domingo, 14 de marzo de 2010

El ombligo del árbol cap.5 tercera parte

-Elsa, vamos, a comer.-Dijo mi padre. Pude distinguir que seguía enfadado conmigo.
Abrí los ojos. Allí estaba todo igual que cuando los había cerrado hace dos días. En cambio yo había cambiado tanto que me sentí fuera de aquel sitio. Normal, cotidiano. Un sitio que no me recordaba a mí.
Salté de la cama con más energía que nunca. Me había acostado con la ropa por lo que no tuve que cambiarme.
-¿Hoy comemos pizza?-Dije cuando el olor a pan orneado llegó a mí.
-Sí. Ten, aquí tienes.-Me senté en la pequeña mesa de la cocina.
Blanca a juego con el resto de los muebles. Yo siempre había pensado que la cocina era el sitio más chico de la casa. Incluso más que el baño. Pero a mi resultaba acogedor.
Masticamos sin decir nada. Comimos sin discusiones ni tormentos. Disfrutando de cada sabor…
-¿Por qué has tardado tanto en llegar a casa?-Hasta que mi padre empezó a hablar.
Bebí un trago de mi vaso de agua.
-Allen me enseñó su casa.-Secante.
-Pero, cuando él te trajo estabas como exhausta…¿qué ha pasado?
-Nada, simplemente me mareé un poco y él se ofreció a acompañarme.-Mentía bastante bien. Mejor de lo que yo pensaba para ser la primera vez.
Entonces comprendí que cuando te enamoras, poco a poco te vuelves idiota. Ocultando todo.
-Allen me dijo que te habías puesto mala. Que te había vuelto a subir la fiebre.-Me miró con una de esas miradas de padre a hija.-No sé por qué pero ese chico es muy protector contigo.-Miró su trozo de pizza. Seguí a la espera.-Por eso le dejo estar contigo. Porque sé que no va a dejar que te pase nada malo…
Me sentí feliz. No sé por qué. Supongo que las palabras de mi padre borraban en mí toda sospecha de que Allen fuera contratado como guardaespaldas. Y eso me llenaba de felicidad.
Todas sus palabras cobraban en mí un significado mágico. Inimaginable…
-Papá, gracias.-Y le di un beso en la frente. Mi padre se quedó allí, sin saber qué hacer sin saber por qué hacía eso. Con su trozo de pizza en la mano.
Me levante y cogí el teléfono. Abrí mi agenda y busqué. Me metí en mi cuarto, como una adolescente. Tonta, idiota. Sabedora de que me iban a escuchar estuviera dónde estuviera.
-¿Allen?-Dije cuando descolgaron el teléfono.
-Sí, un momento.-Era una mujer, ya madura. Supuse que era su madre.
Esperé.

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