Dos figuras negras aparecieron ese horizonte de tinieblas. Los charcos reflejaban las gotas chocarse. Los coches pasaban velozmente al lado de las dos figuras. Ambas caminaban con cansancio. Una con muchísimo más que la otra.
Mis vaqueros estaban empapados y pesaban más que toda mi pierna. Mi chaqueta ahora era una esponja llena de agua. Todo lo sentía húmedo y mojado.
Estornudé una vez más. Ele me protegía rodeándome con su brazo por los hombros.
Cuando llegamos a casa todo seguía exactamente igual que cuando nos fuimos pero para nosotros, había cambiado todo.
-Tengo que cambiarme.-Advertí.-Tu también deberías de hacerlo. Tengo ropa vieja de mi padre, puede que te quede bien.
-No, es igual, estoy bien.
-No, te vas a morir de frío. Pondré la chimenea.-Me dirigía hacia el pequeño salón cuando un brazo de hierro me agarró.
-Ya la pongo yo. Vete a cambiarte, tu sí que te vas a resfriar.
Cuando bajé, un pensativo Ele miraba fijamente el fuego.
-Hola.-Dije sin más.
Ele se dio la vuelta y se quedó sin palabras.
Me había puesto un pijama y me había recogido el pelo con una pinza. El pijama era simple, una enorme camiseta con unos pantalones muy cortos. La camiseta era de hombre y los pantalones de un pijama de verano antiguo. Siempre me había gustado mezclar la ropa.
-¿Qué?-Dije ante la fija mirada de Ele.
-No…no había visto nada igual.-Le miré sorprendida. No supe exactamente a qué se refería pero mi cerebro empezó a maquinar cosas demasiado perversas.
-Voy…voy a preparar la cena, por que…pasarás la noche aquí, ¿no?
-Me da igual.
-Vale. ¿Cómo te gustan los huevos?
-No…no voy a comer nada, no tengo hambre.
-No es molestia, ¿eh?
-No, sinceramente, no tengo hambre.
Seguí con mi tarea, como siempre, sin entender nada.
-Señor…-Oí que susurraba Ele.- ¿por qué me has dado vida…si luego tienes que quitármela?
Tras unos segundos de duda, entré en el salón.
-Ahora...-dije sentándome a su lado-cuéntame todo.
Eleazar me miró fijamente y por unos instantes sentí que se metía en mí. Luego sonrió, miró el fuego, me miró otra vez a mí y con la mirada, esta vez perdida en algún punto de la pequeña estancia, empezó su relato.
-Ya te he dado pequeñas pistas, pero no creo que con ellas llegues a algo, ni si quiera estoy seguro de que con toda la información llegues a entenderlo. No cuestiono tu capacidad de asimilación, si no mi capacidad narrativa. De todas formas esta historia se basa en una antigua leyenda india. Cuando nacía un deforme, como les llamaban ellos, los quemaban en el fuego pronunciando conjuros mágicos y palabras en un idioma inventado. Una persona que no crecía…digamos, lo suficiente, se le acusaba de traer todo mal a la tribu, así que o los expulsaban dejándolos a su suerte o los…sacrificaban a los Dioses para ganar su bendición. Luego, cuando Colón descubrió América creyendo que era la india, los indígenas sufrieron grandes cambios. Aunque en la edad actual se piense que fue cosa del destino que Colón intentase llegar a la India por otra vía desconocida, lo cierto es que los indígenas le echaron la culpa de su cruel destino a esos pequeños seres que en todo cuento de hadas aparecen…
‘’…esos que ellos mismos expulsaban y sacrificaban: enanos. Eran pequeños y normalmente barbudos, con gran astucia y una inteligencia incalculable. De ellos existen miles de leyendas pero en todas se le consideran buenos, protectores. Pero no es del todo así. Cuando llegaron los colonos y los encontraron, la sangre de éstos corrió más que nunca. Todos los enanos murieron sangrientamente, con una crueldad inimaginable. Se cuenta que una vieja hechicera vio como mataban a esos pequeños seres, los cuales eran asesinados por designios del Señor, según los colonos, ya que se trataban de equivocaciones del gran Amo.
La vieja hechicera construyó entonces, pequeñas figuritas de madera con picudos gorros alargados, hinchados mofletes y una sonrisa perene. Allí, las desamparadas almas de Dios, se escondieron en busca de cobijo.
Solamente hizo doce, el número sagrado. Los colonos pronto, en su intento desesperado de buscar oro y riquezas, encontraron esas figuras alegres talladas en madera. Decidieron que podían ganar mucho dinero con esas estúpidas figuras, pequeñas y rechonchas. Aun no sabían lo que se escondía dentro de ellas.
Esas figuras malignas no eran otra cosa que el amparo de almas desterradas que habían, en un intento desesperado, intentado volver a alguna parte. Las pintaron y las barnizaron, incluso, con la comercialización y la acogida de estos alegres seres, llegaron a transformarlos en preciada cerámica.
Se hicieron populares. Se contaban interminables leyendas, si protegían los hogares, si cuidaban de los niños, si traían suerte a la casa..... Aquellos seres inspirados en los enanos se les consideraban lo contrario de lo que representaban.
Tras años de ironía decidieron cambiar de nombre y les pusieron gnomos. Con la industrialización se hicieron fábricas donde se creaban en cadena a estos seres. Pero solamente doce de ellos, esparcidos por todo el mundo, eran el cobijo de esas almas malditas.
Estos, no se hacían notar. La astucia era su arma más poderosa y con las palabras embelesaban a las personas. Eran maestros del hipnotismo y creadores de la traición. Si, en tu ser, veían cualquier debilidad, ya te podrías dar por muerto. Su sed de sangre llegaba a extremos incalculables.
Hacían volver a la gente loca, había suicidios por sus palabras e incluso familias enteras llegaron a pelearse, a tal extremo, que se mataban entre sí. Eran malignos, había que destruirlos.
La gente empezó a tener miedo de éstos. Los tiraban, los quemaban, los rompían…Pero, nadie se atrevió jamás a tocar a esos doce. Perdidos en la inmensidad del mundo nadie los quería. Volvieron a sus tiendas, con el miedo de los comerciantes en el rostro. Entre los comerciantes se lo pasaban hasta un sinfín de veces. Pero nadie duraba más de un mes con uno de ellos. Al menos, con vida.’’
Me quedé mirando el fuego. En mi imaginativa mente sin límites se veía con toda la claridad de la realidad las palabras de Ele reflejadas en hechos.
-Sé que no me creerás, pero nunca he esperado que lo hicieras. Solamente quería…quería que supieras…que confío en ti.
Le miré, con una expresión que ni yo misma conocía.
-¿Qué eres?-Tras una intensa pausa, mi cerebro intento hilar todas aquellas palabras intentando tejer una bonita verdad.
-No creo que quieras saberlo.
Otro silencio sentenció nuestra charla, haciendo que mis pensamientos fueran aún más confusos.
-¿Cuántos quedan?-No, no quería saberlo. Si Ele era malo, no quería saberlo y si era bueno…ya lo averiguaría.
-Solamente uno.-Dijo sonriendo maliciosamente.-El más astuto de todos.
-¿Has sido tu el que has roto a los demás?
-Para eso fui creado…-Apartó la mirada con brusquedad, como queriendo poner fin a aquella conversación llena de irrealidad.
-Ele, ¿crees en Dios?
Fue lo primero que se me pasó por la cabeza, pero un instinto imaginario habló por mí, moviendo mi lengua y abriendo mis labios.
-Creo que Él cree en mí.
Se levantó y se fue hacia alguna parte de la fantasmal casa. En realidad, ambos sabíamos que no teníamos a dónde ir. Ambos sabíamos que nos habíamos metido en algo. Yo, aún no sabía muy bien en qué pero sentía un inmenso peligro cerca de mí y él, parecía que lo que menos quería era acabar con esto.
-No quieres matar al gnomo…-Susurré.
Se giró sorprendido, como no pudiendo creer mis palabras. Como si hubiera clavado una invisible estaca en su pétreo pecho lleno de orgullo.
-Te siento…-No cambié el tono de voz.-Siento que tienes miedo de algo y sé que no es del gnomo…
Ele miró con resignación hacia el suelo. Lentamente, contractando la rapidez de antes, se sentó a mi lado. Ambos nos quedamos unos intensos segundos contemplándonos.
Algo voló en mí, como cuando un pájaro despega en su primer vuelo.
-¿Qué pasará cuando…lo destruyas?
Noté como mi corazón latía con velocidad. Nuestros rostros misteriosamente se habían juntado demasiado. Podía sentir su respiración, serena y tranquila, al contracte con la mía que parecía un huracán de aire enfurecido.
-¿Qué…qué pasaría si te besara?
Cerré los ojos. Inspiré con fuerza. Los volví a abrir. Allí estaban, en frente de los míos, tapándome otra visión que no fueran ellos. Dos piedras enormes, frías y duras. Me sentí como el mar, chocando con ellas.
Intentando en un desesperado abrazo decirles un ‘’te quiero’’.
-Siempre puedes probarlo.-Susurré, más como pensamientos en voz alta que como respuesta a su atrevida pregunta.
Entonces, los incoloros labios de Ele se posaron, como suaves zafiros, en los míos. Fueron milésimas en las que estuve en el paraíso. Jamás había vivido algo así. Jamás había conseguido vivir tanto en tan poco tiempo.
Con la delicadeza de una pluma que cae al suelo, Ele apartó sus labios y observó con curiosidad mi comportamiento.
Emocionado miró hacia abajo. No comprendí nada. Me limité a observar. Feliz puso su mano en el corazón.
Luego, con la ilusión de la primera vez, cogió la mía y la colocó con suavidad en el mismo lugar.
-Late.-Dijo feliz.-Late como nunca ha latido.
Le respondí con otro beso. Más brusco pero más intenso. Ele cerró los ojos y yo le acompañé. Cerrando los ojos solamente veías oscuridad, pero sentías más que si los tuvieras abiertos. Porque, cuando más se puede imaginar, es cuando menos puedes afirmar.
En esos momentos apasionados nos dejamos embriagar por esa juventud que nos unía. Poco me importaba que tuviera diez años más que yo, que fuera un alienígena de otro planeta o un robot diseñado para matar enanos. Poco me importaba, si conseguía estar el resto de mi vida a su lado. Si, después de tanto sufrimiento, por fin él sería ese hombre sin rostro, el cual yo me imaginaba en lo alto de esa cima, esperándome eternamente para poder acompañarme en la bajada.
-Gracias por existir.-Susurré cuando nuestros labios paraban de chocarse.
-No me las des a mí.-Sonrió con esa media sonrisa que me hipnotizaba, como todo lo suyo. Ya podrían intentar mil enanos convencerme de que me matara, ninguno lograría hacerlo tan bien como lo podría hacer Ele.
Nuestros cuerpos se enfrentaron desnudos a una lucha apasionada de amor. Sentí como nunca me había sentido e hice lo que nunca había hecho.
Suspiraba. Respiraba con energía. Sonreía. Reía. Era feliz. Después de tantos años. Era feliz.
Ambos nos quedamos dormidos en la alfombra de la pequeña salita, que ahora, me resultaba extremadamente cómoda. Yo, apoyada sobre el torso desnudo de Ele tenía sueños que se parecía cada vez más a la realidad. Sentía la suave respiración de Ele. Respiraba…inspiraba…respiraba…
Me relajé como a un bebé cuando lo mece su madre.
-¿Qué pasaría si te dijera lo que soy?-Dijo Ele, interrumpiendo ese momento mágico con la realidad, mientras miraba el techo pensativo.
-Que te querría.
-Y si…no pudieras…
-Siempre podré quererte. No puedes ser nada tan malo como para que deje de sentir todo lo que siento.
No apartó la mirada del techo mientras me acariciaba con una dulzura exquisita el pelo.
-Es que…tengo la sensación de que te conozco de antes.-Dije.-Es…como si te hubiera visto mil veces y no te hubiera mirado ninguna. Pero aun no imagino por qué.
Ele no apartó la mirada del techo en ningún momento.
-Es como si siempre hubieras estado en mi vida, pero solamente ahora te he mirado, solamente en estos días, me he dado cuenta de que te amo.
Las últimas palabras estremecieron a Ele. No comprendí su comportamiento.
-Y si te digo…que cuando termine con el gnomo no voy a poder sentir nada.
-No te creo…-Dije, intentando convencerme a mí misma.
Ele se atrevió a mirarme. Una profunda tristeza hacía mella en su mirada.
-Negara…te amo, te lo digo ahora que puedo sentir algo, pero…cuando consiga destruir a ese gnomo…me volveré…
-¿Qué?-Supliqué.
-De piedra, me volveré de piedra, como siempre he sido.-Sus pequeñas piedras, las cuales tenía como ojos, empezaron a brillar con un brillo siniestro.
-¿Cómo?-Dije incrédula, con la mirada ya borrosa. Mi labio inferior empezó a temblarme con nerviosismo.
-Por eso te he dado todo antes de que ya no pueda hacer nada. Tengo una misión que cumplir y para eso me han dado vida. Una vez que la acabe…volveré a ser como antes.
-P…pero…yo…-Un torbellino de locas ideas se acumuló ante mí dejándome sin pensamientos. Mis lágrimas empezaron a impedirme ver. Me levanté, dejándome mi torso desnudo al ser destapado por la manta que nos cubría. Afuera otro agitado día se abría paso entre las nubes.
-Perdóname, entonces, por quererte.
Me hice un ovillo y comencé a llorar.
Me giré hacia él.
-Tiene que haber una solución. Algo podemos hacer…
Ele puso su frío brazo sobre mis hombros.
-Negara, yo solamente soy un trozo de mármol, si estoy vivo es porque se necesitaba que estuviera vivo.
Pronunció cada palabra con una inmensa tristeza llena de una cordura que yo, ahora, desconocía por completo.
-No puedo creerte.
-Nadie dijo que lo hicieras.
Entonces fue él quien se levantó, se vistió velozmente y se dirigió a la puerta mientras yo le miraba aun sin comprender nada.
-No quiero que olvides nada…-Susurró.-pero tampoco quiero que lo recuerdes. Perdóname, no…no era mi intención enamorarme de ti. Nunca había sentido nada, y ahora que lo podía sentirlo todo, nunca había creído que podía…sentir tanto. No intentes buscarme. No intentes volverme a sentir. Para cuando tú consigas encontrarme, yo ya no podré sentir nada. Lo siento, olvídame.
Sus últimas palabras se quedaron suspendidas en el viciado polvo de la vieja casa. La puerta sonó al cerrarse con una cierta tristeza. Todo lo que allí estaba la tenía. Una tristeza inmensa llena de bonitos recuerdos. Todo. Cada mueble, cada silla, cada mesa, cada cortina…Hasta los troncos ya quemados y gastados se envolvían en un aura de melancolía.
Estuve el día entero llorando desconsoladamente, sin poder creer todavía ni una palabra suya. Y yo que pensaba…que me las creería todas…
La última conversación estaba grabada a fuego en mi menoría y me martirizaba escuchando, con una voz que ya no se parecía a la de Ele, cada palabra de ese último párrafo que él soltó. Ni una sola palabra más había intentado colarse en esa abandonada casa.
Llamaron a la puerta, pero no tenía ganas de abrir a nadie. Mis ojos estaban hinchados y estaba completamente desnuda, en forma de ovillo, mirando a un lugar perdido y con miles de lágrimas que manchaban la almohada. Insistieron.
Pero yo me sentía muerta. Sin vida. Vacía. Sin la suficiente energía como para poder mover una puerta de madera carcomida por los años.
Me quedaría allí toda una vida si hacía falta, muerta en vida y viva en muerte.
-¡Negara!-Una voz familiar llegó hasta mis oídos.- ¡Ábreme, por favor!
Noté miedo, incluso terror en cada palabra.
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