Mi cuerpo estaba cansado de llevar las pesadas prendas. El viento impedía que saliera con rapidez de aquel siniestro lugar. Un paso tras otro.
Como si se tratara de una máquina. Mi rostro no hacía ninguna referencia sobre lo cansada que estaba ni sobre mi incomodidad. Ni si quiera se notaba que hubiera estado llorando.
Era de piedra. Pero, ante todo, era humana.
Caí al suelo. Me sentía muy pesada. La fuerza que muchos temían se había agotado por completo. Como si se me hubieran acabado las pilas…
Me quedé en el suelo impotente. Tenía frío y la humedad me estaba calando. Mi cuerpo temblaba violentamente. El viento soplaba ferozmente acompañado por una intensa lluvia.
Pero tenía que ir, no podía morir ahora. Mi madre me esperaba cada sábado por la tarde. Y yo tenía que acudir a mi eterna cita.
Mis pelos me cubrieron la mayor parte de mi rostro. Me arrastraba por el suelo. Las tumbas estaban empapadas, llenas de barro. Y yo estaba en el suelo. Agarrándome con las manos donde podía para poder continuar mi trayecto hacía la salida.
Pero era imposible. Mi ropa pesaba demasiado. Tosí otra vez.
-Ayuda…-Dije al principio como un susurro.- ¡Ayuda!-Elevé la voz.-No puedo moverme….-Mi voz empezaba a ser ronca. Aun así seguía gritando. Como si se me fuera la vida…- ¡Ayuda! Por favor…-seguí retorciéndome en el suelo.-Por favor…
La lluvia seguía siendo intensa. Nadie estaba a mí alrededor, al menos, vivo.
Tonta, seguí gritando. Arrastrándome hacia ninguna parte. Entonces, de la nada, apareció un chico.
Corría hacia mí, la cual ya había dejado de gritar. Me sentía fatal. Mi cuerpo había dejado de retorcerse. Mis manos estaban agarrotadas al suelo, intentando alejarse de allí. La lluvia se había vuelto un poco más suave pero el viento seguía removiendo mis sucios cabellos. Estaba bocabajo. Mis ojos veían con impotencia como mi corta existencia se desvanecía.
Mi infancia, mi adolescencia y el día de hoy. Todo. Lentamente.
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