Sangre fría e inmortal.
Inmortal.
Me levanté de un salto.
-Tranquilo… Te has puesto nervioso.-Una mujer que no conocía se sentaba en mi blanca cama.
La miré con la incredulidad pintada en el rostro.
-Me llamo Clotilde, no voy a sacarte sangre ni hacerte daño.-Parecía humana, bueno, dentro de lo que cabía. Sus mejillas aun tenían color, su pelo negro parecía tener un brillo cobrizo que me recordaba al de Safira y sus ojos no tenían ese intenso color caramelo.
-¿Qué…eres?-Pude escupir como espasmos.
-No soy lo que tú piensas. Solamente te estamos haciendo unas pruebas, por favor, permanece sin moverte si quieres que podamos ver si tu cerebro está en perfectas condiciones. Te has dado un buen golpe. Túmbate y procura no moverte.
-No. ¿Dónde está Michelle? ¿Qué están haciendo con las personas en este lugar? ¿Qué son los inmortales? ¿Por qué nos sacan sangre?
La mujer no prestó atención a mi torbellino de dudas incoherentes. Con un cuidadoso gesto me hizo tumbarme. En el momento en el que mi espalda dio contra la placa de mármol, supe que no estaba en mi cama, fuertes hierros me atraparon impidiéndome volverme a mover.
-¿Qué está pasando?-Grité cuando me metían por un túnel lleno de siniestras luces. Tenía miedo. Sentía miedo. Me retorcía y me movía intentando escapar de aquella cárcel envenenada. Miraba con súplica a una triste Clotilde.
-Lo siento, Diego, pero yo no puedo hacer nada por ti.-Luego, todo se volvió negro.
Cuando volvía a recobrar el conocimiento me volvía a encontrar en mi cama, pero esta vez era de verdad, no era producto de mi imaginación.
Allí, en la soledad acompañada de esa sala blanca, comencé a llorar. Llorar por mí desgraciada vida y todas las desgracias que la poblaban, por mis padres, por mi hermana y por supuesto, por Michelle. Aquella desconocida a la que le devolví la sonrisa, la que me regaló la mía. Humana y, sin embargo, perfecta.
Lo único que deseaba era morir. Morir rápidamente. Sabía perfectamente que al otro lado los tenía a todos. A todo lo que ansiaba, todo lo que hacía que el pecho me ardiera.
Gritos desgarradores rompieron mis pensamientos oscuros.
-Michelle.-Susurré antes de que notara como metían un tranquilizante en mi suero.
No sabría decir cuánto tiempo me llevé durmiendo, tal vez días, semanas o incluso puede que meses, pero cuando me desperté desee con todas mis fuerzas volver a dormirme.
Había tenido un sueño, un sueño maravilloso y horrible al mismo tiempo.
Corría, como aquella noche en la que llegaba tarde, sin llegar a ningún sitio fijo. Entonces una mujer de cabellos dorados, piel pálida y ojos como lagunas me miraba con una alegre sonrisa. Parecía inmensamente feliz, con ese vestido blanco perla que la hacía más irreal aún.
La intenté seguir por aquellas aguas oscuras que nos rodeaban pero ella huía de mí, sin dejar de sonreír. Y justo cuando estaba a punto de alcanzarla se giró, mirándome con una mirada indescriptiblemente triste.
-Ayúdame.-Susurró una voz melodiosa. –Ayúdame.
Y desapareció dejando miles de plumas en su lugar.
-¿Otra vez soñando despierto?-noté como la conocida aguja se metía en mi piel.
No respondí a la pregunta.
-Estamos pensando en poner una ventana en la habitación, hay gente que se vuelve loca sin ver la luz del sol, como tu amiga Michelle que empezó a decir tonterías.
Seguí sin inmutarme, aunque el nombre de Michelle pronunciado por sus carnosos y rojizos labios me hizo estremecerme.
-Sé que la echas de menos.-Susurró, mientras continuaba su siniestra tarea.-pero comprende que la tuvimos que quitar del medio.
Las últimas palabras me hicieron ver la realidad de mis pesadillas.
-Entonces es verdad.-Dije por fin, rompiendo mi silencio.-La habéis matado.
-No. Yo no he dicho que la hayamos matado, he dicho que la hemos tenido que quitar del medio. Podía volver loco a más de uno, Diego, te hemos salvado tu cordura.
-Prefiero estar toda mi vida loco con ella que un solo día de mi existencia cuerdo sin ella.
Miraba hacia un punto de la habitación cuando Safira quitó bruscamente la aguja de mi piel. Cuando se disponía a largarse, como siempre lo hacía, se giró, clavándome esa mirada color caramelo.
- Pensé…que yo era la única que podía volverte loco.
-Desde luego…-Dije con ironía.-eres la que más me está volviendo loco, pero loco de verdad.
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