miércoles, 26 de enero de 2011

CONDENA-tercera parte

Sangre fría e inmortal.
Inmortal.
Me levanté de un salto.
-Tranquilo… Te has puesto nervioso.-Una mujer que no conocía se sentaba en mi blanca cama.
La miré con la incredulidad pintada en el rostro.
-Me llamo Clotilde, no voy a sacarte sangre ni hacerte daño.-Parecía humana, bueno, dentro de lo que cabía. Sus mejillas aun tenían color, su pelo negro parecía tener un brillo cobrizo que me recordaba al de Safira y sus ojos no tenían ese intenso color caramelo.
-¿Qué…eres?-Pude escupir como espasmos.
-No soy lo que tú piensas. Solamente te estamos haciendo unas pruebas, por favor, permanece sin moverte si quieres que podamos ver si tu cerebro está en perfectas condiciones. Te has dado un buen golpe. Túmbate y procura no moverte.
-No. ¿Dónde está Michelle? ¿Qué están haciendo con las personas en este lugar? ¿Qué son los inmortales? ¿Por qué nos sacan sangre?
La mujer no prestó atención a mi torbellino de dudas incoherentes. Con un cuidadoso gesto me hizo tumbarme. En el momento en el que mi espalda dio contra la placa de mármol, supe que no estaba en mi cama, fuertes hierros me atraparon impidiéndome volverme a mover.
-¿Qué está pasando?-Grité cuando me metían por un túnel lleno de siniestras luces. Tenía miedo. Sentía miedo. Me retorcía y me movía intentando escapar de aquella cárcel envenenada. Miraba con súplica a una triste Clotilde.
-Lo siento, Diego, pero yo no puedo hacer nada por ti.-Luego, todo se volvió negro.
Cuando volvía a recobrar el conocimiento me volvía a encontrar en mi cama, pero esta vez era de verdad, no era producto de mi imaginación.
Allí, en la soledad acompañada de esa sala blanca, comencé a llorar. Llorar por mí desgraciada vida y todas las desgracias que la poblaban, por mis padres, por mi hermana y por supuesto, por Michelle. Aquella desconocida a la que le devolví la sonrisa, la que me regaló la mía. Humana y, sin embargo, perfecta.
Lo único que deseaba era morir. Morir rápidamente. Sabía perfectamente que al otro lado los tenía a todos. A todo lo que ansiaba, todo lo que hacía que el pecho me ardiera.
Gritos desgarradores rompieron mis pensamientos oscuros.
-Michelle.-Susurré antes de que notara como metían un tranquilizante en mi suero.
No sabría decir cuánto tiempo me llevé durmiendo, tal vez días, semanas o incluso puede que meses, pero cuando me desperté desee con todas mis fuerzas volver a dormirme.
Había tenido un sueño, un sueño maravilloso y horrible al mismo tiempo.
Corría, como aquella noche en la que llegaba tarde, sin llegar a ningún sitio fijo. Entonces una mujer de cabellos dorados, piel pálida y ojos como lagunas me miraba con una alegre sonrisa. Parecía inmensamente feliz, con ese vestido blanco perla que la hacía más irreal aún.
La intenté seguir por aquellas aguas oscuras que nos rodeaban pero ella huía de mí, sin dejar de sonreír. Y justo cuando estaba a punto de alcanzarla se giró, mirándome con una mirada indescriptiblemente triste.
-Ayúdame.-Susurró una voz melodiosa. –Ayúdame.
Y desapareció dejando miles de plumas en su lugar.
-¿Otra vez soñando despierto?-noté como la conocida aguja se metía en mi piel.
No respondí a la pregunta.
-Estamos pensando en poner una ventana en la habitación, hay gente que se vuelve loca sin ver la luz del sol, como tu amiga Michelle que empezó a decir tonterías.
Seguí sin inmutarme, aunque el nombre de Michelle pronunciado por sus carnosos y rojizos labios me hizo estremecerme.
-Sé que la echas de menos.-Susurró, mientras continuaba su siniestra tarea.-pero comprende que la tuvimos que quitar del medio.
Las últimas palabras me hicieron ver la realidad de mis pesadillas.
-Entonces es verdad.-Dije por fin, rompiendo mi silencio.-La habéis matado.
-No. Yo no he dicho que la hayamos matado, he dicho que la hemos tenido que quitar del medio. Podía volver loco a más de uno, Diego, te hemos salvado tu cordura.
-Prefiero estar toda mi vida loco con ella que un solo día de mi existencia cuerdo sin ella.
Miraba hacia un punto de la habitación cuando Safira quitó bruscamente la aguja de mi piel. Cuando se disponía a largarse, como siempre lo hacía, se giró, clavándome esa mirada color caramelo.
- Pensé…que yo era la única que podía volverte loco.
-Desde luego…-Dije con ironía.-eres la que más me está volviendo loco, pero loco de verdad.

domingo, 16 de enero de 2011

CONDENA-segunda parte

Me consumía al igual que todos los que estaban allí. Sus rostros eran casi tan pálidos como los de aquellos que se hacían pasar por enfermeros. Gastados. Miles de palabras incoherentes se evaporaban con el viciado polvo de esa blanca sala. Blanca, como el resplandor de las nubes cuando les da el sol.
Y después estaban los gritos de agonía que siempre eran los mismos. De la misma estúpida persona que se dejaba engañar demasiado, con tal de conseguir una perfección inexistente en ella.
Agonizante estaba mi compañera de camilla. Lloraba y sonreía a la vez. Loca. Sin fuerzas para seguir adelante. Su cabello rubio había perdido ese brillo místico y sus ojos azules pedían la súplica de seguir viviendo. Pero, al poco rato su supuesto enfermero vino otra vez para sacarle sangre. Era guapo, realmente guapo.
Moreno, con la piel blanquecina, casi translúcida, y un cabello negro oscuro, tizón.
Cuando se hubo marchado, finalizando su cotidiana tarea, decidí intentar apoyar a la chica.
-¡Eh!-Dije para llamar su atención. Ella me miró con asombro, como acabándose dar cuenta de mi presencia.- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Yo solamente, según mis cálculos de día y noche, llevaba una semana y media y ya me estaban consumiendo el alma. Sin poder ver otra cosa que esa molesta luz sombría que iluminaba la sala.
-Un mes.-Dijo ella, en un susurro de agonía.
-¿Cuántos años tienes?
-Hoy cumplo dieciocho.-Su tristeza era tan inmensa que terminé contagiándome por ella.
-¿Tienes familia?
-Tenía una hermana mayor que yo, pero hace doce meses desapareció sin dejar rastro.
-¿Y tus padres?
-Murieron en un accidente de tráfico.
Una bombilla se iluminó en la penumbra de mi mente. Los donantes de sangre eran gentes sin familia, sin nadie que se preocupara por ellos, si morían, nadie se daría cuenta. Gente sin vida en busca de algo que les hiciera vivir. Eran perfectos para matarles sin dejar sospechas en nadie.
Casos abiertos sin un fin concreto.
-¿Qué crees que son?-Susurré, intentando mirarle a los ojos, ahora dos mares sin esperanzas.
-¿No es obvio? Necesitan nuestra sangre, son perfectos y astutos…
-¿Vampiros?
La chica sonrió débilmente, como si mi deducción le hubiera hecho gracia.
-No, peor que eso. Inmortales.
Ambos callamos cuando mi antigua amante vino hacia mí con una de sus agujas sedientas de sangre.
La palabra inmortal voló por mi mente como una mariposa dirigiéndose a la luz.
-¿Qué tal estás?-Preguntó con sorna mi odiosa enfermera perfecta. Sus cabellos cobrizos me parecieron serpientes envenenadas.
-¿Tu qué crees?-La aguja penetró en mi piel, como todos los días.
-Yo creo que sí estas muy bien.
-Entonces debes de revisarte la vista.-Apretó más la dichosa aguja en mi brazo. Hice un gesto de dolor contenido.
Ella sonrió, satisfecha de haberme hecho daño.
La odiaba. Siempre la había odiado. Incluso cuando la amaba con locura, odiaba esa perfección que la rodeaba, ese orgullo que la hacía superior a los demás.
La odiaba. Sí, estaba claro.
Luego, como siempre hacía, se largó con la sangre que me había sacado por la misma puerta de la que había aparecido.
-¿No tienes miedo?-Dijo mi compañera de pelo rubio.
-Hace tiempo que perdí el miedo. Desde que entré por esa puerta.
-¿Tienes familia?
-Mis padres desaparecieron al igual que tu hermana y mi hermana pequeña murió.-No di detalles de la muerte de mi hermana, me hacía demasiado daño, incluso más de lo que me podía hacer Safira, la mujer envenenada, mi eterna enfermera.
-Creo que ellos los metieron aquí. Creo que deben de estar en algún punto de este castillo.
Nuestra conversación se volvió en susurros que escondía palabras secretas.
-yo hace tiempo, que he dejado de creer.
-A mi me pasaba lo mismo…hasta que me hablaste.-Su voz se cortaba por la debilidad que se estaba adueñando de ella.-Deseo volver a ver la luz del sol. Aunque solamente sea una vez. Aunque ya no la vuelva a ver. Necesito verla.
-¿Cómo te llamas?-Pregunté de repente.
-Michelle.-Suspiró.- ¿Y tú?
-Diego, me llamo Diego.
Mágicamente, supe a la perfección, que ese segundo de nuestra mísera existencia en el que ambos pudimos sonreír de verdad, superando las barreras de la muerte, nos uniría para siempre. Siempre. Para nuestro siempre.
El perfecto enfermero de Michelle entró de repente. Ambos nos quedamos asombrados. Aun era demasiado temprano para sacarle sangre. Sin decir nada, cogió su camilla. Una mirada desesperada de Michelle se clavó en la mía.
-¿Dónde la llevan?-Pregunté por fin. El perfecto enfermero se dignó en mirarme con la indiferencia que se mira a un mosquito.
-Eso no te incumbe a ti.-Escupió. Luego, prosiguió su tarea de llevarse la camilla de Michelle por aquella puerta que conducía a la sala de torturas.
Sin saber muy bien por qué el pánico se apoderó de mí y me dio fuerzas invisibles para levantarme, quitarme el suero que entraba por mis venas y correr para abrir la puerta. Pero antes de que pudiera llegar a mi meta dos fuertes enfermeros perfectamente pétreos me hicieron perder el conocimiento.
Cuando me levanté me dolía la cabeza, el brazo y todo mi cuerpo en general, pero lo que más me dolía era el corazón, el cual había provocado que mis ojos estuvieran húmedos y mi boca seca.
Michelle había muerto. No cabía duda. Ya la habrían visto débil cómo para que dieran buena sangre y la habían matado como animales, comiendo su carne fríamente, seca, sin vida. Despedazándola cruelmente, desollándola sin cuidado, a sangre fría.