Hacía frío, unido, por supuesto, con un temible viento. Era invierno y la lluvia cubría los rostros de aquellos que no tenían paraguas.
Pero a mí me daba lo mismo. Yo era la típica persona que le resbala absolutamente todo. En temas sentimentales soy penosa, lo reconozco. Por supuesto, la gente al verme retrocede. Me consideran temible.
Y me gusta.
Voy, chulescamente, por la calle. La lluvia choca contra mi rostro, pero me da igual. Mi pelo castaño está empapado y mis ropas pesan el doble. Pero a mí me da lo mismo. Es más, me gusta. Así sé que sigo viva, que puedo sentir algo.
Puedo sentir la lluvia chocar en mi rostro. Puedo sentir la ropa mojada tocar mi piel y ponerme los pelos de punta. Y si cierro los ojos puedo imaginarme en mitad del océano o un acantilado. Puedo juntar todo lo que siento e imaginarme así dónde encontrarme.
Pero la verdad es que estoy en una de las grandes avenidas de Paris. Con suerte me puedo resguardar en locales. Pero…no, paso. Me gusta saber que estoy viva.
Paso entre la gente que me mira como si estuviera loca. Bah.
Miro a mí alrededor y veo miles de personas. Cada una tiene una historia que contar, una vida que vivir. Es bonito. Lloraran, reirán, tendrán hijos, se casarán y todo ese rollo. En resumen, vivirán.
Pero yo quiero ser diferente. Yo quiero ser original. Paso de los chicos y ellos pasan de mí. Es como si hubiéramos firmado algún tipo de pacto. Muchas chicas de mi edad se deprimirían, se pasarían horas y horas llorando en la almohada. Pero, como he dicho antes, a mí me resbala todo o no…
Seguía caminando por la gran avenida. Los coches se pitaban entre ellos. Al final pude ver la boca del metro. Me mentí.
Apenas tardé en llegar. Mi destino… El cementerio de Montmartre. Allí descansaba mi difunta madre.
Si alguna vez sentí algo hacia alguien fue, sin duda, hacia ella. Cada tarde de cada sábado iba a llevarle flores. Cada tarde de cada sábado desde hace doce años.
Tenía diecisiete espléndidas primaveras y estaba a punto de pasar otra más. Mis sueños e ilusiones habían desaparecido. Ahora era fría, sin vida. Algunos decían que estaba muerta en vida, otros que era la chica más apática del mundo y, un grupo minoritario decía que era un fantasma y que había venido a vengar la muerte de mi madre.
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