jueves, 1 de abril de 2010

Semana Santa



Ya salen. A lo lejos se escucha la banda tocar. Esa banda que te llega al corazón con esos tambores que resuenan en tu interior y que te hacen, por muy poco religioso que seas, que tus ojos se cristalicen por unos segundos.
Intentas llegar a verla, lo más cerca posible, pero te es igual porque ya está ahí. Te quedas mirándola, con la respiración contenida. No puedes hablar y el millón de personas, que te rodean y te estrujan como condición de formar parte de la masa humana que la rodea, están en silencio, cautivos por la misma sensación que tú tienes, la cual emana del paso.
Y la ves, ya sea a un paso de distancia como a tres kilómetros. Y la sientes tan a dentro que no sabes si es tu corazón el que llevan los costaleros o es la Virgen, tan hermosa como la recuerdas el año pasado, y te da por pensar en todos los años en los que ha salido (que no son pocos) y en los que le queda por salir.
Te embarga esa sensación de pertenecer a algo y observas con admiración como camina. Paso a paso se dirige, lentamente, hacia alguna parte la cual desconoces. Los nazarenos, con sus capirotes, pasan desapercibidos ante ella.
La banda sigue llevándose con ella nuestra respiración. El sol la ilumina y el palio se alumbra como si de una divina aureola se tratase. Los ojos te empiezan a brillar como antes, pero esta vez de una manera especial, porque la sientes.
Y es que es Semana Santa, época en la que los ateos se dan la mano con los creyentes, época en la que el arte sale a la calle. Época en la que las tiendas se llenan, en la que los turistas llegan de todos los lados del mundo. Época en la que se te encoge el corazón con tanta facilidad que tienes miedo.
Por eso y no por otra cosa, a mí, me gusta la Semana Santa.

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