-Vamos, nena, ven con nosotros, te lo pasarás muy bien…
Los demás le corearon.
-Sí, eso ven.-Decía el de atrás.
Todo empezó a girar.
-Suéltame.-Dije enfurecida mirando con rabia al que me había agarrado la muñeca.
Este sonrió y se aproximó más a mí. Creía que esas cosas solamente pasaban a la luz de la luna. Por lo visto, me equivocaba.
-¿Y qué me vas a hacer?-Susurró en mi oído. Los demás rieron. Apreté los ojos con fuerza. Ni yo misma lo sabía. Hacía tanto tiempo que había estado recluida que ni si quiera sabía nada para defenderme.
Así que me dejé llevar por esa adrenalina que te sumerge en las tinieblas del subconsciente.
Me deshice de su mano y le di con todas mis fuerzas en la entrepierna. El chico que estaba a mi espalda intentó cogerme por el cuello mientras el otro se retorcía en dolor.
Intenté que no me cogiera el cuello y conseguí escapar de esos cuatro apestosos. Corrí por la calle derribando todo lo que encontraba a mi paso. Sabía que me perseguían. Notaba sus pasos tras los míos. Corrí y me sentí volar. Mi respiración estaba agitada. Me había metido en un laberinto de calles estrechas y túneles que no conducían a ninguna parte. Los suburbios.
Aun me estaba preguntando cómo había llegado allí, cuando dejé de sentir que me seguían. Había conseguido esquivarlos. Sabía que si me los volvía a encontrar me matarían.
Me tiré en el suelo de una de las calles e intenté que mi respiración volviera a ser como siempre. El sol se me antojó como enemigo, en vez de cómo el amigo que yo creía que era, el cual iluminaba todo aquello que estaba oscuro, pero al parecer…el sol importaba ya poco.
Me hice un ovillo, intentando que el miedo se me pasara. Empecé a temblar y llorar. No sabía qué hacer, ni cómo salir de allí. Estaba atrapada por mi propia insolencia en aquellas estrechas calles desconocidas.
Noté como unos pasos se acercaban a mí. Despacio y sigilosos. Ya no me quedaban fuerzas para correr así que, lentamente, alcé la vista con la esperanza de no ver a esos tipos.
-Hola-Dijo sonriente. Le miré con una mezcla de miedo y curiosidad.-¿Te has perdido?
Sus ropas no eran las mejores pero no tenía pinta de ser un marginal, habitante de aquellos lugares. Su tez era pálida y sus ojos grises, como las nubes de la ciudad donde vivía el viejo Amadeo.
Le seguí por las calles sin intentar si quiera mediar palabra. Tenía miedo de dejarme en evidencia al hablar y no decir nada.
Al parecer al extraño no le importó que no hablara. Pensaría que sería una estúpida más. Una niña caprichosa y pequeña encerrada en el cuerpo de una mujer madura.
-Lo siento.-Pude decir al cabo de un rato. El desconocido se paró de repente y me miró extrañado.
-¿Por qué?
-Le estoy haciendo perder el tiempo, yo me he metido aquí, tengo que salir yo sola.-Susurraba con miedo de que si hablara más alto, los tipos de antes vinieran a buscarme.
-Me llamo Cristian.-Dijo sonriendo, como ignorando mis estúpidas palabras.
-Yo soy Mar.-Dije en un suspiro, volviéndome a introducir en esas nubes grises que llevaba por ojos.
-Encantado.-Cortés, educado. No, sin duda no era el tipo de persona que vivía en los suburbios.
-¿Cómo…cómo me ha encontrado?-Dije de repente.
-Te estaba escuchando llorar.-Dijo dándose media vuelta y volviendo a andar por aquellos senderos sin nombre.-¿Te han hecho algo?
Noté cierta tensión en su voz y no pude comprender el significado de su pregunta. ¿Cómo había sabido que me encontraba en peligro? Supongo que era normal que pasara algo así en aquellos lúgubres lugares.
-No.-Volvía a susurrar.
Me encontré de nuevo con el molesto gato cuando supe dónde estaba.
-Creo que a partir de aquí yo sé….-Dije, esta vez, en voz alta, con la seguridad de que al final de esa calle había una ciudad repleta de gente que intentaba ignorar este laberinto de pobreza y degradación del ser humano.-Muchas gracias, no sé cómo agradecérselo.
-Con no volver más por aquí, es suficiente.-Sonrió felizmente, mostrando una hilera de dientes perfectos. Definitivamente Cristian no pertenecía a la podredumbre humana que había por esos sitios.
Cuando se disponía a irse le agarré por el brazo. Era frío. Eléctrico.
Me miró, con una expresión extraña.
-Me gustaría agradecérselo.-No quería perderle para siempre. La sola idea de no volverle a ver me mataba por dentro.
Durante unos segundos de duda que se me hicieron interminables, Cristian decidió acompañarme al mundo real.
Andamos por las grandes avenidas y visitamos algunos de los parques que crecían con orgullo en medio de la ciudad.
Hablábamos de cosas sin importancia. Palabras vacías poblaban nuestras absurdas conversaciones llenas de risas nerviosas y mejillas coloradas.
-Mi madre murió cuando yo nací. Mi tía Alice me cuidó como si fuera su propio hijo. No éramos una familia adinerada pero vivíamos medianamente bien.-Cristian soltaba la realidad como si se tratara de una simple fantasía más. Un cuento con final abierto.
Nos sentamos en uno de los bancos del floral parque. La primavera ya estaba haciendo obras de arte en la naturaleza.
-¿Por qué estas en…esos lugares?
-Trabajo en un bar de la zona. Quiero dejar de molestar a Alce. Ya esta bastante mayor y yo solo soy una carga. Así que estoy buscándome un piso de alquiler, pero por ahora no encuentro ninguno…
-Puedes venirte a mi casa…-Solté de repente. En un segundo me arrepentí e intenté explicar lo que mi subconsciente había soltado como una granada en plena paz.-quiero decir, que tengo habitaciones de sobra, libres, podrías pagarme menos de lo que te costaría cualquier otro alquiler y así, dejarías de molestar a Alice.
Cristian me miró dubitativo. No le conocía de mucho pero no me pareció malvado. Además, le debía un gran favor por haberme rescatado de aquel enredo de escoria.
No sé que habría pasado si él no hubiera venido nunca pero prefería no saberlo.
-No sé…tampoco quiero molestar…
-Pagarás una cuota mínima.-Puntualicé.
-pero…no me conoces, podría ser un maniaco.-Le miré y por unos segundos sentí la necesidad de abrazare.
-Te la debo, por haberme salvado sin esperar nada a cambio.
E intenté sonreír.
Después de otro buen rato dudando, aceptó mi propuesta.
A los dos días, la casa abandonada y oscura, parecía iluminada y restaurada con la presencia de Cristian.
A Cristian le pagaban trescientos euros al mes. No eran muchos pero le ayudaban a seguir adelante. De esos trescientos, cien, iban para su tía, como una pensión constante. Luego, treinta y cinco, iban para mí la cual me sentía fatal al recibir dinero del que a penas tiene. Así que, Cristian tenía ciento sesenta y cinco euros para él de los cuales más de sesenta iban en comida y el resto en ropa.
Así que a penas tenía ahorrado.
Todo el dinero que me daba yo lo guardaba en una hucha en mi habitación. Él tenía la contigua, por si necesitaba algo solamente tendría que dar golpes en la pared.
Comíamos juntos, cenábamos juntos y charlábamos juntos.
Cristian, con el paso del tiempo, se había convertido en mi única compañía y en mi alma gemela.
-Me han dado el día libre.-Le dije un día.
Yo trabajaba entonces en una feliz y encantadora heladería dónde, fuera invierno, verano, otoño o primavera siempre se repartía la felicidad en forma de helado. Me encantaba mi empleo aunque siempre llegaba destrozada a casa a final de la jornada.
-Yo hoy salgo más temprano.-Dijo. Nos miramos significativamente durante unos instantes. Le acompañé a su bar y estuve un rato con él.
Cuando marcaron las nueve comenzamos a recoger las mesas y a fregar el suelo. Le ayudé en mi día libre lo que le partió el alma.
-¿Por qué no has aprovechado tu día?
-¿Con quién iba a hacerlo si no es contigo?-Le sonreí, intentando que se hipnotizara con mi sonrisa al igual que yo hacía con la suya.
-Cierras tu.-Dijo uno de sus compañeros despidiéndose.
-Mañana es domingo.-Dijo Cristian, ignorando las órdenes de su compañero.
-Lo sé, tengo pensado algo.
Me miró tristemente. Sentí como algo entre nosotros se rompía.
-Mar, mañana voy a ver a mi tía Alice.
Le miré, con la tristeza pintada en mi rostro.
-Bueno…te puedo acompañar.-Insinué.
-No, Mar, lo siento. Mi tía…en fin… ¿cómo decirlo?-Esperé con el corazón en un puño.-Voy a casarme, Mar.
Mi mundo se cayó a mis pies. Mi alma voló lejos y mi mirada era el reflejo de una cáscara vacía. La concha de ese ermitaño que naufraga en una isla de soledad cuando lo que habita en ella se va a buscar otra mejor.
3 comentarios:
Quiero dejar de molestar a Alce. xD y el alce se kdo sin amigos, gema ^^ esta bastante bien, k corte la pobre mar al final, se kdo to LOL, ahora me dejas con la intriga d k leches le dira cristian, lo haces para mantener en tension, como t dije ya, me a gustado muxo ^^ sigue asi!!!
k se casa?? COMO K SE CASA?? bueno, en verdad me gustaria k se casase, la verdad... creo k soy un poco mala... uy, no me gusta nada xDD (en verdad si k me gusta ser mala) k fuerte... tienes k seguir escribiendo, k kiero saber con KIEN se casa Cristian... ADORO los ojos grises... *O* con toda mi alma, en serio, me ponen (y no es coña) sigue, sigue, SIGUEEEEE :D esperare ansiosa tu relato (a ver si yo termino alguno)
teQuieroO!!!
Besotes asiiiiiiiiiiiiiiiin de grandes
Neli
Gracias por vuestras cálidas palabras que hacen que a una se le sonrojen las mejillas y se le forme una tímida sonrisa en la cara. Seguiré adelante, intentando no desbvelar nada hasta el final. Solamente diré algo: OS VAIS A CAGAR (con lo fina que estaba escribiendo yo) Besos, os quiero mucho!!
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