.
-Hola-Dijo sonriente. Le miré con una mezcla de miedo y curiosidad.-¿Te has perdido?
Sus ropas no eran las mejores pero no tenía pinta de ser un marginal, habitante de aquellos lugares. Su tez era pálida y sus ojos grises, como las nubes de la ciudad donde vivía el viejo Amadeo.
Le seguí por las calles sin intentar si quiera mediar palabra. Tenía miedo de dejarme en evidencia al hablar y no decir nada.
Al parecer al extraño no le importó que no hablara. Pensaría que sería una estúpida más. Una niña caprichosa y pequeña encerrada en el cuerpo de una mujer madura.
-Lo siento.-Pude decir al cabo de un rato. El desconocido se paró de repente y me miró extrañado.
-¿Por qué?
-Le estoy haciendo perder el tiempo, yo me he metido aquí, tengo que salir yo sola.-Susurraba con miedo de que si hablara más alto, los tipos de antes vinieran a buscarme.
-Me llamo Cristian.-Dijo sonriendo, como ignorando mis estúpidas palabras.
-Yo soy Mar.-Dije en un suspiro, volviéndome a introducir en esas nubes grises que llevaba por ojos.
-Encantado.-Cortés, educado. No, sin duda no era el tipo de persona que vivía en los suburbios.
-¿Cómo…cómo me ha encontrado?-Dije de repente.
-Te estaba escuchando llorar.-Dijo dándose media vuelta y volviendo a andar por aquellos senderos sin nombre.-¿Te han hecho algo?
Noté cierta tensión en su voz y no pude comprender el significado de su pregunta. ¿Cómo había sabido que me encontraba en peligro? Supongo que era normal que pasara algo así en aquellos lúgubres lugares.
-No.-Volvía a susurrar.
Me encontré de nuevo con el molesto gato cuando supe dónde estaba.
-Creo que a partir de aquí yo sé….-Dije, esta vez, en voz alta, con la seguridad de que al final de esa calle había una ciudad repleta de gente que intentaba ignorar este laberinto de pobreza y degradación del ser humano.-Muchas gracias, no sé cómo agradecérselo.
-Con no volver más por aquí, es suficiente.-Sonrió felizmente, mostrando una hilera de dientes perfectos. Definitivamente Cristian no pertenecía a la podredumbre humana que había por esos sitios.
Cuando se disponía a irse le agarré por el brazo. Era frío. Eléctrico.
Me miró, con una expresión extraña.
-Me gustaría agradecérselo.-No quería perderle para siempre. La sola idea de no volverle a ver me mataba por dentro.
Durante unos segundos de duda que se me hicieron interminables, Cristian decidió acompañarme al mundo real.
Andamos por las grandes avenidas y visitamos algunos de los parques que crecían con orgullo en medio de la ciudad.
Hablábamos de cosas sin importancia. Palabras vacías poblaban nuestras absurdas conversaciones llenas de risas nerviosas y mejillas coloradas.
-Mi madre murió cuando yo nací. Mi tía Alice me cuidó como si fuera su propio hijo. No éramos una familia adinerada pero vivíamos medianamente bien.-Cristian soltaba la realidad como si se tratara de una simple fantasía más. Un cuento con final abierto.
Nos sentamos en uno de los bancos del floral parque. La primavera ya estaba haciendo obras de arte en la naturaleza.
-¿Por qué estas en…esos lugares?
-Trabajo en un bar de la zona. Quiero dejar de molestar a Alce. Ya esta bastante mayor y yo solo soy una carga. Así que estoy buscándome un piso de alquiler, pero por ahora no encuentro ninguno…
-Puedes venirte a mi casa…-Solté de repente. En un segundo me arrepentí e intenté explicar lo que mi subconsciente había soltado como una granada en plena paz.-quiero decir, que tengo habitaciones de sobra, libres, podrías pagarme menos de lo que te costaría cualquier otro alquiler y así, dejarías de molestar a Alice.
Cristian me miró dubitativo. No le conocía de mucho pero no me pareció malvado. Además, le debía un gran favor por haberme rescatado de aquel enredo de escoria.
No sé que habría pasado si él no hubiera venido nunca pero prefería no saberlo.
-No sé…tampoco quiero molestar…
-Pagarás una cuota mínima.-Puntualicé.
-pero…no me conoces, podría ser un maniaco.-Le miré y por unos segundos sentí la necesidad de abrazare.
-Te la debo, por haberme salvado sin esperar nada a cambio.
E intenté sonreír.
Después de otro buen rato dudando, aceptó mi propuesta.
A los dos días, la casa abandonada y oscura, parecía iluminada y restaurada con la presencia de Cristian.
A Cristian le pagaban trescientos euros al mes. No eran muchos pero le ayudaban a seguir adelante. De esos trescientos, cien, iban para su tía, como una pensión constante. Luego, treinta y cinco, iban para mí la cual me sentía fatal al recibir dinero del que a penas tiene. Así que, Cristian tenía ciento sesenta y cinco euros para él de los cuales más de sesenta iban en comida y el resto en ropa.
Así que a penas tenía ahorrado.
Todo el dinero que me daba yo lo guardaba en una hucha en mi habitación. Él tenía la contigua, por si necesitaba algo solamente tendría que dar golpes en la pared.
Comíamos juntos, cenábamos juntos y charlábamos juntos.
Cristian, con el paso del tiempo, se había convertido en mi única compañía y en mi alma gemela.
-Me han dado el día libre.-Le dije un día.
Yo trabajaba entonces en una feliz y encantadora heladería dónde, fuera invierno, verano, otoño o primavera siempre se repartía la felicidad en forma de helado. Me encantaba mi empleo aunque siempre llegaba destrozada a casa a final de la jornada.
-Yo hoy salgo más temprano.-Dijo. Nos miramos significativamente durante unos instantes. Le acompañé a su bar y estuve un rato con él.
Cuando marcaron las nueve comenzamos a recoger las mesas y a fregar el suelo. Le ayudé en mi día libre lo que le partió el alma.
-¿Por qué no has aprovechado tu día?
-¿Con quién iba a hacerlo si no es contigo?-Le sonreí, intentando que se hipnotizara con mi sonrisa al igual que yo hacía con la suya.
-Cierras tu.-Dijo uno de sus compañeros despidiéndose.
-Mañana es domingo.-Dijo Cristian, ignorando las órdenes de su compañero.
-Lo sé, tengo pensado algo.
Me miró tristemente. Sentí como algo entre nosotros se rompía.
-Mar, mañana voy a ver a mi tía Alice.
Le miré, con la tristeza pintada en mi rostro.
-Bueno…te puedo acompañar.-Insinué.
-No, Mar, lo siento. Mi tía…en fin… ¿cómo decirlo?-Esperé con el corazón en un puño.-Voy a casarme, Mar.
Mi mundo se cayó a mis pies. Mi alma voló lejos y mi mirada era el reflejo de una cáscara vacía. La concha de ese ermitaño que naufraga en una isla de soledad cuando lo que habita en ella se va a buscar otra mejor.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Only Alone-Primera parte

El cielo volvía a estar gris. Como si alguien hubiese recubierto la ciudad con una capa, impidiendo que pasara el sol. Las nubes formaban extrañas figuras, engendros que a un Dios caprichoso le apetecía dibujar. Algunos tímidos rayos de sol consiguieron colarse a través de aquella imperturbable capa, pero la gente parecía estar acostumbrada a estar bajo esa bóveda fantasmal.
Cuantas veces había odiado el sol, había detestado ese calor pegajoso y la ceguera que causaba. Ahora, lo añoraba. Como siempre, no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos.
Con paso firme y seguro salí de la estación. La ciudad parecía estar hechizada por una ola de frío y terror que la recorría. Yo parecía ser la única que se atrevía a cruzar las empedradas calles y atravesar los estrechos pasadizos. Todo el mundo se refugiaba en sus casas esperando aquello que nunca llegaba.
Saqué un papel doblado de mi bolsillo. Miré, comprobando no haberme equivocado, la dirección. Me encontraba frente a un edificio de la parte antigua de la ciudad, la cual a penas se distinguía de la que ahora llamaban moderna. Toqué el viejo y polvoriento timbre, llevándome en mi dedo toda aquella capa que lo recubría lo que, en sus días de gloría habría sido el comienzo de una nueva vida. Ahora yo me llevaba aquella señal de abandono.
-¿Si?-Una voz gastada por el uso respondió al otro lado.
-Soy yo, señora, vengo de parte del señor Carlos Fóniz.
La puerta se abrió causando un estruendo en todo aquel silencio. La empujé despacio, como temiendo a que se rompiera si la tocaba demasiado. Aquellos hierros forjados, ahora parecían más delicados.
Busqué el ascensor pero no había, así que recorrí las escaleras, con miedo a caerme, hasta que llegar al tercer piso.
Volví a mirar ese papel con mi inseguridad de costumbre. Una puerta chirriante se abrió tras de mí. Una mujer, vestida toda de negro, de una edad ya anciana, observaba con recelo, desde el otro lado.
-Hola, disculpe por las molestias.-Dije, intentando ser cortés.-Buscaba al señor de la casa, tengo noticias sobre Carlos.
La anciana me inspeccionó de arriba abajo, intentando encontrar una escusa para poder negarme mi petición.
Tras unos siniestros segundos de silencio, me concedió el honor de entrar en esa casa, de la cual ya solamente quedaban los recuerdos.
-Amadeo, tienes visita.-La rechoncha y anciana mujer nos dejó a solas, tras otra mirada de las suyas.
Cerró la puerta corredera de madera. Observé como lo que quedaba del señor Amadeo se consumía en un sillón de tela roja frente a la chimenea de piedra. Una alfombra lo cubría todo y las paredes estaban llenas de libros viejos que nadie se había aventurado a leerlos jamás. Un cuadro de una hermosa mujer colgaba con orgullo arriba de la chimenea.
Amadeo, ya anciano y esquelético, no se inmutó ante mi presencia. Siguió viendo como el fuego consumía los troncos, como hipnotizado por algo que hubiese dentro.
-Puedes sentarte.-Dijo de repente.
Vi una vieja silla de madera en una de las esquinas. Me senté en ella aceptando la invitación y me dispuse a hablar con él.
-Tengo noticias sobre Carlos Fóniz.-Comencé. Amadeo asintió mientras se preparaba una vieja pipa de madera.-Carlos se esta muriendo.-Dije.-quiere, desea, verle.
Amadeo no apartó ni una sola vez la mirada del fuego. Comenzó a fumar su pipa, llenando la sala de un siniestro humo, la cual parecía una película de miedo con la neblina fantasmal.
-Así que el viejo de Carlos se muere…-Dijo tras una larga pausa.-¿Y usted es…?
-Su hija, señor.-Dije, sabedora de que no le interesaba mi nombre.
-¿Y por qué razón he de ir a verle?-Dijo con voz gastada.
-Quiere…quiere darle parte de su herencia.
Fue la primera vez que vi una reacción en el carcomido rostro de Amadeo. Me miró con una expresión de sorpresa y miedo.
Se levantó del sillón y me pregunté cuantos años llevaría allí sentado. Miró por la ventana, la cual se empañaba con el contracte entre el calor y el frío.
-Eso…es imposible. Carlos hace tiempo que dejó de formar parte de mi vida. Hace años que dejamos de ser socios y amigos…¿por qué a mi?
Me levanté e intenté mirarle a los ojos, pero el esquivaba mi contacto visual.
-Mi madre murió hace ya cinco años. Mi padre cayó en depresión y yo estuve cuidándole en todo momento. Ahora los médicos le han dicho que no le queda mucho tiempo, tal vez, con suerte un par de semanas. Sabe que no tiene a nadie a parte de mí. El otro día me estuvo contando vuestras hazañas, logros y peleas…Se arrepintió de haberte abandonado aquel domingo…-Las últimas palabras fueron como pequeños susurros que se llevó el viciado viento que había allí, en esa envejecida habitación.
-Todo no fue culpa suya, Odette era muy bella. Yo había caído en las redes de su encanto.
Por unos segundos clavó su mirada en la mía y solo vi muerte. Sus ojos oscuros se apartaron de los míos bruscamente. Amadeo, apagó su pipa y decidió venir conmigo.
La mujer le dejó marchar con recelo pero él prometió no morir sin llegar antes aquí.
Ambos nos dirigimos a través de la muerta ciudad. Fuimos al andén, de nuevo, y cogimos el tren.
Sabía que había más medios de transportes y mucho más modernos, pero el viejo tren se me antojaba como un sueño. Disfrutaba más del viaje. Ayudé a subir al viejo Amadeo. Estuvimos todo el viaje en silencio.
Parecía como si estuviéramos en 1945 pero, mi móvil y mi mp5 me hacían recordar que esas fechas ya solo existían en los libros de historia.
Escuchaba música y canturreaba algunas canciones mientras miraba por la ventanilla del viejo y abandonado tren. Bajo la atenta mirada de Amadeo llamé por el móvil a la mujer que cuidaba de mi viejo y cansado padre.
-¿Rosa?-Dije cuando descolgaron el teléfono.
-Si-la voz parecía más apagada de lo normal.
-Soy yo, Mar. Ya vamos para allá.
-Dense prisa, ya queda menos. Esta peor.
Cerré los ojos con fuerza y colgué sin decir adiós. Volví a fijar mi mirada en el cristal de la ventanilla, sin poder ver nada.
-Es la naturaleza.-Dijo de repente un Amadeo que observaba como dos pequeñas lágrimas caían por mis mejillas.-Todo lo que tiene un comienzo tiene que tener un fin. Hay veces que las personas podemos relatar una larga historia y otras en las que os quedamos a medias. No merece la pena sufrir por lo evidente.
Las palabras de Amadeo me parecieron incoherentes en un principio.
Cuando llegamos, un ataúd se abría ante nosotros. En su interior, el cuerpo de un sonriente Carlos nos saludaba, ahora ya, desde algún lugar desconocido.
Partí a llorar sobre él, hasta que Rosa vino a consolarme, nos fundimos en un abrazo lleno de lágrimas. Amadeo observó el cuerpo con tristeza y felicidad al mismo tiempo.
-Que descanses amigo, nos veremos pronto.
Y con las manos tras la espalda, se fue recorriendo el oscuro y desolado pasillo de la entrada. Nos sonrió a Rosa y a mí, y con un gesto de la mano se despidió de nosotras.
-Me voy.-Dijo con voz gastada-prometí a Dolores que estaría allí antes de morirme.
Cerró la puerta y todo volvió a caer en esa oscuridad, la cual envuelve siempre a la muerte.

Pasaron los meses, suaves, lentos.
Mi vida había dejado de tener sentido. Todos mis seres queridos habían muerto. Ya no me quedaba familia.
Mi mirada vacía y sin vida se posaba sobre la gente que caminaba. Tal vez pasara un año o dos cuando volví a atreverme a salir a la calle.
La casa, abandonada y sombría, parecía sacada de un cuento de terror de Stephen King .
Me enfundé unos vaqueros y una camisa sencilla. Me miré al espejo, sin ver nada en verdad. Mi reflejo solamente era líneas distorsionadas de lo que había sido.
Intenté arreglarme, sin mucho resultado. Abrí la puerta, la cual había abierto por última vez Amadeo, al cual no volví a ver. Y salí a buscarme la vida.
La herencia de mi padre no me iba a ser eterna. Entré en tiendas y locales, echando en todos ellos mi currículo.
Pasaba por uno de esos callejones que da miedo pasar por la noche, entre cubos de basura un gato asustado me enseñaba sus afilados colmillos. Erizó su pelaje color canela. Me aparté un poco de él, asustada también. Con los brazos cruzados intenté responder a la pregunta que me hacía mi subconsciente constantemente ‘’¿Qué estás haciendo aquí? ‘’
-¡Eh!-Mi corazón se aceleró cuando escuché una voz masculina a mi espalda.-¿Qué hace una gatita como tú por aquí?
La ronca voz de un borracho me sobresaltó. No podía negar que estaba asustada y no podía, tampoco, evitar que ese miedo se reflejara en mi mirada. Me giré, sin decir nada.
-Uuu…-Dijo con voz burlona.-¿tienes miedo? Tranquila, no te voy a hacer daño…
Vi como otros dos tipos salían de alguna parte del estrecho callejón. Pensé en la manera de escapar. Mi respiración se aceleraba y mi garganta estaba congelada. Retrocedí.
Cuando me di media vuelta para disponerme a correr me encontré con otro tipo que me miraba lascivamente.
El primero me cogió de la muñeca. Se me heló la sangre. Me miró con picardía y me sonrió.

domingo, 19 de septiembre de 2010

MI VIDA CON UN MONSTRUO

Vivo con un monstruo que me derrumba, me maltrata, me destroza. Vivo con un monstruo que me anima, que me cuida, que me recompone. El monstruo me odia con toda su alma. El monstruo me ama con todo su corazón.
Vivo con un monstruo que un día es feliz y al día siguiente esta triste. Que siempre tiene razón, que es fuerte y temible.
Vivo con un monstruo al que constantemente le tengo miedo. El monstruo no quiero que viva con él un día y al siguiente, desee mi compañía.
Estudio, todo lo que puedo, pero el pensar en el monstruo me desconcentro. No saco muy buenas notas, el monstruo se enfada.
Y vuelvo a tener miedo. No me pega. No deja marca, pero yo me siento...horriblemente mal.
-No sirves para nada.-Dice el monstruo-Mientras vivas bajo mi techo yo controlaré tu vida.
-Pues me iré de casa.-Digo con temblorosa voz.
-Ya sabes, ya tienes edad para trabajar.
Primera puñalada.
-Pero yo quiero estudiar para tener un trabajo estable.-Intento ser razonable.
Risas. El monstruo se ríe, burlándose de mis palabras.
Segunda puñalada, directa al corazón.
Lágrimas por las esquinas, miedo en las miradas.
Caos, todo es caótico. Intento escalar una montaña sin tener oxígeno en los pulmones.
El monstruo viene y se va. Cuando se va, nadie sabe a dónde, y cuando vuelve siempre esta enfadado.
Y luego sonríe. Feliz.
Tengo miedo al monstruo. Todo el tiempo que estoy en casa. Cada vez que hago algo que no le agrada, tengo miedo.
¿Y si lo que estoy escribiendo no le gusta?
¿Y si leo algo que no quiere que lea?
Las palabras del monstruo retumban en mi cabeza, distorsionadas por el horror del momento.
''Sal de casa''
''No sirves para nada''
''Enana''
''Tonta''
Mensajes distorsionados sin sentido. Con dolor.
¿Y si el monstruo es malvado para que yo haga el esfuerzo de escapar de él?
No lo sé.
Yo lo intento, pero ni si quiera sé si lo consigo.
Hace tiempo, el monstruo no era así. Se preocupaba por mí, me quería y lo demostraba.
Porque ahora hay veces que pienso que me odia de verdad y otras en las que no pienso en nada.
Vino el monstruo de mal humor. Bronca. Me desmorona. Falta de libertad. Lágrimas.
Mi familia llora por las esquinas. El monstruo ha ganado. Mal. Negro. Oscuridad.
Mi hermana se esconde en el cuarto de baño, como si fuera una adolescente.
Mi madre se esconde también. Como siempre. Huyendo de aquello que hace daño.
Cansancio, decepción.
El monstruo siempre gana. Siempre.
''Mientras estés bajo mi techo yo controlaré tu vida''
Las palabras del monstruo quedan grabadas en mi memoria.
Me desmorono. Lloro. Grito sin voz.
Tengo miedo, pero ahora un miedo superlativo.
¿Y si saco malas notas? ¿Qué hará el monstruo?
¿Me matará o seguirá torturándome diariamente?
Porque mi alma muere al verle.
Y me da pena, mucha pena. Porque a mí siempre me había parecido un monstruo adorable.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Agradecimientos

Ante todo, y aunque parece que suena ya a tópico, tengo que darle las gracias a mi familia por apoyarme aun sabiendo que no podía llegar a ningún lado. A mis amigos, en especial a una Lidia que siempre me ha apoyado incondicionalmente y me ha ayudado a superar obstáculos inalcanzables y a una Laura capaz de hacerme ver el sol en los días más nublados.
También tengo que agradecer a Alejandro, un gran amigo mío, por hacerme reír siempre que lo he necesitado y a Manuel por hacerme ver la realidad de la vida, para así, poder taparla mejor.
A un millón de conocidos y por supuesto a todos aquellos que han conseguido sentir algo con esta historia, que solo podría ser obra de una loca soñadora incapaz de madurar.
Gracias a internet por hacer posible la publicación de historias como esta y gracias a aquellos intrépidos que se han atrevido a aventurarse por las sendas de mis palabras.
Y como no, gracias al Microsoft Word y a su maravilloso inventor con el que tantas tardes aburridas he podido ocultar.
Y un millón de gracias a todos por dejarme aun, con el mundo como es, dejarme soñar por unos instantes.
PARA TODOS LOS SOÑADORES DEL MUNDO, GRACIAS POR EXISTIR.

Amor eterno

LO QUE LOS OJOS NO VEN Y EL CORAZÓN SIENTE-TULIPANES ROJOS, AMOR ETERNO

Era primavera, aunque aun el invierno luchaba por no ser olvidado. Las flores comenzaban a iluminar aquellas plantas que, hace pocas semanas, parecían ser inertes bultos cubiertos por la nieve. Una suave brisa se burlaba juguetona de todos los que se cruzaban en su camino, entreteniéndose en despeinar cabellos, levantar faldas y robar sombreros.
El sol ya se ponía cuando me fijé que aun podía respirar. Un tremendo dolor recorría todo mi cuerpo, como una descarga eléctrica. Gemí ante la aparición del dolor.
Intenté abrir los ojos, pero unos pesados párpados me impidieron mis deseos por ver qué estaba sucediendo. Sentía en mi piel como una cálida brisa se colaba por una ventana abierta y jugaba con mi rostro, con deseos de despertarme.
Por fin, tras varios intentos fallidos, pude abrir los ojos. Lentamente, suave. Como si fueran dos puertas pesadas que se abrían tras haber estado miles de años cerradas.
Estaba tumbada en una cama, pequeña pero inmensa, llena y vacía. Una cama llena de recuerdos y olvidos, de tesoros y baratijas. De oro y plata. Lloré, sin saber muy bien lo que hacía, pero necesitaba desahogarme. Necesitaba echarlo todo, todo. Todo. Necesitaba echar a Ele, a gnomo, a Verónica, a mi madre, a mi padre y a todo ser que le haya mostrado cariño alguna vez en mi vida. A aquel desconocido sin rostro. Al novio que siempre esperé. A la persona perfecta de mis sueños que nunca llegaba.
Todo. Lágrima tras lágrima. Caía por mis mejillas en forma de gota.
Lloré. Sin saber nada y al mismo tiempo acordándome de todo.
La cama en la que me encontraba la reconocí, con sus suaves mantas y su dosel de madera tallado. Era pequeña, pero perfecta. Era la de mi madre, la que al principio fue minúscula y al poco tiempo le vino enorme.
Empapé la almohada de emociones contenidas y, tras comprobar que estaba sola, otras nuevas lágrimas inundaron mis ojos, en una lucha desesperada por salir de ellos.
Salté de la cama, con el corazón en la mano y la esperanza de un nuevo amanecer en la cara. Pero la noche tapaba el día con su eterna oscuridad, como una manta arropa a un bebé. Cálidamente pero con la esperanza del silencio.
Bajé las arremolinadas escaleras de madera, produciendo en cada paso un leve gemido. Observé con asombro y preocupación que todo estaba vacío, viejo y abandonado. Ni si quiera estaba la sangre reseca de la hueca cabeza de Verónica, ni los pedazos de ese gnomo maldito.
Nada.
Vacío.
Solo.
Como siempre había estado.
Solté un suspiro contenido y me pregunté dónde estaba Ele. Otra vez me dejé llevar por mis emociones y un repentino llanto se adueño de mí, como lo hacía el sueño, sin pedir permiso.
Me tapé los ojos con las manos y me imaginé que todo había sido un sueño y que realmente, como siempre había creído, Eleazar y toda su fantástica historia eran solamente obra de mi eterna imaginación.
Porque ninguna otra explicación encontraba a todo aquello, aunque me había levantado con un intenso dolor de cabeza, un cansancio que me arrollaba y una suave bata que cubría mi cuerpo desnudo.
Pero allí no había nada. Nada. Nadie. Como siempre.
Un sonido esperanzador resonó por toda la casa, haciéndose eco por el hueco de la escalera. Corrí, sin importar que solo llevara una bata. Abrí la puerta de par en par, con la ansia del conocimiento en el rostro.
-Hola.-Sonreía. Feliz, iluso, como nunca lo había visto. Al otro lado de la vieja verja medio caída, al otro lado de la selva salvaje que crecía alocadamente, al otro lado de ese camino que me dirigía solamente a él.
Un ramo lleno de tulipanes, tapaba sus perfectos labios que ahora parecían estar más vivos que antes. Sus ojos, grises aun revelaban su extraña naturaleza. Y su perfecto cuerpo reflejaba la imposibilidad de su existencia.
Corrí hacia él, sin importarme lo que dejaba atrás. Una casa vacía y hueca, pero llena del sentimiento de los recuerdos. Una vida sin sentido, un vacío inmenso, un sueño roto. Miles de cosas dejaba atrás. Miles de cosas que verdaderamente nunca me habían importado.
Corrí como nunca había corrido, con mis ojos llenos de lágrimas y mi corazón a rebosar de alegría. Recorrí descalza ese camino empedrado, que a penas se veía entre la maleza que lo intentaba tapar, clavándome cada piedra en mis desnudos pies.
Le abracé y solo le sentí a él. Solamente a él y todo lo que tenía que ver con él. No me importaba lo demás, no me importaba nada más. No. Ahora ya nada me importaba. Nada que no fuera él y toda esa magia que aun lo rodeaba, y que me hacía no parar de preguntarme si todo aquello no sería más que un sueño.

viernes, 10 de septiembre de 2010

LO QUE LOS OJOS NO VEN Y EL CORAZÓN SIENTE-CRUEL

Me tapé con una bata y corrí hasta llegar a la puerta. Allí, una chica rubia llena de tantas lágrimas como yo tenía, con un rímel corrido y una ropa descosida, temblaba de miedo y rabia contenida.
-¿Qué pasa Verónica?-Dije con la voz ronca. Un atardecer habría paso a una larga noche.
-Me persigue.-Dijo susurrando. Susurros de locura.-Está por todas partes.
-¿El qué?
-¡¿El qué?!¡Pues qué va a ser!-Se giró con miedo mientras me agarraba por los hombros y me zarandeaba.- ¡él, idiota, el estúpido gnomo!
Corrió como alma que se lleva el diablo, entre risas y sollozos, como una loca sacada de un manicomio, al interior de mi casa. Allí afuera no había más que un jardín descuidado y una verja a punto de caerse.
Entonces una loca idea se le pasó por la mente. Si yo mataba al gnomo… ¿por qué Eleazar se tendría que convertir en piedra?
-Verónica, dime exactamente dónde esta.-La mirada verde de Verónica estaba perdida en algún punto de su ser. Con una alocada sonrisa me miró divertida.
-Él ya está aquí.-Puso los ojos en blanco y calló al suelo, dándose un fuerte golpe en la cabeza con la columna de la entrada. Esto produjo sangre.
Sangre. Una risita sonó por la estancia.
La oscuridad, en ese momento, podía jugar malas pasadas. Hay veces que hay que concentrarse en la realidad.
Me abroché mejor mi bata. Fui con furia hacia la chimenea y cogí el atizador.
-¿Dónde estás?-Otra risilla hizo eco en la penumbra. Encendí con la decisión de la última batalla, todas las luces de la casa, pero el circuito eléctrico no respondió a mis súplicas.
Maldecía en voz baja cuando una sombra pasó por mi espalda. No veía casi nada, pero pude sentirla. Mi corazón destrozado se estremeció.
-Siento haberte metido en esto.-Dijo en susurros la sombra.
Cogí con fuerza el atizador y cerrando los ojos le di un fuerte porrazo a esa molesta sombra que yo ya bien conocía. Esta calló como mantas sin vida a mis pies
-Lo siento.-Susurré a su oído.-pero sé que no me dejarías hacerlo.
Subí con rabia las escaleras. Miré para ambos lados pero no vi absolutamente nada.
-¿No tienes miedo?-Un eco maligno llegó a mis oídos envenenándolos.- ¿No sientes…miedo?
-No.-Mentí, con una seguridad que desconocía.
-Deberías de tenerlo.
-¿Por qué? Eres solamente…una estúpida figurita de cerámica.-Intenté enfadarle para que saliera de su escondite. En respuesta, otra escalofriante risita envolvió la fantasmal estancia. Subí las escaleras, con toda la prisa que pude.
-Frio, frio…-Dijo la espeluznante voz seguida por otra risita.- ¿Y si él es el malo? ¿Y si él tenía planeado todo?
-¿Qué? ¿Quién?-Dije, con el rostro empapado de un sudor frío provocado por la inmensa tensión que se palpaba en el ambiente.
-Eleazar-Susurró la horrible voz. Por unos instantes tuve la sensación de que lo tenía detrás. Me giré y con toda la fuerza di un duro golpe al vacío.
Otra risa.
-No sé a qué te refieres.
-Yo lo sé todo…yo lo conozco antes que tu…
-Sabes demasiado para no tener vida.
Otra más.
Seguí dando golpes al vacio, con la confusión de mis sentidos.
-Y tu muy poco para tenerla. Eleazar no te quiere, yo lo sé. Por eso te dejó, porque no te quiere, en realidad él…nunca te ha querido, solamente eras un capricho. No os conocéis de nada, solamente horas perdidas en la inmensidad del tiempo. No eres nada para él. Solamente un juego. Él ya te lo ha intentado decir. Igual que aquel chico…nada hay para ti en este juego. Ninguno es para ti. Eleazar te ha mentido una vez… ¿no podría hacerlo otra?
Sentí una fuerte presión en el pecho. Mi respiración se cortó poro unos instantes mientras mi memoria recordaba con claridad las últimas palabras de Eleazar. ‘’Olvídame’’
-Él nunca te ha querido. Es un gran embelesador. Solamente te quería para un rato. Estaba aburrido y él sabía que yo te lo diría todo. Por eso quiere romperme. Pero yo soy muy bueno, y no sería capaz de hacer nada malo. La leyenda que te ha contado, es también mentira. Todo lo que ha hablado contigo desde que os conocisteis es falso.
Caí de rodillas al suelo. No sentía nada que no fuera dolor. Tapé mis oídos con mis manos, intentando no escuchar nada.
-¡Basta!-Grité desesperada, con una voz desgarradora que rasgaba el silencio de la noche.
Unos pájaros asustados levantaron el vuelo hacia un sitio más apacible.
-Por favor…para ya…no…no te creo…
-¿Si no me crees…por qué estás llorando? ¿Es que no quieres saber la verdad? Eleazar te ha engañado, él mismo te lo ha dicho. Él solamente te ha utilizado. Así tú haces su trabajo sucio, él sabe…perfectamente…que si hacía como el que te quería, y te contaba falsas leyendas tú…harías lo que fuera por él.
Lloré más intensamente, con las manos agarrotadas en mi cabeza en un intento desesperado de dejar de oír esa horrible voz que se colaba en mis pensamientos. Él dolor se hacía más intenso con cada palabra.
Grité.
Otra risa lejana se escucho.
Pasos.
La risa se convirtió en una carcajada repugnante.
-él…me ha mentido…una vez, ¿por qué no lo haría dos?-Dije, con susurros de locura. Me hice un ovillo en ese oscuro pasillo.
-Exacto. Él…te ha engañado para que tú seas la que te juegues la vida. Ahora… ¿por qué no vengarse de él? Te ha engañado, te ha expuesto al peligro. Él es el único malvado.
Entonces, como bombillas en un pasillo lleno de tinieblas, se fueron iluminando palabras en mi mente.
‘’Maestros del hipnotismo’’, ‘’creadores de la traición’’, ‘’debilidad’’.
Mi debilidad sin duda alguna era él. Me armé otra vez con la esperanza y el valor que me hacían falta. Me levanté, quitándome esa losa de la duda que me aplastaba. Miré con furia hacia la nada.
-Yo…tal vez esté cometiendo una estupidez, pero tengo agallas. Tal vez…todo esto no lo haga por Eleazar, si no que lo haga por mí. Me da igual si muero en el intento de matarte, porque, si lo consigo, ganaré más de lo que tú puedes perder. Ahora comprendo, que todos los gnomos sois igual de cobardes. Si tan listos sois… ¿a qué tenéis miedo?
-Te creía más estúpida. Eleazar ha elegido muy bien a su utensilio. No tienes miedo de morir…
De repente todas las luces de la casa se encendieron, produciéndome una ceguera repentina. Parpadeé varias veces hasta conseguir ver algo.
Entonces, en el iluminado pasillo lleno de vacío, una figura de medio metro de cerámica me sonreía pícaramente.
Sus ojos parecían tener vida y brillaban de forma siniestra. No pude apartar mis azules ojos de los suyos, negros y oscuros. Ninguno de los dos nos atrevimos a movernos. Yo me sentía atrapada, incapaz de dar un paso, como un mosquito pegado en la tela de una araña y él, era la araña, la cual, cada segundo que pasaba se acercaba más y más a su presa.
No podía apartar la mirada, no podía hablar aunque intenté mover los labios. Cómo hipnotizada por el brillo de una bonita piedra preciosa, perseguí el sueño de alcanzarla. Y, como un insecto iluminado por la luz de una farola, me adentré a ser la primera en moverse e ir directa hacia un feliz hombrecillo, el cual ahora, más que feliz, parecía dar miedo.
-Muy bien, Negara.-Dijo con una voz que me pareció mágica música.-Ahora, yo soy quien te usa.
La figura no movió los labios a pronunciar esas dulces palabras. Esas palabras que envenenaron mi mente hasta convertirlas en suyas propias.
Asentí estúpidamente, sin conciencia alguna de lo que mi cuerpo estaba haciendo. Solamente quedaba en mi ser una pequeña parte racional que gritaba con fuerza para poder despertar a las demás.
-Bien…ahora tú eres la única que puede matarle. Ve, lentamente.
Un millón de imágenes de cómo poder matarle aparecieron en mi retina, quedándose grabadas como órdenes de fuego.
Sin saber muy bien lo que hacia bajé las escaleras, con la mirada perdida y pasos seguros. Escalón por escalón, me acercaba cada vez más a dónde un Eleazar se recomponía de un fuerte golpe.
Este me miró, como si hubiera visto a un fantasma.
-¡Negara!-Gritó con una mezcla de asombro y preocupación.
Yo no respondí a mi nombre. Ni si quiera sabía si era ese. Me moví como una sonámbula por la iluminada cocina. Busqué algo entre los cajones.
-¿Y el gnomo? ¿Dónde esta? Negara, por Dios, respóndeme.-Suplicaba mientras me observaba a una distancia prudencial.- ¿Lo has mirado a los ojos? No me diga eso, ¿por qué me has golpeado? Negara, responde, es importante.
Pero esa tal Negara a la que tanto suplicaba había desaparecido en mí. Por fin encontré aquello que estaba buscando.
Con la tenue luz de la bombilla de la cocina antes de apagarse, se iluminó de manera siniestra el cuchillo que una inquebrantable mano tenía.
-Suelta eso, Negara, despacio. Puedes hacerte daño.
Sonreí locamente, movida por el deseo de la muerte. ¿Qué me quedaba ya? ¿Qué podía atarme? Por fin había descubierto aquella sombra sin rostro viendo así mi destino cruel e incierto.
Y estaba esa necesidad, esa sed de sangre, ese desesperado intento de encontrar venganza. Esa voz en mi cabeza que no paraba de hablarme, ordenándome que le matara. No podía controlar lo que hacía pero, para sorpresa mía, tampoco quería controlarlo.
-Me has engañado, Eleazar…yo…creía en ti.
-El único que te ha engañado es él. Negara, escúchame, yo…yo te quiero, ya te lo he dicho.
Mi rostro no cambió su escalofriante semblante mientras me aproximaba hacia él con el cuchillo brillando, como si fuera un perro hambriento con sed de sangre que pronto se vería saciada.
Paso a paso me iba acercando a un Ele que no retrocedía.
-Él te ha hipnotizado, ahora no eres consciente de lo que haces, pero…pero yo…confío en ti.-Noté sus pétreas manos en mis hombros. Me paré unos segundos antes de continuar mi tarea.-Yo…puedo sentirte.
Miles de recuerdos recientes se agolparon como un torbellino de ideas locas en mi cabeza. Todo estaba confuso, caótico. No sabía quien era. No sabía qué era. No sabía qué estaba haciendo.
Cerré los ojos con fuerza, impidiendo que salieran unas estúpidas lágrimas de confusión. Mi cuerpo empezó a temblar, y esa mano firme abrió la cárcel de su presa, dejando libre al cuchillo, que calló provocando un mágico sonido.
-P…p…puedo sentirte.-Con un susurro no volví a abrir los ojos.
Me sentía seca por dentro. Como si tuviera un desierto deseando que una intensa lluvia lo convirtiera en un hermoso bosque.
‘’Ellos no nos ven pero siempre pueden sentirnos’’
Taponé con la inconsciencia todos mis sentidos. Los cinco. Y me dejé llevar por mi instinto.
-Negara.-Escuché en la lejanía.- ¿Estás bien? Dime dónde…
Se paró. Ya no escuché nada.
Sentía que estaban zarandeándome pero yo, me encontraba inconsciente.
Corrí. No sabía a dónde pero me guiaba algo. Algo que no comprendía, algo que aun no comprendo bien. Parecía estar volando.
Sentí que subía escaleras. Rápido. Sin prisa pero sin pausa.
Noté que cogía algo del suelo.
Fuerte, frío, duro, pesado.
Sentí que corría, otra vez, como si estuviera en un pasillo de nubes.
Escuché en la lejanía gritos. Gritos llenos de agonía. Risas. Burlas. Otra vez gritos.
Pero yo…seguía, como a cámara lenta, corriendo.
Sin llegar a ninguna parte pero sintiendo la meta cerca.
Entonces, con el utensilio que tenía entre las manos apunté con fuerza y di a algo.
Un ruido, como una vajilla entera al romperse inundó la oscura casa, los oídos de los que estaban en ella, y las calles vacías que ahora, por la noche, se llenaban de espectros humanos que se creían personas.
-NEGARA.
-NEGARA.
-NEGARA.
Abrí los ojos. Como si hubiese corrido una maratón. A mis pies miles de trozos de cerámica se agolpaban como la nieve se agolpa a la orilla de los árboles. Estaba cansada. Solté mi pesada arma, la cual ahora sabía que se trataba del atizador.
Esta, al caer, produjo una bonita sinfonía que se grabó en mis oídos los cuales ahora captaban extrañas palabras que, mi cerebro, a punto de apagarse, no las comprendió.
Con una sonrisa estúpida y un intenso cansancio, caí desplomada al frio suelo de mármol, al igual que mi improvisada arma, dándome con ella un fuerte golpe en la cabeza.
Un grito desgarrador, como ningún sonido en el mundo, se ahogó en la oscuridad de la noche. Toda la ciudad, se despertó en mitad de la noche, reteniendo aun en sus recuerdos sensitivos, aquel grito desesperado, lleno de un dolor intenso, casi inhumano.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

LO QUE LOS OJOS NO VEN Y EL CORAZÓN SIENTE-MAR Y ROCAS

Dos figuras negras aparecieron ese horizonte de tinieblas. Los charcos reflejaban las gotas chocarse. Los coches pasaban velozmente al lado de las dos figuras. Ambas caminaban con cansancio. Una con muchísimo más que la otra.
Mis vaqueros estaban empapados y pesaban más que toda mi pierna. Mi chaqueta ahora era una esponja llena de agua. Todo lo sentía húmedo y mojado.
Estornudé una vez más. Ele me protegía rodeándome con su brazo por los hombros.
Cuando llegamos a casa todo seguía exactamente igual que cuando nos fuimos pero para nosotros, había cambiado todo.
-Tengo que cambiarme.-Advertí.-Tu también deberías de hacerlo. Tengo ropa vieja de mi padre, puede que te quede bien.
-No, es igual, estoy bien.
-No, te vas a morir de frío. Pondré la chimenea.-Me dirigía hacia el pequeño salón cuando un brazo de hierro me agarró.
-Ya la pongo yo. Vete a cambiarte, tu sí que te vas a resfriar.
Cuando bajé, un pensativo Ele miraba fijamente el fuego.
-Hola.-Dije sin más.
Ele se dio la vuelta y se quedó sin palabras.
Me había puesto un pijama y me había recogido el pelo con una pinza. El pijama era simple, una enorme camiseta con unos pantalones muy cortos. La camiseta era de hombre y los pantalones de un pijama de verano antiguo. Siempre me había gustado mezclar la ropa.
-¿Qué?-Dije ante la fija mirada de Ele.
-No…no había visto nada igual.-Le miré sorprendida. No supe exactamente a qué se refería pero mi cerebro empezó a maquinar cosas demasiado perversas.
-Voy…voy a preparar la cena, por que…pasarás la noche aquí, ¿no?
-Me da igual.
-Vale. ¿Cómo te gustan los huevos?
-No…no voy a comer nada, no tengo hambre.
-No es molestia, ¿eh?
-No, sinceramente, no tengo hambre.
Seguí con mi tarea, como siempre, sin entender nada.
-Señor…-Oí que susurraba Ele.- ¿por qué me has dado vida…si luego tienes que quitármela?
Tras unos segundos de duda, entré en el salón.
-Ahora...-dije sentándome a su lado-cuéntame todo.
Eleazar me miró fijamente y por unos instantes sentí que se metía en mí. Luego sonrió, miró el fuego, me miró otra vez a mí y con la mirada, esta vez perdida en algún punto de la pequeña estancia, empezó su relato.
-Ya te he dado pequeñas pistas, pero no creo que con ellas llegues a algo, ni si quiera estoy seguro de que con toda la información llegues a entenderlo. No cuestiono tu capacidad de asimilación, si no mi capacidad narrativa. De todas formas esta historia se basa en una antigua leyenda india. Cuando nacía un deforme, como les llamaban ellos, los quemaban en el fuego pronunciando conjuros mágicos y palabras en un idioma inventado. Una persona que no crecía…digamos, lo suficiente, se le acusaba de traer todo mal a la tribu, así que o los expulsaban dejándolos a su suerte o los…sacrificaban a los Dioses para ganar su bendición. Luego, cuando Colón descubrió América creyendo que era la india, los indígenas sufrieron grandes cambios. Aunque en la edad actual se piense que fue cosa del destino que Colón intentase llegar a la India por otra vía desconocida, lo cierto es que los indígenas le echaron la culpa de su cruel destino a esos pequeños seres que en todo cuento de hadas aparecen…
‘’…esos que ellos mismos expulsaban y sacrificaban: enanos. Eran pequeños y normalmente barbudos, con gran astucia y una inteligencia incalculable. De ellos existen miles de leyendas pero en todas se le consideran buenos, protectores. Pero no es del todo así. Cuando llegaron los colonos y los encontraron, la sangre de éstos corrió más que nunca. Todos los enanos murieron sangrientamente, con una crueldad inimaginable. Se cuenta que una vieja hechicera vio como mataban a esos pequeños seres, los cuales eran asesinados por designios del Señor, según los colonos, ya que se trataban de equivocaciones del gran Amo.
La vieja hechicera construyó entonces, pequeñas figuritas de madera con picudos gorros alargados, hinchados mofletes y una sonrisa perene. Allí, las desamparadas almas de Dios, se escondieron en busca de cobijo.
Solamente hizo doce, el número sagrado. Los colonos pronto, en su intento desesperado de buscar oro y riquezas, encontraron esas figuras alegres talladas en madera. Decidieron que podían ganar mucho dinero con esas estúpidas figuras, pequeñas y rechonchas. Aun no sabían lo que se escondía dentro de ellas.
Esas figuras malignas no eran otra cosa que el amparo de almas desterradas que habían, en un intento desesperado, intentado volver a alguna parte. Las pintaron y las barnizaron, incluso, con la comercialización y la acogida de estos alegres seres, llegaron a transformarlos en preciada cerámica.
Se hicieron populares. Se contaban interminables leyendas, si protegían los hogares, si cuidaban de los niños, si traían suerte a la casa..... Aquellos seres inspirados en los enanos se les consideraban lo contrario de lo que representaban.
Tras años de ironía decidieron cambiar de nombre y les pusieron gnomos. Con la industrialización se hicieron fábricas donde se creaban en cadena a estos seres. Pero solamente doce de ellos, esparcidos por todo el mundo, eran el cobijo de esas almas malditas.
Estos, no se hacían notar. La astucia era su arma más poderosa y con las palabras embelesaban a las personas. Eran maestros del hipnotismo y creadores de la traición. Si, en tu ser, veían cualquier debilidad, ya te podrías dar por muerto. Su sed de sangre llegaba a extremos incalculables.
Hacían volver a la gente loca, había suicidios por sus palabras e incluso familias enteras llegaron a pelearse, a tal extremo, que se mataban entre sí. Eran malignos, había que destruirlos.
La gente empezó a tener miedo de éstos. Los tiraban, los quemaban, los rompían…Pero, nadie se atrevió jamás a tocar a esos doce. Perdidos en la inmensidad del mundo nadie los quería. Volvieron a sus tiendas, con el miedo de los comerciantes en el rostro. Entre los comerciantes se lo pasaban hasta un sinfín de veces. Pero nadie duraba más de un mes con uno de ellos. Al menos, con vida.’’
Me quedé mirando el fuego. En mi imaginativa mente sin límites se veía con toda la claridad de la realidad las palabras de Ele reflejadas en hechos.
-Sé que no me creerás, pero nunca he esperado que lo hicieras. Solamente quería…quería que supieras…que confío en ti.
Le miré, con una expresión que ni yo misma conocía.
-¿Qué eres?-Tras una intensa pausa, mi cerebro intento hilar todas aquellas palabras intentando tejer una bonita verdad.
-No creo que quieras saberlo.
Otro silencio sentenció nuestra charla, haciendo que mis pensamientos fueran aún más confusos.
-¿Cuántos quedan?-No, no quería saberlo. Si Ele era malo, no quería saberlo y si era bueno…ya lo averiguaría.
-Solamente uno.-Dijo sonriendo maliciosamente.-El más astuto de todos.
-¿Has sido tu el que has roto a los demás?
-Para eso fui creado…-Apartó la mirada con brusquedad, como queriendo poner fin a aquella conversación llena de irrealidad.
-Ele, ¿crees en Dios?
Fue lo primero que se me pasó por la cabeza, pero un instinto imaginario habló por mí, moviendo mi lengua y abriendo mis labios.
-Creo que Él cree en mí.
Se levantó y se fue hacia alguna parte de la fantasmal casa. En realidad, ambos sabíamos que no teníamos a dónde ir. Ambos sabíamos que nos habíamos metido en algo. Yo, aún no sabía muy bien en qué pero sentía un inmenso peligro cerca de mí y él, parecía que lo que menos quería era acabar con esto.
-No quieres matar al gnomo…-Susurré.
Se giró sorprendido, como no pudiendo creer mis palabras. Como si hubiera clavado una invisible estaca en su pétreo pecho lleno de orgullo.
-Te siento…-No cambié el tono de voz.-Siento que tienes miedo de algo y sé que no es del gnomo…
Ele miró con resignación hacia el suelo. Lentamente, contractando la rapidez de antes, se sentó a mi lado. Ambos nos quedamos unos intensos segundos contemplándonos.
Algo voló en mí, como cuando un pájaro despega en su primer vuelo.
-¿Qué pasará cuando…lo destruyas?
Noté como mi corazón latía con velocidad. Nuestros rostros misteriosamente se habían juntado demasiado. Podía sentir su respiración, serena y tranquila, al contracte con la mía que parecía un huracán de aire enfurecido.
-¿Qué…qué pasaría si te besara?
Cerré los ojos. Inspiré con fuerza. Los volví a abrir. Allí estaban, en frente de los míos, tapándome otra visión que no fueran ellos. Dos piedras enormes, frías y duras. Me sentí como el mar, chocando con ellas.
Intentando en un desesperado abrazo decirles un ‘’te quiero’’.
-Siempre puedes probarlo.-Susurré, más como pensamientos en voz alta que como respuesta a su atrevida pregunta.
Entonces, los incoloros labios de Ele se posaron, como suaves zafiros, en los míos. Fueron milésimas en las que estuve en el paraíso. Jamás había vivido algo así. Jamás había conseguido vivir tanto en tan poco tiempo.
Con la delicadeza de una pluma que cae al suelo, Ele apartó sus labios y observó con curiosidad mi comportamiento.
Emocionado miró hacia abajo. No comprendí nada. Me limité a observar. Feliz puso su mano en el corazón.
Luego, con la ilusión de la primera vez, cogió la mía y la colocó con suavidad en el mismo lugar.
-Late.-Dijo feliz.-Late como nunca ha latido.
Le respondí con otro beso. Más brusco pero más intenso. Ele cerró los ojos y yo le acompañé. Cerrando los ojos solamente veías oscuridad, pero sentías más que si los tuvieras abiertos. Porque, cuando más se puede imaginar, es cuando menos puedes afirmar.
En esos momentos apasionados nos dejamos embriagar por esa juventud que nos unía. Poco me importaba que tuviera diez años más que yo, que fuera un alienígena de otro planeta o un robot diseñado para matar enanos. Poco me importaba, si conseguía estar el resto de mi vida a su lado. Si, después de tanto sufrimiento, por fin él sería ese hombre sin rostro, el cual yo me imaginaba en lo alto de esa cima, esperándome eternamente para poder acompañarme en la bajada.
-Gracias por existir.-Susurré cuando nuestros labios paraban de chocarse.
-No me las des a mí.-Sonrió con esa media sonrisa que me hipnotizaba, como todo lo suyo. Ya podrían intentar mil enanos convencerme de que me matara, ninguno lograría hacerlo tan bien como lo podría hacer Ele.
Nuestros cuerpos se enfrentaron desnudos a una lucha apasionada de amor. Sentí como nunca me había sentido e hice lo que nunca había hecho.
Suspiraba. Respiraba con energía. Sonreía. Reía. Era feliz. Después de tantos años. Era feliz.
Ambos nos quedamos dormidos en la alfombra de la pequeña salita, que ahora, me resultaba extremadamente cómoda. Yo, apoyada sobre el torso desnudo de Ele tenía sueños que se parecía cada vez más a la realidad. Sentía la suave respiración de Ele. Respiraba…inspiraba…respiraba…
Me relajé como a un bebé cuando lo mece su madre.
-¿Qué pasaría si te dijera lo que soy?-Dijo Ele, interrumpiendo ese momento mágico con la realidad, mientras miraba el techo pensativo.
-Que te querría.
-Y si…no pudieras…
-Siempre podré quererte. No puedes ser nada tan malo como para que deje de sentir todo lo que siento.
No apartó la mirada del techo mientras me acariciaba con una dulzura exquisita el pelo.
-Es que…tengo la sensación de que te conozco de antes.-Dije.-Es…como si te hubiera visto mil veces y no te hubiera mirado ninguna. Pero aun no imagino por qué.
Ele no apartó la mirada del techo en ningún momento.
-Es como si siempre hubieras estado en mi vida, pero solamente ahora te he mirado, solamente en estos días, me he dado cuenta de que te amo.
Las últimas palabras estremecieron a Ele. No comprendí su comportamiento.
-Y si te digo…que cuando termine con el gnomo no voy a poder sentir nada.
-No te creo…-Dije, intentando convencerme a mí misma.
Ele se atrevió a mirarme. Una profunda tristeza hacía mella en su mirada.
-Negara…te amo, te lo digo ahora que puedo sentir algo, pero…cuando consiga destruir a ese gnomo…me volveré…
-¿Qué?-Supliqué.
-De piedra, me volveré de piedra, como siempre he sido.-Sus pequeñas piedras, las cuales tenía como ojos, empezaron a brillar con un brillo siniestro.
-¿Cómo?-Dije incrédula, con la mirada ya borrosa. Mi labio inferior empezó a temblarme con nerviosismo.
-Por eso te he dado todo antes de que ya no pueda hacer nada. Tengo una misión que cumplir y para eso me han dado vida. Una vez que la acabe…volveré a ser como antes.
-P…pero…yo…-Un torbellino de locas ideas se acumuló ante mí dejándome sin pensamientos. Mis lágrimas empezaron a impedirme ver. Me levanté, dejándome mi torso desnudo al ser destapado por la manta que nos cubría. Afuera otro agitado día se abría paso entre las nubes.
-Perdóname, entonces, por quererte.
Me hice un ovillo y comencé a llorar.
Me giré hacia él.
-Tiene que haber una solución. Algo podemos hacer…
Ele puso su frío brazo sobre mis hombros.
-Negara, yo solamente soy un trozo de mármol, si estoy vivo es porque se necesitaba que estuviera vivo.
Pronunció cada palabra con una inmensa tristeza llena de una cordura que yo, ahora, desconocía por completo.
-No puedo creerte.
-Nadie dijo que lo hicieras.
Entonces fue él quien se levantó, se vistió velozmente y se dirigió a la puerta mientras yo le miraba aun sin comprender nada.
-No quiero que olvides nada…-Susurró.-pero tampoco quiero que lo recuerdes. Perdóname, no…no era mi intención enamorarme de ti. Nunca había sentido nada, y ahora que lo podía sentirlo todo, nunca había creído que podía…sentir tanto. No intentes buscarme. No intentes volverme a sentir. Para cuando tú consigas encontrarme, yo ya no podré sentir nada. Lo siento, olvídame.
Sus últimas palabras se quedaron suspendidas en el viciado polvo de la vieja casa. La puerta sonó al cerrarse con una cierta tristeza. Todo lo que allí estaba la tenía. Una tristeza inmensa llena de bonitos recuerdos. Todo. Cada mueble, cada silla, cada mesa, cada cortina…Hasta los troncos ya quemados y gastados se envolvían en un aura de melancolía.
Estuve el día entero llorando desconsoladamente, sin poder creer todavía ni una palabra suya. Y yo que pensaba…que me las creería todas…
La última conversación estaba grabada a fuego en mi menoría y me martirizaba escuchando, con una voz que ya no se parecía a la de Ele, cada palabra de ese último párrafo que él soltó. Ni una sola palabra más había intentado colarse en esa abandonada casa.
Llamaron a la puerta, pero no tenía ganas de abrir a nadie. Mis ojos estaban hinchados y estaba completamente desnuda, en forma de ovillo, mirando a un lugar perdido y con miles de lágrimas que manchaban la almohada. Insistieron.
Pero yo me sentía muerta. Sin vida. Vacía. Sin la suficiente energía como para poder mover una puerta de madera carcomida por los años.
Me quedaría allí toda una vida si hacía falta, muerta en vida y viva en muerte.
-¡Negara!-Una voz familiar llegó hasta mis oídos.- ¡Ábreme, por favor!
Noté miedo, incluso terror en cada palabra.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

LO QUE LOS OJOS NO VEN Y EL CORAZÓN SIENTE-DULCES SUEÑOS

Me encerré en mi misma y sonreí como una loca a mis rodillas, intentando no mirarle directamente a los ojos, teniendo miedo de volverme a enamorar.
-Es todo absurdo.
-La vida no tiene por qué tener sentido.-Esta vez si que encontré el suficiente valor como para mirarle, con una mezcla de incertidumbre e incredulidad.
Un brillo, místico y misterioso apareció en esa mirada gris piedra.
-Me gustan tus ojos.-Dijo de repente.-Me recuerdan al mar.
Con la vergüenza del primer cumplido aparté la mirada, sin saber bien lo que hacía. Preguntándome constantemente a mí misma por qué estaba así. Me sentía estúpida al reaccionar de esa manera.
-Los tuyos…son como rocas.-Sonreímos.-sigue siendo absurdo. ¿Por qué has venido aquí?
Miré las piedras de la solitaria y abandonada roca. Un peñasco que nadie se atrevía a investigar por miedo de poder despeñarse, clavándose en su piel miles de piedras afiladas, que, como lanzas protectoras de una fortaleza inquebrantable, se erguían con orgullo en las profundidades del cristalino mar.
-No tengo miedo a la muerte.-Soltó sin más.-Además, te vi.
-Nadie puede vernos desde aquí, estamos a espaldas de la zona segura.-Dije.-Así que es imposible que vinieras porque me vistes.
-Es cierto.-Dijo, otra vez volviendo su pétrea mirada a la inmensidad del océano.-te sentí.
Le miré fijamente, como segundos antes me había pasado, sin creer sus palabras. Hablaba como un loco poeta que nada le importaba. Se movía como un hábil gato, precisando sus movimientos y calculando cada milímetro de roca que pisaba. Miraba como un águila, viendo más allá de lo que nadie puede ver.
Y todo eso, me daba miedo. Miedo de que, efectivamente, no existiera tal persona, y que me hubiera vuelto loca y solo fuera producto de mi inagotable imaginación, la cual me sorprendía cada vez más.
-Aquí nadie puede vernos, ¿no?
Asentí mudamente.
-Pero, siempre pueden sentirnos.
-No entiendo, ¿cómo se ‘’siente’’ a una persona sin poder verla?
Otro amago de sonrisa que acabó en una preciosa mitad ésta.
-Cierra los ojos.-Ordenó. Obediente y curiosa lo hice.-Ahora…me voy a ir…tu tienes que descubrir dónde he ido. Si sigo aquí cerca o me ido muy lejos.
Al principio pensé que se estaba quedando conmigo. Que había hablado por probar algo un rato conmigo y que luego se iría para seguir divirtiéndose con una persona más inteligente.
Sus palabras retumbaron en mi cerebro, las cuales ahora se perdían con un eco fantasmal en el vacío de mis recuerdos: ‘’tus ojos son como el mar’’
Mi suspiro lleno de emoción contenida se lo llevó el viento, moviendo suavemente las pequeñas hiervas que conseguían sobrevivir en aquella zona rocosa.
Abrí los ojos al cabo del tiempo. Allí volvía a estar sola. Ahora, terriblemente sola.
Hasta ese preciso instante de ínfima compañía no me había dado cuenta de lo inmensamente sola que realmente estaba. Miré a mí alrededor, intentando ver algo.
Otras palabras se reproducían como un disco rallado en mi interior: ’’Siempre pueden sentirnos’’
Respiré el aire puro y suave que corría libre a mí alrededor, quedando en mi nariz un cierto olor a mar.
Me moví, como movida por los impulsos que da el viento al estrellarse contra las rocas, con el corazón en la mano como brújula y la incertidumbre de la mentira en el rostro.
Al otro lado del peñasco le encontré. Estaba en la zona en la que las gentes de la pequeña ciudad podían verte, la que daba a la pequeña pero hermosa playa.
-Ele…-El aludido se giró sonriente.
-¿Has visto? Me has sentido.
-Solamente…te he encontrado.
Volvimos a la ciudad por un estrecho sendero lleno de rocas que te hacían jugar malas pasadas. Ninguno de los dos decidimos hablar hasta que pudiéramos dejar de pensar qué pasos dar para no caernos.
El camino empezó a ensancharse cada vez que nos alejábamos de la naturaleza.
-¿En qué trabajas?-Dije, dando algún tema de conversación.
-Tengo un pequeño negocio, pero ahora estoy de vacaciones.
-Entonces no vives aquí, ¿no?
-No, solamente estoy de paso. Bueno, ahora pienso quedarme todo el tiempo que pueda. De todas formas, estoy buscando algo.
-¿El qué?
-Me gustaría…bueno, cómo decirlo…sé que suena bastante ridículo pero…hace tiempo que ando buscando uno de esos…
Le miré, con una curiosidad aumentada.
-¿De qué?-Insistí.
-Un enano de jardín.-Dijo, sonrojándose un poco, cosa que se hacía notar más en su piel blanquecina.
-Vaya…pues yo tengo uno y creo que ya no lo voy a necesitar…si quiere se lo puedo dar.
-¿De verdad?-Asentí con una sonrisa.-Vaya, muchas gracias.
Otro trecho en silencio. Por fin alguien a parte de yo misma, iba a entrar en esa oscura y desierta casa, abandonada por sus dueños y habitantes.
-¿Tienes novio?-Preguntó Ele, como si fuera una pregunta más de un test de conducir que de una conversación entre desconocidos. Aunque yo de conversaciones sabía bastante poco.
-No. ¿Y tú?
-Creo que…sería ilegal.-No entendí muy bien sus palabras pero de él no entendía nada.
Seguimos nuestro trayecto. El cielo parecía un lienzo en el que los ángeles habían trazado borrosas nubes que anunciaban la caída de pintura.
-Vaya, parece que va a llover.
-Sí, eso parece.
El diluvio no tardó en llegar. Primero empezó suave, con pequeñas gotas que iban adornando las tristes aceras de la ciudad. Luego se hacían más grandes. Más tarde, el número de gotas que caían aumentaba, hasta, que al final, las aceras estaban encharcadas y los transeúntes más desprevenidos sin paraguas donde poder refugiarse, empapados.
-Ya hemos llegado.-Grité, intentando sobrepasar el ruido que las gigantescas gotas hacían, al chocar con la furia de la gravedad contra el suelo.
Ambos pasamos la libre selva que crecía alrededor del, cada vez más estrecho, camino que conducía hasta la vieja puerta de madera gastada. Abrí con nerviosismo la cerradura y, tras empujar varias veces, conseguí vencerla.
-Uf…-Dije tras coger aire.-menos mal que la tormenta no nos cogió en la montaña.
Ele inspeccionó toda la casa con la mirada, como intentando ver algo que a mí se me escapaba, sin un ápice de cansancio en su perfecto rostro.
-¿Quieres algo de comer o beber? Dentro de poco será la hora de cenar.
-No, de todas formas me voy a ir pronto, me gustaría…no sé, si no es molestia, que me diera ya el enano y así no esperar a que la tormenta aumentara.
Ambos sabíamos que, tras el diluvio venía la calma. Pero, no sé por qué, decidí obedecerle otra vez.
-Está en la entrada, si mal no creo recordar.-Dije acercándome al pequeño hall el cual ahora estaba lleno de agua.
Cuando inspeccioné la abandonada zona comprobé que allí nada había.
-Hubiera jurado que…que lo había dejado aquí. No lo he tocado desde entonces…
-Mierda…-Susurró Ele.-…me ha visto venir, maldito…
Sin entender nada le miré cómo se alejaba de la entrada dando vueltas sin saber qué hacer, mientras se llevaba con nerviosismo las manos empapas a la cabeza.
-¿Qué voy a hacer?
Observé a escena sin intervenir un segundo a causa del efecto que sus palabras habían provocado en mí. No sabía que un enano de jardín fuese tan importante.
-Hay…hay una tienda cerca de aquí, allí venden enanos, bueno, no sé, puedes encargar alguno…
Me miró, como habiéndose percatado de mi presencia y comprendí que se había olvidado de todo al sumergirse en la decepción de la misteriosa desaparición del enano.
-¿De qué color era el gorro del enano?-Preguntó de repente.
-Rojo.-Me acordaba perfectamente, de su sonrisa y sus mejillas, de su postura y su rechoncho cuerpecillo. Lo había grabado todo lo que había sucedido esa noche. Todo.
-Oh…mierda.-Susurró con una frustración indescriptible.
-Puede…encargarle otro con el gorro rojo.
-Yo…te he mentido.-Dijo.
Mi cerebro, sin más, dejó de funcionar.
-Sé que tenías el gnomo, por eso he estado hablando contigo, para coger la suficiente confianza como para que me lo dieras, sé que es absurdo y sé que es complicado. Llevo meses observándote, cada gesto y movimiento. Llevo meses viendo como tu sonrisa no aparecía nunca. Perdón, te he estado vigilando pero…pero si lo supieras…
Lágrimas. Otra vez dejaba reflejada en mis ojos aquella inmensa tristeza que, gracias a las mentiras y las verdades sale siempre a la luz. Aquel vacío que emanaba de mí, me carcomía mis emociones, dejándome muerta por dentro. Y ahora, que creía, que por fin, esa persona sin rostro iba a ser mía, otra vez una decepción partió ese destrozado corazón el cual había intentado arreglar para el recién llegado.
Caí al suelo tras comprobar que mis piernas ya no soportaban mi peso. Todo mi yo temblaba de rabia. Mis lágrimas caían como cascadas de un río enloquecido por la corriente, cayendo así, en el mar del vacio.
-No…no llores, por favor.-Suplicó.- Tranquilízate, sé que el gnomo está por aquí.
-¡No es eso!-Grité en pleno llanto.- ¡Es que siempre me pasa igual! ¡Ya no aguanto más! ¡Quiero morirme!
Ahora era yo la que suplicaba ferozmente a esa fuerza mística y divina de cuya existencia siempre he creído. Cada día que pasaba, mi vida tenía menos sentido. Justo cuando creía que lo había encontrado, me sentí como un trapo.
Usado, gastado, tirado a esa basura de recuerdos desechados.
Ele se arrodilló a mi lado, con suavidad pasó su mano por mi hombro y con una mirada inmensamente triste revoloteó por mí ser.
-No digas eso…-Pude oír entre mis llantos.-vivir es lo más hermoso que te puede pasar…
-Ele…-Mi voz estaba ya ronca cuando pronuncié su nombre entre lágrimas de decepción.-vivir es bonito, pero es duro estar viva.
Entonces no sé muy bien lo que pasó, pero él me abrazó dándome un calor imaginario. Era frío y duro, como la piedra.
-No digas eso…-Repitió.-me pone muy triste.
-¿Por qué me estabas observando? ¿Para qué quieres al enano? ¿De dónde vienes? ¿Qué quieres?-Todas las preguntas que había pensado se agolpaban como un torbellino, con deseos de ser las primeras en responderse.
-No creo que me creas.
-Puedo intentarlo.-Dije, mirándole con unas mal disimuladas lágrimas alrededor de mis ojos.
Ele suspiró. Parecía sumergido en un mar de tristeza.
-Primero, tengo que encontrar al gnomo, luego, tendré…bueno, luego te contaré.
-No, quiero saberlo ahora.-Dije con toda la seriedad que pude.- ¿Para quién trabajas?
Ele sonrió mientras yo le miraba con la furia de quien no sabe nada y cree saberlo todo.
-Yo solamente quiero destruir el gnomo, el resto, ya no importa.
La incoherencia de sus palabras resonó en mi interior como susurros de una serpiente seseante.
El ‘’ya no importa’’ retumbó en mi corazón, haciendo que se encogiera aún más. Me llevé la mano instintivamente al lugar de donde procedía el dolor. Aun con las antiguas lágrimas en los ojos miré fijamente a un Ele que se movía nervioso intentando seguir un instinto que yo desconocía.
-Confía en mí.-Susurré.
Por unos segundos pude mirarle como quería mirarle. Solamente había pasado a su lado horas, pero para mí se me habían hecho meses. Meses de compañía. De dulce compañía. De te quiero sin sentido. De besos y caricias. Meses imaginarios como la perfección del sujeto con el que quería pasarlos.
Y yo, por esas horas que en mi mente se transformaron en meses, había confiado en Ele toda mi existencia. Porque…él había vuelto a derretir aquel corazón herido el cual yo había congelado, con miedo a que se volviera a partir. Y había conseguido romperlo, otra vez más, pero esta vez, cada uno de esos pedazos, susurraban su nombre.
-Negara…no puedo.-Susurró con pena. Y acto seguido miró hacia la planta de arriba, como si alguien le hubiera llamado. Sin pedir permiso, ni si quiera dignarse a mirarme, se fue, como alma que se lleva el diablo, corriendo como un condenado a la parte de arriba.
Si yo hubiera subido como él lo acababa de hacer, me habría caído de bruces en el suelo. Pero su inquebrantable físico y su espectacular agilidad felina, le hicieron llegar a la parte de arriba en perfectas condiciones. Ni si quiera se le notaba el cansancio que podía producir tal subida por aquellas enredadas escaleras.
Intenté seguirle, con mayor prudencia al no poseer sus magnificas agilidades. Ele abría con ansia todas las habitaciones.
-¿Por qué no puedes? Sé que no me conoces de mucho pero…bueno…podría ayudarte… ¿Y si…y si supiera dónde está lo que buscas y estuviera ocultándotelo?
Conseguí que parar su incoherente búsqueda.
-¿Por qué harías algo así?
-¿Por qué no confías en mí?
-Me ha visto llegar y se ha largado.-Dijo. Aun seguía esperando una explicación a todo eso antes de que me diera por denunciarle, cuando bajó, con la misma velocidad que había subido, las serpenteantes escaleras.-Tengo que ir tras él.
Dicho eso se precipitó tras la puerta, sin pensar si quiera que estaba hablando en voz alta y, antes de que yo pudiera hacer cualquier movimiento, se había ido con su increíble velocidad lejos de la casa, dejándola aun más vacía.
El agua entraba por la abierta puerta sin pedir permiso. Salí corriendo a su encuentro, sabedora de que me empaparía. Un relámpago iluminó toda esa espesa capa que parecía cubrir el cielo como una manta de lana.
-¡Ele!-Grité, intentando hacerme oír entre los truenos y las gotas cayendo.- ¡Ele!
Empezaba ya a cansarme de la búsqueda sin resultado cuando mis pasos, locos y poco decididos, me llevaron al cementerio.
Abrí la cancela, como movida por algo que aun desconocía.
-Los gnomos son equivocaciones de Dios-La voz que escuché a mis espaldas me resultó conocida.
-Ele…-Dije sin poder creerme lo que mis ojos veían.
Bajo la lluvia el blanco rostro de Ele parecía aun más siniestro. Su negro pelo caía como cascadas de ceniza sobre su pálida piel. Sus labios incoloros intentaban decir algo pero ninguno de los dos supimos adivinar el qué. Sus ojos, grises como el mármol pétreo que nos rodeaba en aquel viejo cementerio me miraban intentando, al igual que sus labios, decir algo.
Sin darle oportunidad a reaccionar le abracé. Temblando del frio y empapada. Le abracé. Intentando que no se fuera nunca. Porque si se iba, yo me iría con él. Viva o…muerta.
-Negara…-Susurró, por fin, rompiendo aquel intenso silencio.-No debiste de comprar ese gnomo. No debiste de venir a buscarme. No debiste de meterte en todo esto.
-Hay tantas cosas…que he hecho…-Dije con una estúpida sonrisa.-…y lo peor es que no me arrepiento de ninguna…
-Ve a casa…yo…te explicaré algún día todo esto.
-No voy a volver sin ti.
-No me conoces.
-Pero…te siento.