El cielo volvía a estar gris. Como si alguien hubiese recubierto la ciudad con una capa, impidiendo que pasara el sol. Las nubes formaban extrañas figuras, engendros que a un Dios caprichoso le apetecía dibujar. Algunos tímidos rayos de sol consiguieron colarse a través de aquella imperturbable capa, pero la gente parecía estar acostumbrada a estar bajo esa bóveda fantasmal.
Cuantas veces había odiado el sol, había detestado ese calor pegajoso y la ceguera que causaba. Ahora, lo añoraba. Como siempre, no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos.
Con paso firme y seguro salí de la estación. La ciudad parecía estar hechizada por una ola de frío y terror que la recorría. Yo parecía ser la única que se atrevía a cruzar las empedradas calles y atravesar los estrechos pasadizos. Todo el mundo se refugiaba en sus casas esperando aquello que nunca llegaba.
Saqué un papel doblado de mi bolsillo. Miré, comprobando no haberme equivocado, la dirección. Me encontraba frente a un edificio de la parte antigua de la ciudad, la cual a penas se distinguía de la que ahora llamaban moderna. Toqué el viejo y polvoriento timbre, llevándome en mi dedo toda aquella capa que lo recubría lo que, en sus días de gloría habría sido el comienzo de una nueva vida. Ahora yo me llevaba aquella señal de abandono.
-¿Si?-Una voz gastada por el uso respondió al otro lado.
-Soy yo, señora, vengo de parte del señor Carlos Fóniz.
La puerta se abrió causando un estruendo en todo aquel silencio. La empujé despacio, como temiendo a que se rompiera si la tocaba demasiado. Aquellos hierros forjados, ahora parecían más delicados.
Busqué el ascensor pero no había, así que recorrí las escaleras, con miedo a caerme, hasta que llegar al tercer piso.
Volví a mirar ese papel con mi inseguridad de costumbre. Una puerta chirriante se abrió tras de mí. Una mujer, vestida toda de negro, de una edad ya anciana, observaba con recelo, desde el otro lado.
-Hola, disculpe por las molestias.-Dije, intentando ser cortés.-Buscaba al señor de la casa, tengo noticias sobre Carlos.
La anciana me inspeccionó de arriba abajo, intentando encontrar una escusa para poder negarme mi petición.
Tras unos siniestros segundos de silencio, me concedió el honor de entrar en esa casa, de la cual ya solamente quedaban los recuerdos.
-Amadeo, tienes visita.-La rechoncha y anciana mujer nos dejó a solas, tras otra mirada de las suyas.
Cerró la puerta corredera de madera. Observé como lo que quedaba del señor Amadeo se consumía en un sillón de tela roja frente a la chimenea de piedra. Una alfombra lo cubría todo y las paredes estaban llenas de libros viejos que nadie se había aventurado a leerlos jamás. Un cuadro de una hermosa mujer colgaba con orgullo arriba de la chimenea.
Amadeo, ya anciano y esquelético, no se inmutó ante mi presencia. Siguió viendo como el fuego consumía los troncos, como hipnotizado por algo que hubiese dentro.
-Puedes sentarte.-Dijo de repente.
Vi una vieja silla de madera en una de las esquinas. Me senté en ella aceptando la invitación y me dispuse a hablar con él.
-Tengo noticias sobre Carlos Fóniz.-Comencé. Amadeo asintió mientras se preparaba una vieja pipa de madera.-Carlos se esta muriendo.-Dije.-quiere, desea, verle.
Amadeo no apartó ni una sola vez la mirada del fuego. Comenzó a fumar su pipa, llenando la sala de un siniestro humo, la cual parecía una película de miedo con la neblina fantasmal.
-Así que el viejo de Carlos se muere…-Dijo tras una larga pausa.-¿Y usted es…?
-Su hija, señor.-Dije, sabedora de que no le interesaba mi nombre.
-¿Y por qué razón he de ir a verle?-Dijo con voz gastada.
-Quiere…quiere darle parte de su herencia.
Fue la primera vez que vi una reacción en el carcomido rostro de Amadeo. Me miró con una expresión de sorpresa y miedo.
Se levantó del sillón y me pregunté cuantos años llevaría allí sentado. Miró por la ventana, la cual se empañaba con el contracte entre el calor y el frío.
-Eso…es imposible. Carlos hace tiempo que dejó de formar parte de mi vida. Hace años que dejamos de ser socios y amigos…¿por qué a mi?
Me levanté e intenté mirarle a los ojos, pero el esquivaba mi contacto visual.
-Mi madre murió hace ya cinco años. Mi padre cayó en depresión y yo estuve cuidándole en todo momento. Ahora los médicos le han dicho que no le queda mucho tiempo, tal vez, con suerte un par de semanas. Sabe que no tiene a nadie a parte de mí. El otro día me estuvo contando vuestras hazañas, logros y peleas…Se arrepintió de haberte abandonado aquel domingo…-Las últimas palabras fueron como pequeños susurros que se llevó el viciado viento que había allí, en esa envejecida habitación.
-Todo no fue culpa suya, Odette era muy bella. Yo había caído en las redes de su encanto.
Por unos segundos clavó su mirada en la mía y solo vi muerte. Sus ojos oscuros se apartaron de los míos bruscamente. Amadeo, apagó su pipa y decidió venir conmigo.
La mujer le dejó marchar con recelo pero él prometió no morir sin llegar antes aquí.
Ambos nos dirigimos a través de la muerta ciudad. Fuimos al andén, de nuevo, y cogimos el tren.
Sabía que había más medios de transportes y mucho más modernos, pero el viejo tren se me antojaba como un sueño. Disfrutaba más del viaje. Ayudé a subir al viejo Amadeo. Estuvimos todo el viaje en silencio.
Parecía como si estuviéramos en 1945 pero, mi móvil y mi mp5 me hacían recordar que esas fechas ya solo existían en los libros de historia.
Escuchaba música y canturreaba algunas canciones mientras miraba por la ventanilla del viejo y abandonado tren. Bajo la atenta mirada de Amadeo llamé por el móvil a la mujer que cuidaba de mi viejo y cansado padre.
-¿Rosa?-Dije cuando descolgaron el teléfono.
-Si-la voz parecía más apagada de lo normal.
-Soy yo, Mar. Ya vamos para allá.
-Dense prisa, ya queda menos. Esta peor.
Cerré los ojos con fuerza y colgué sin decir adiós. Volví a fijar mi mirada en el cristal de la ventanilla, sin poder ver nada.
-Es la naturaleza.-Dijo de repente un Amadeo que observaba como dos pequeñas lágrimas caían por mis mejillas.-Todo lo que tiene un comienzo tiene que tener un fin. Hay veces que las personas podemos relatar una larga historia y otras en las que os quedamos a medias. No merece la pena sufrir por lo evidente.
Las palabras de Amadeo me parecieron incoherentes en un principio.
Cuando llegamos, un ataúd se abría ante nosotros. En su interior, el cuerpo de un sonriente Carlos nos saludaba, ahora ya, desde algún lugar desconocido.
Partí a llorar sobre él, hasta que Rosa vino a consolarme, nos fundimos en un abrazo lleno de lágrimas. Amadeo observó el cuerpo con tristeza y felicidad al mismo tiempo.
-Que descanses amigo, nos veremos pronto.
Y con las manos tras la espalda, se fue recorriendo el oscuro y desolado pasillo de la entrada. Nos sonrió a Rosa y a mí, y con un gesto de la mano se despidió de nosotras.
-Me voy.-Dijo con voz gastada-prometí a Dolores que estaría allí antes de morirme.
Cerró la puerta y todo volvió a caer en esa oscuridad, la cual envuelve siempre a la muerte.
Pasaron los meses, suaves, lentos.
Mi vida había dejado de tener sentido. Todos mis seres queridos habían muerto. Ya no me quedaba familia.
Mi mirada vacía y sin vida se posaba sobre la gente que caminaba. Tal vez pasara un año o dos cuando volví a atreverme a salir a la calle.
La casa, abandonada y sombría, parecía sacada de un cuento de terror de Stephen King .
Me enfundé unos vaqueros y una camisa sencilla. Me miré al espejo, sin ver nada en verdad. Mi reflejo solamente era líneas distorsionadas de lo que había sido.
Intenté arreglarme, sin mucho resultado. Abrí la puerta, la cual había abierto por última vez Amadeo, al cual no volví a ver. Y salí a buscarme la vida.
La herencia de mi padre no me iba a ser eterna. Entré en tiendas y locales, echando en todos ellos mi currículo.
Pasaba por uno de esos callejones que da miedo pasar por la noche, entre cubos de basura un gato asustado me enseñaba sus afilados colmillos. Erizó su pelaje color canela. Me aparté un poco de él, asustada también. Con los brazos cruzados intenté responder a la pregunta que me hacía mi subconsciente constantemente ‘’¿Qué estás haciendo aquí? ‘’
-¡Eh!-Mi corazón se aceleró cuando escuché una voz masculina a mi espalda.-¿Qué hace una gatita como tú por aquí?
La ronca voz de un borracho me sobresaltó. No podía negar que estaba asustada y no podía, tampoco, evitar que ese miedo se reflejara en mi mirada. Me giré, sin decir nada.
-Uuu…-Dijo con voz burlona.-¿tienes miedo? Tranquila, no te voy a hacer daño…
Vi como otros dos tipos salían de alguna parte del estrecho callejón. Pensé en la manera de escapar. Mi respiración se aceleraba y mi garganta estaba congelada. Retrocedí.
Cuando me di media vuelta para disponerme a correr me encontré con otro tipo que me miraba lascivamente.
El primero me cogió de la muñeca. Se me heló la sangre. Me miró con picardía y me sonrió.
2 comentarios:
gema!!!! publica ya la segunda parte k quiero saber k le pasa a la pobre con esos señores tan amables de callejon,k lo juzgue objetivamente? pues es horrible, no, es broma xD, me ha gustado mucho gema, me encanta como escribes, pero es un historia muy triste, como la otra, animo!!! kiero seguir siendo uno d tus lectores ^^
señores amables del callejón? hmm...no sé, no sé xDD la semana que viene más, pero jamás mejor xDDD me alegra que te haya gustado :) yo estaré encantada de escribir :) Te queroo! (L)
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