De tanto llorar me empezó a doler la cabeza. Mis mejillas y mi nariz estaban rojas. Doce años de silencio. Doce años sin llorar en mi cuarto. Sin mostrar mis sentimientos.
Doce años formando un corazón de hielo…qué, ahora, se derretía por completo.
Me quedé dormida. Tenía sueño. Y estaba cansada.
Alguien llamó a la puerta. Me froté los ojos y salté de la cama más mejorada de antes.
-Papá, tengo que hablar contigo.-Mi voz seguía sin mostrar mis sentimientos, cosa que me alegró.
-Mañana por la mañana vendrá Allen a buscarte.-Le miré horrorizada.-Ya sabes, se lo prometí.
-¿Me prometiste a mí? Soy una persona…tengo opinión propia…
-Sí no vas con él…me veré obligado a no dejarte salir los sábados que quedan de mes.
Mis ojos empezaron a reflejar sentimientos. Odio, confusión, incredibilidad. Haciendo brillar a mi mirada de hielo. Mi padre me miró complacido.
-¿Ves? Ahora pareces estar viva.
Entonces solo pude ver odio. Mucho odio.
No dije nada. No quería hablar. Sabía perfectamente que no le convencería en la vida.
Cerré la puerta de mi cuarto y miré tristemente por la ventana. Era un quinto precioso. Muy bien situado, desde mi ventana se podía ver el arco del triunfo. El piso fue herencia de mi abuela, también difunta.
Suspiré y formé vaho en el cristal. Cogí el dedo y dibujé una cruz.
-Esta es la promesa que me hago a mí misma.-Dije en un susurro.
‘’Me ha salvado la vida y yo se la tengo que entregar como recompensa’’
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