viernes, 19 de marzo de 2010

El ombligo del árbol cap.6 segunda parte

Llamaron al porterillo.
-¿Si?
-Soy yo, Allen.-Mis labios se curvaron formando una sonrisa. Apartando las lágrimas que habían rodeado mis mejillas.
-Pasa.
Le di al botón que abría la puerta del portal. Fui al baño. Me sequé las lágrimas. Me giré. Fui hacia la puerta y…
Allí estaba él. Esperando a que le abriera. Al otro lado.
-Hola.-Mi sonrisa fue pura. Llena de todo lo que antes no había podido sentir. Llena de algo.
-Hola…-Pasó con paso seguro.-Vaya, tu piso es muy bonito.
-También es acogedor…-Dije divertida.
Nos miramos. Allí, quietos.
Nuestras respiraciones dejaron de existir durante unos segundos. Nadé en aquel mar de sus ojos. Me adentré del todo en él.
Pero, en realidad, no saqué nada en claro. No pude ver nada más que el mar. Solo el mar…y luego, nada.
-¿Te encuentras mejor?-Dijo interrumpiéndolo todo.
-Sí, ya estoy mucho mejor. Gracias por enseñarme algo tan maravilloso.-Carraspeó.
-Oye…sobre lo que dije antes…esto…yo…
Le puse mi dedo índice en sus perfectos labios.
-No digas nada.-Susurré.-Digas lo que digas hoy no estoy dispuesta a escucharlo. Sea verdad o sea pura locura me da igual.
Sonrió. Perfecto. Puro. Todo lo que estaba buscando lo había encontrado al fin. Todas las tardes perdidas acababan de tener sentido. Todos esos años en blanco y negro ahora cobraban color.
Todas las lágrimas derramadas se secaban.
-Quiero enseñarte una cosa.-Le indiqué que me siguiera.-Ven…
Ambos nos dirigimos hacia mi habitación. Sería la primera vez que alguien entraba allí.
Allen abrió la boca. Yo me quedé mirando su reacción.
-Vaya…es la típica habitación de una adolescente de película.
-Es mi rincón secreto…-Dije corrigiéndole.
Las paredes eran rosas, porque era el color favorito de mi madre. Rosas, rosas. El armario estaba empotrado en la pared fucsia. En un rincón había colgado casi todos mis bolsos en un montón de percheros desperdigados. Las cortinas eran blancas y rosas.
Luego estaba el escritorio mirando hacia la ventana. Perfectamente ordenado. La mesa era negra (desentonando con todo lo demás de la habitación).
-No está nada mal.-Dijo mirándome.
Yo dejé de mirarle. Me fijé en la vieja cajonera, entre el armario y el escritorio.
-Quiero enseñarte una cosa…-Dije, volviéndole a guiar.
Ambos nos sentamos en la cama.
-¿Qué es lo que me vas a enseñar?-Le sonreí.
Como si fuera un cuento.
Cogí el único álbum que quedaba en aquella vieja cajonera.
-¿Un álbum?-Dijo disgustado. Como si se estuviera esperando otra cosa.

No hay comentarios: