Era primavera, aunque aun el invierno luchaba por no ser olvidado. Las flores comenzaban a iluminar aquellas plantas que, hace pocas semanas, parecían ser inertes bultos cubiertos por la nieve. Una suave brisa se burlaba juguetona de todos los que se cruzaban en su camino, entreteniéndose en despeinar cabellos, levantar faldas y robar sombreros.
El sol ya se ponía cuando me fijé que aun podía respirar. Un tremendo dolor recorría todo mi cuerpo, como una descarga eléctrica. Gemí ante la aparición del dolor.
Intenté abrir los ojos, pero unos pesados párpados me impidieron mis deseos por ver qué estaba sucediendo. Sentía en mi piel como una cálida brisa se colaba por una ventana abierta y jugaba con mi rostro, con deseos de despertarme.
Por fin, tras varios intentos fallidos, pude abrir los ojos. Lentamente, suave. Como si fueran dos puertas pesadas que se abrían tras haber estado miles de años cerradas.
Estaba tumbada en una cama, pequeña pero inmensa, llena y vacía. Una cama llena de recuerdos y olvidos, de tesoros y baratijas. De oro y plata. Lloré, sin saber muy bien lo que hacía, pero necesitaba desahogarme. Necesitaba echarlo todo, todo. Todo. Necesitaba echar a Ele, a gnomo, a Verónica, a mi madre, a mi padre y a todo ser que le haya mostrado cariño alguna vez en mi vida. A aquel desconocido sin rostro. Al novio que siempre esperé. A la persona perfecta de mis sueños que nunca llegaba.
Todo. Lágrima tras lágrima. Caía por mis mejillas en forma de gota.
Lloré. Sin saber nada y al mismo tiempo acordándome de todo.
La cama en la que me encontraba la reconocí, con sus suaves mantas y su dosel de madera tallado. Era pequeña, pero perfecta. Era la de mi madre, la que al principio fue minúscula y al poco tiempo le vino enorme.
Empapé la almohada de emociones contenidas y, tras comprobar que estaba sola, otras nuevas lágrimas inundaron mis ojos, en una lucha desesperada por salir de ellos.
Salté de la cama, con el corazón en la mano y la esperanza de un nuevo amanecer en la cara. Pero la noche tapaba el día con su eterna oscuridad, como una manta arropa a un bebé. Cálidamente pero con la esperanza del silencio.
Bajé las arremolinadas escaleras de madera, produciendo en cada paso un leve gemido. Observé con asombro y preocupación que todo estaba vacío, viejo y abandonado. Ni si quiera estaba la sangre reseca de la hueca cabeza de Verónica, ni los pedazos de ese gnomo maldito.
Nada.
Vacío.
Solo.
Como siempre había estado.
Solté un suspiro contenido y me pregunté dónde estaba Ele. Otra vez me dejé llevar por mis emociones y un repentino llanto se adueño de mí, como lo hacía el sueño, sin pedir permiso.
Me tapé los ojos con las manos y me imaginé que todo había sido un sueño y que realmente, como siempre había creído, Eleazar y toda su fantástica historia eran solamente obra de mi eterna imaginación.
Porque ninguna otra explicación encontraba a todo aquello, aunque me había levantado con un intenso dolor de cabeza, un cansancio que me arrollaba y una suave bata que cubría mi cuerpo desnudo.
Pero allí no había nada. Nada. Nadie. Como siempre.
Un sonido esperanzador resonó por toda la casa, haciéndose eco por el hueco de la escalera. Corrí, sin importar que solo llevara una bata. Abrí la puerta de par en par, con la ansia del conocimiento en el rostro.
-Hola.-Sonreía. Feliz, iluso, como nunca lo había visto. Al otro lado de la vieja verja medio caída, al otro lado de la selva salvaje que crecía alocadamente, al otro lado de ese camino que me dirigía solamente a él.
Un ramo lleno de tulipanes, tapaba sus perfectos labios que ahora parecían estar más vivos que antes. Sus ojos, grises aun revelaban su extraña naturaleza. Y su perfecto cuerpo reflejaba la imposibilidad de su existencia.
Corrí hacia él, sin importarme lo que dejaba atrás. Una casa vacía y hueca, pero llena del sentimiento de los recuerdos. Una vida sin sentido, un vacío inmenso, un sueño roto. Miles de cosas dejaba atrás. Miles de cosas que verdaderamente nunca me habían importado.
Corrí como nunca había corrido, con mis ojos llenos de lágrimas y mi corazón a rebosar de alegría. Recorrí descalza ese camino empedrado, que a penas se veía entre la maleza que lo intentaba tapar, clavándome cada piedra en mis desnudos pies.
Le abracé y solo le sentí a él. Solamente a él y todo lo que tenía que ver con él. No me importaba lo demás, no me importaba nada más. No. Ahora ya nada me importaba. Nada que no fuera él y toda esa magia que aun lo rodeaba, y que me hacía no parar de preguntarme si todo aquello no sería más que un sueño.
3 comentarios:
ooooooooo *o* que bonito gema, al final tiene un agradable final feliz ^^ me ha gustado muxo la historia, y los titulos de las partes estan muy xulos tambien, espero k escribas otra historia ^^
Tal vez el próximo verano cuando tenga tiempo libre y pueda mirar el cielo y escribir libremente :D Muchisimas gracias eres la leche :D
ya?? yo k esperaba un hijo... xDD menos mal k Ele sigue vivo, no podía dejarla allí, solita. Waaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.... vaya emoción...... aunque estoy un poco triste de que termine, me dan mucha pena los finales, aunque sean felices y bonitos, porque eso significa que ya terminó... creo k por eso nunca termino una historia, porque siempre me keda la imaginación para hacerles diferentes finales xDD pero bueno... me ha gustado un monton, pero que un monton asiiiiiiiiiin de grande :D no espero que sigas escribiendo, porque se perfectamente que lo vas a hacer, y yo voy a seguir leyendo cada una de tus preciosas palabras, siempre... Así que te doy ánimos para otra historia, y muchííííííííííísimos besotes!!!
teQuieroO! (L)
Neli
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