El sol ya se estaba poniendo como una pelota que cae en el horizonte del universo, despidiéndose así hasta mañana y dejando en su lugar a una hermosa luna. El sueño se coló en mí, como siempre hacía, invitándose antes de pedir permiso.
La ausencia del sol y, en esa noche especialmente, la cadencia de luz lunar, despertaron lo que en un rincón escondido dentro de mí había: imaginación. Cuando menos vemos es cuando más podemos imaginar.
Ya lo decía una amiga mía: nadie puede negar la evidente. Y todo es evidente de día. Así que la noche, deseada por los poetas y ansiada por los trabajadores, es un paraíso sin fronteras para desarrollar esa capacidad imaginativa que todos llevamos dentro.
Estaba entonces volviendo para casa, por las oscuras calles y los estrechos callejones cuando vi que una tienda de jardinería estaba cerrando en ese momento. Como movida por un impulso decidí impedir su cierre por unos segundos de compras.
-Perdone, me gustaría mirar una cosa, se me ha hecho muy tarde y no sabía a qué hora cerraban así que no he podido llegar antes y es urgente…-El dueño o el dependiente me miró con indiferencia.
-Lo siento, vuelva mañana.
Sentí cómo alguien me miraba. Me fijé, y aún me pregunto por qué, en una figurita de un enano que se erguía con orgullo a pesar de su estatura en el escaparate de la tienda.
-Por favor, ya sé lo que voy a comprar y lo necesito porque…porque mañana me voy de viaje.-No soné muy convincente pero la curiosidad atrapó los sentidos del tendero como una serpiente atrapa a su presa. Fuerte, mortífera.
-¿Y qué se supone que quiere comprar?
-Ese enano-Dije señalando el feliz hombrecillo de gorro rojo con forma de pico.
El dependiente no dijo nada durante unos segundos de duda.
-La verdad es que ese lo estamos intentando vender como sea…nadie quiere ya a los enanos de jardín, se pasó la moda, ya sabe…como todas las modas, vino y se fue tan pronto como llegó.
Sonreí débilmente con un reflejo de esperanza en mis ojos. Tras poner los ojos en blanco, el tendero, subió de nuevo su pesada verja, dejando ver mejor una puerta de cristal que conducía a la extraña tienda, llena de objetos inútiles la mayoría y útiles un pequeño porcentaje.
-¿Cuánto vale?-Pregunté, dudosa de tener el dinero suficiente.
-Lo hemos rebajado tantas veces que ya ni me acuerdo, espere que lo mire, un segundo.-El joven dependiente se dirigió a coger el viejo enano, el cual en su mirada de porcelana podía verse un extraño reflejo de tristeza.-8 euros. Ya le dije, ya lleva varios años aquí, estuvimos a punto de llevarlo al almacén y donarlo a algún sitio, pero aun conservábamos la esperanza y nos daba pena, la verdad.
-Aquí tiene.
-Muchas gracias, ¿quiere que se lo envuelva?
-No, deje, deje. Vivo cerca.- Sonreímos ambos sin saber por qué.
Cuando llegué a casa parecían habitar fantasmas en ella. Abrí sigilosamente la vieja verja de hierro ennegrecido y cubierto por trepadoras la cual rodeaba la casa, y dirigí mis pasos hacia la segunda puerta.
-Te buscaré un sitio en mi jardín, cuando lo arregle un poco.-Dije a la nada sorteando los hierbajos y las ortigas. Lo tenía totalmente abandonado a la mano del destino.
Rebusqué con nerviosismo la llave en mi bolsillo. Abrí la vieja puerta de madera que cedió con obediencia ante mis empujones.
Una oleada de polvo nos recibió con agrado. Tosí varias veces intentando no intoxicarme.
-Odio esto.-Sentencié, dejando al recién llegado en la entrada.
Subí la escalera de caracol que nos recibía nada más entrar. Despacio, intentando no marearme con sus insinuantes curvaturas, intenté llegar hasta el final de la escalera. Subiendo lentamente, escalón por escalón.
Allí, un pasillo oscuro, se formaba con la construcción de las habitaciones. Por lo menos cinco puertas se agolpaban dispuestas a ser abiertas. Me dirigí con paso seguro hacia la última. Ya sabía yo de sobra, lo que allí me esperaba.
A la luz de una vela una vieja mujer leía un libro, del mismo desgaste.
-¿Mamá? ¿Aún estas despierta?
Una mirada experta y calculadora se clavó como una estaca en mí. Mi madre tenía entonces noventa y nueve años, y, yacía en su futuro lecho de muerte.
Ya lo sabíamos ambas pero ninguna lo queríamos admitir. Me senté en la mullida cama y agarré su mano.
-Estaba viendo…-Dijo con la voz gastada, casi irreconocible en su juventud. Oh, el tiempo, que malvado es.-…el álbum de fotos, pequeña, mira, aquí esta tu padre.
Su arrugado y deforme dedo, a causa de la artrosis, señaló con la fuerza de un enfermo, un hombre guapo, fornido y de fuerte temperamento. Sus ojos eran negros al igual que su pelo, de todas formas la foto era en blanco y negro y a penas se distinguía la belleza de su rostro.
Pasando una gastada página me encontraba yo, pero un yo ya olvidado en el lienzo de la memoria.
-Y esta eras tú…mi pequeña gota de agua.-Mi madre solía calificarme con apodos poco cotidianos. En cada etapa de mi vida, aun no habiendo recorrido todas, me había puesto un mote diferente.
Cuando era pequeña, como ya ha mencionado antes, me llamaba gota de agua, nadie sabe aun por qué. Cuando me hice niña me llamaba chocolate, ella decía que porque era dulce como el chocolate. Y, cuando fui adolescente, me llamaba cebollita, porque decía que cuando me veía lloraba y cuando se intentaba acercar a mí yo me cerraba. También porque era muy difícil saber como era ya que tenía demasiadas capas y era enrevesada. Yo solamente estaba formando mi personalidad…
Por último, a la edad en la que ahora me encontraba, me llama flor de primavera, pero, al igual que me pasa con gota de agua, no sé el por qué.
-Aquí fue cuando aprendiste andar.-Dijo haciéndome que conectara con la realidad.-Oh…-Se le cortó la voz.
Comprendí que había terminado la visita por el pasado. Cerré el viejo álbum y lo guardé en una estantería perdida en el recuerdo de la habitación.
-Creo que debes descansar.-Dije con voz dulce.
-Pequeña flor de primavera…aprovecha ahora tu juventud-Solía decir frases sin sentido cuando entraba en el trance del sueño, pero, misteriosamente todas se me quedaban grabadas.-ahora que aun eres fresca y dulce, ahora que aun no te has marchitado…
-No te has marchitado-Dije con consuelo, mientras la arropaba. Cada día se iba haciendo más chiquitita. La cama en la que antes apenas cabía ahora sobraba. Parecía enorme en comparación con ella.
-Tienes razón…-Dijo en un suspiro, ya cerrando los ojos-…yo ya estoy podrida.
La miré con ternura y compasión mientras apagaba con la suavidad del soplo aquella vela encendida.
Desde esa noche…ya no volvió a abrir más los ojos.
El ataúd era pequeño, como ella era ahora. Su piel era pálida, a contaste con su moreno de juventud. El tiempo ya había jugado con ella correteando por su piel en forma de arrugas envenenadas que ahora, parecían ser relieves tallados en una piedra.
Con lágrimas en los ojos a penas pude ver como el féretro entraba en la Iglesia, al compás del sombrío órgano. Mil y un sonidos se escucharon a la vez y pude ver cómo los ángeles del cielo bajaban a cantar, con sus melodiosas voces y se llevaban el alma, ahora joven y libre, de lo que un día fue mi madre y de lo que ahora era…un cuerpo inerte sin vida.
Tras suspiros y miradas melancólicas a los recuerdos, decidí seguir adelante. De luto, me dirigí al cementerio. Sola, pues ya mi madre y yo habíamos enterrado a todos sus conocidos. Y yo, siempre había estado encerrada en aquel mundo ficticio que yo misma había creado. Caminé con un ramo de rosas frescas, con pequeñas espinas que se clavaban en mi piel, haciéndome saber que estaba viva y que mi madre, ya no.
Llegué a las siniestras puertas del cementerio, justo en otro atardecer. Con ese juego de colores rosados que daban más melancolía a aquel entorno.
Allí, una tumba abierta se cerraba, esperando que otro nicho la hiciera volver a abrirse. El enterrador se dignó a mirar mi desgastada figura.
-Lo siento.-Susurró, apoyando su fría y delgada mano en mi hombro.
Asentí con la cabeza y sonreí débilmente, en señal de que sus palabras me habían sido útiles. Pero en realidad, no habían sido así. Habían sido letras sin sentido que el viento, como todo, se las había llevado. Movimientos con la lengua que producían extraños sonidos.
Reposé las suaves y delicadas rosas en la fría tumba y miré con la tristeza de la soledad las letras que allí descasaban al igual que sus propietarios, para siempre.
‘’Aquí descansa la familia Sancar’’
Repasé con mis dedos, recorriendo la perfecta caligrafía y sintiendo una tremenda angustia que ahora empezaban a embargar todo mi ser.
No sabría decir cuantas horas me llevé allí, pensando en lo desgraciada que iba a ser mi vida, pero puedo decir, que cuando salí de ese lugar la oscuridad se había apoderado de aquel territorio, dejándolo aún más tétrico y terrorífico.
El tren pasó por al lado, iluminándolo todo intermitentemente, con su velocidad y su ruido de acompañantes inseparables.
Miraba el suelo, sin intentar si quiera levantar la vista. Sabía que ese día llegaría, solamente me quedaba aceptarlo.
Aceptar que, ahora, mi madre estaría mucho mejor.
Al día siguiente me fui a la universidad. Allí pasaba desapercibida entre los millones de estudiantes que se agolpaban en busca de un futuro mejor. Pero yo, realista e idealista, fantástica y ficticia, lo tenía muy claro.
Quería ser dentista, desde tiempos inmemorables y a mis veinte tres años aun mantenía ese sueño.
Un día un chico muy guapo se acercó a mí. Aun recuerdo su perfume, que se me quedó grabado en la memoria de los sentidos. Entonces yo tenía dieciséis estupendas primaveras y mis dos padres aun vivían, felices. Me sonrió y soltó con una voz melodiosa: Tú tienes pinta de ir para dentista.
Desde entonces persigo ese sueño que en un principio se me hizo inalcanzable, y que, ahora, tras horas y horas de estudio y dedicación, se me hacía más cercano.
Mi frágil e ingenuo corazón ya se había roto cuando empecé segundo de carrera. El perfecto hombre ideal con el que tantas noches había soñado, abrazaba, emborrachado de tanto amor, a una desconocida chica de cuya procedencia, lugar o nombre me importaba bastante poco. Hasta que descubrí que se trataba de mi vecina.
Tras lágrimas innecesarias e intentos fallidos de concentración, intenté hacer amigos. Pensé que un cambio no me vendría mal, pero…ya todo el mundo tenía su vida hecha y yo solo estropearía los planes de los demás.
Así llegué al punto que nunca quise llegar. Al punto de la eterna soledad.
Cuando llegué a casa me encontré un feliz enano en la entrada.
-Bueno, al menos te tengo a ti.-Susurré en la soledad.
Me fui a la cocina a preparar algo de comer, aunque a penas tenía hambre.
Misteriosamente, llamaron a casa.
Sin podérmelo creer y pensando que sería alguien que se habría equivocado, respondí abriendo la puerta de par en par. Con la emoción en el rostro y la ilusión de la compañía en la cara.
-¿Si?-Dije, intentando ver entre las sombras.- ¿Hola?
Al otro lado de la verja, no había más que oscuridad. Entonces, con las heridas incurables y el corazón destrozado en la mano, vi como él me sonreía tímidamente.
-Lo siento, me he equivocado.
Por unos segundos tuve la esperanza de que se girara y cambiara de dirección, que por un instante se fijara en mí y me dijera: te conozco, me suenas…
Y yo pudiera, después de tanto tiempo, volver a sonreír tímidamente, con las mejillas color primavera.
Pero siguió hacia delante, hasta llegar a la casa de al lado, donde una perfecta mujer, le esperaría para siempre. La casa de al lado…idílica e irreal. Como sacada de un cuento de muñecas.
La chica era rubia, maja y bastante guapa. Pero, para desgracia de todo el que la rodeaba, era realmente tonta.
Tal vez por eso me alegraba de que yo no le gustase a él.
Mi madre siempre decía que nadie es perfecto. Y que gran verdad. Lo que uno tiene en un lado le falta en el otro.
Somos como una masa uniforme, que para poder diferenciarse tiene distintas formas que lo hacen que sea especial y deje de ser uniforme.
A mí siempre me ha gustado ser como soy. Aunque no voy a negar que en mi eterna adolescencia no me odiara ni una sola vez.
Suspiré y cerré la puerta.
-Creo que me voy a comprar un gato.-Pensé en voz alta y volví a mi simple tarea en la cocina.
Al día siguiente la casa se encontraba más vacía. Con falta de vida y habitantes miré el techo.
Me vestí e hice el ritual matutino. Era sábado así que tenía que trabajar en la pastelería.
Los sábados por las mañanas trabajaba en la pastelería para ganar algo de dinero con el que poder sobrevivir. Mis compañeros no se atrevían a acercarse mucho a mí, aun no sé por qué, y se mantenían a una distancia prudencial. Con mi jefa no pasaba lo mismo, era la única persona que podría decirle ‘’amiga’’ y eso que nos veíamos una vez al mes.
Dejé el enano olvidado en la entrada y proseguí mi marcha hacia mi mañana del sábado. Allí me encontré el mismo ambiente de siempre.
Sonrisas falsas, miradas tristes, dulces, pasteles, dulces, sonrisas falsas…y así constantemente. Hasta todo lo que podía durar las seis horas que completaban la mañana.
Llegué ese día especialmente agotada. Me quité los zapatos en la entrada, junto al feliz enano y proseguí a tumbarme en el sofá.
Allí, volví a derrumbarme y llorar sin sentido.
Pasaron las horas, los días e incluso los meses. A penas comía y mi delgadez empezaba a notarse, pero no tenía a nadie que me dijera: come, ni nada que me diera fuerzas para poder decir: vive.
Me sentía como una hierva, que crece, crece para que luego sea comida. Que no hace nada con su corta existencia, que solamente esta ahí y ya esta.
La soledad del hogar vacío me consumía y las horas me aplastaban.
Ya no soportaba más seguir viviendo, pero confiaba en seguir viva. Tenía que hacerlo, por aquella persona sin rostro que me imaginaba como compañera en un futuro próximo. Pero el futuro cada día se acercaba más a mí y esa persona inexistente no aparecía nunca.
Una tarde me quedé dedicándome unos segundos. Contemplaba como las olas del mar chocaban con las rocas. Una y otra vez. A veces con furia y otras veces con dulzura.
-‘’Tu eras el huracán y yo la alta
Torre que desafiaba tu poder:
¡Tenías que estrellarte o que abatirme!
¡No pudo ser!’’
Me giré lentamente al escuchar esos versos perdidos en un libro de poesía de Bécquer. Un hombre sonreía ante mi sorpresa.
Era más alto que yo, o eso parecía al estar como una cabra montesa entre las picudas rocas de piedra. Sentada estaba, embobada por esa extraña belleza que lo envolvía, como a un bombón el papel de plata. Juré no olvidar su rostro y mucho menos sus ojos.
Perfectos para un hombre de piel pálida. Grises, con un cierto brillo de seguridad, propia de un hombre de la edad que aparentaba.
-Treinta y tres.-Dijo. Me quedé mirándole sin entender sus palabras, mientras el extraño y desconocido sujeto se acercaba a mi lugar de descanso.
El mar revuelto se escuchaba como una melodía de fondo.
-¿Treinta y tres?-Comprendí al pronunciar aquellas palabras que aun podía hablar.
-Tengo treinta y tres años, respondiendo a tu muda pregunta. Y no, no te voy a decir cómo lo sé.
-¿Lees la mente o algo así?
-Algo así.-Sonrió pícaramente. La verdad es que aparentaba tener cerca de veinte seis, por ese aspecto juvenil y esas ganas de ser feliz, que no digo nunca que no se puedan seguir manteniendo a los treinta y más allá. Pero ese aspecto despreocupado de la vida y burlándose de la dama de negro le hacía parecer más joven de lo que era. Cosa que lo envolvía en una belleza indescriptible.
-Creo que debes de ser producto de mi imaginación-Concluí a través de mis deducciones.
-La conclusión es aquel lugar al que llegamos cuando nos cansamos de pensar.-Le miré. Se había sentado, entonces, a mi vera.-no soy producto de tu imaginación, soy humano, no seas tonta. Me llamo Eleazar, pero todos me llaman Ele.
-Ah…yo…-No sé por qué la estupidez de la adolescencia surgió en mí como un torbellino llevándose toda la poca cordura que me quedaba.-…yo soy Negara, encantada.
Sonreí tontamente, sin saber muy bien lo que estaba haciendo. Mis manos me temblaban y mis mejillas cada vez estaban más rojas. La simple idea de que pudiera existir de verdad me ponía las emociones como piel y el corazón como cerebro.
-Es muy bonito…-Dijo, perdiendo su gris mirada en la profundidad del horizonte.- ¿Dónde quieres ir hoy?
Le miré sin saber aun si era verdad su existencia y pensé, por loco que pareciera, un lugar dónde poder estar con él.
-Ele…-Dije.-yo ya no tengo ningún lugar.
Hizo un amago de sonrisa aun sin apartar su perdida mirada.
-Que bien…porque yo tampoco.
Silencio. Nos rodeó, como el mar rodeaba a las rocas, en un desesperado intento de romperlas.
-Me gusta mirar el mar.-Sus dulces palabras llegaban a mis oídos como melodías ansiadas en esos meses de soledad.-me gusta ver como choca contra las rocas, como si fueran dos amados en un intento de despedida que se repite eternamente, al no querer decir adiós.
-Nunca se quiere decir adiós.-Susurré, más para mí misma que para él. Pero él, con su perfección, se dignó en mirarme, apartando la mirada de su deseado mar.
-‘’Adiós’’ es una palabra triste.
2 comentarios:
oooooooh k bonito gema,a ver si lo continuas, tengo ganas de leer mas,de donde te sacas esos nombres para los personajes? ^^ bueno ya estoy feliz, por fin comente en tu blog
Animo!!!
P.D. Es peligroso cruzar el umbral de tu puerta, pones los pies en el camino y si no cuidas tus pasos no sabes donde te pueden llevar.
Gracias por tus cálidas palabras :D y los nombres...sinceramente son los primeros que se me ocurren XDDD espero no haberlos sacado de ningún lado xDD
la PD no la entendí bien pero intentaré no cruzar el humbral de tu puerta xDD
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